Offline
Juventud: Los herederos del silencio
Por: Néxar Rodríguez Vélez
Publicado en 19/01/2026 10:30
Néxar Rodríguez
Imagen de la red

 Ecuador no es hoy solo un mapa de montañas, selvas y costas; es una geografía de silencios acumulados. En este 2026, el país respira un aire denso, donde la democracia —esa construcción frágil que emula el cristal— parece destruirse bajo el peso de un poder que no conoce límites y una sociedad civil que, en gran medida, ha decidido cerrar los ojos; una sociedad llena de odios y fanatismos que no le permiten ver que nos estamos perdiendo en un agujero sin retorno.

 

Ecuador se ha convertido en un país de ruidos ensordecedores y silencios sepulcrales. Mientras las cadenas oficiales saturan el espectro con promesas de orden, un silencio cómplice se ha instalado en los lugares donde antes habitaba la conciencia crítica. La democracia, esa palabra que hoy parece más un eco que un sistema, está siendo asfixiada por un exceso de poder que no encuentra límites, y lo más doloroso no es el golpe del martillo, sino el mutismo de quienes sostienen el clavo.

Hubo un tiempo en que las plazas hablaban y las aulas eran fraguas del pensamiento. Hoy, nos enfrentamos a un paisaje desolador de ausencias. Los medios de comunicación, antaño centinelas de la verdad, parecen haber canjeado su tinta por comodidad, dejando que la narrativa oficial sea la única que resuena en el vacío; hoy parecen editados por el miedo o el cheque de la pauta. Por su parte, la academia, nuestra gran reserva intelectual, se ha refugiado en el confort de la teoría, dejando que la realidad se desmorone fuera de sus campus; esa torre de marfil que debió ser el faro en la tormenta se ha replegado en la burocracia del papel y el aula silenciosa, temerosa de incomodar al poder. Mientras tanto, los movimientos sociales, que antes eran el pulso de la calle, hoy deambulan fragmentados como espejos rotos que ya no reflejan la voluntad del pueblo, sino intereses de parcela; algunos seducidos por el presupuesto estatal, otros anestesiados por la desilusión.

El poder, cuando no tiene espejos que le devuelvan su verdadera imagen, se deforma. Asistimos a una puesta en escena donde las instituciones son solo decorados. El acoso a la democracia no siempre viene con tanques; a veces llega con decretos nocturnos, con la cooptación de la justicia y con ese exceso de mando que confunde el servicio público con la propiedad privada. En este escenario, la libertad no se pierde de golpe, sino que se desangra gota a gota ante la mirada impávida de quienes deberían protegerla.

¿Qué queda cuando los guardianes de la palabra callan? ¿Qué le queda a un país cuando sus padres han callado? Le queda el ímpetu de sus hijos; le queda la juventud. Esta juventud ecuatoriana que no es solo un grupo demográfico, sino el último refugio del asombro y la indignación.

Pero no hablo de esa juventud de cristal, de espejismo, de retos de TikTok, de reguetón y pantalones rotos, sino de una generación que hoy hereda un naufragio. El rol del joven ecuatoriano en este 2026 no es solo el de "relevo", es el de rescatista. Ante el acoso a las instituciones, la juventud tiene el deber ético de ser la disonancia en este coro de obediencia.

Para ello, es urgente el empoderamiento de un rol histórico que hoy vemos perdido y:

            Desafiar el algoritmo: Convertir el ruido digital en conciencia crítica, usando la tecnología no para el narcisismo, sino para la denuncia.

            Reclamar la Universidad: Exigir que el conocimiento vuelva a ser una herramienta de liberación y no un simple trámite hacia el mercado laboral.

            Romper el pacto de silencio: Hablar cuando los mayores callan, preguntar cuando el poder ordena obedecer y recordar que la democracia se oxigena con la disidencia.

El poder absoluto se alimenta de la apatía. Se nutre de ese joven que cree que la política es un fango ajeno. Sin embargo, cuando la justicia se vuelve un brazo ejecutor y la libertad de expresión un riesgo, la neutralidad deja de ser una opción para convertirse en una forma de traición. La juventud debe romper el status quo no solo con indignación, sino con inteligencia: fiscalizando desde lo digital, reconstruyendo el tejido social en los barrios y exigiendo que la universidad vuelva a ser un centro de rebelión con causa. La juventud debe entender que el silencio de los demás es su oportunidad de ser voz. No es momento de una rebeldía sin causa, sino de una insurgencia ética. Contra el cinismo del político y la apatía del intelectual, el joven opone la pureza de su urgencia.

Es hora de que los jóvenes dejen de pedir permiso para salvar su futuro. Si los mayores han decidido que el silencio es el precio de su tranquilidad, que sea la juventud la que pague el precio de la libertad con su voz. Ecuador no necesita más espectadores; necesita ciudadanos que entiendan que, cuando el poder se excede, el silencio es el primer paso hacia la servidumbre. El país aguarda que sus jóvenes dejen de ser espectadores de su propio naufragio. La historia no la escriben quienes se adaptan al gris del presente, sino quienes tienen el valor de pintar un horizonte distinto, incluso cuando les han robado todos los colores.

"Cuando el poder se vuelve absoluto, la juventud tiene la obligación sagrada de volverse ingobernable ante la injusticia." Que nuestro grito sea el final de un ocaso gris y el inicio de un amanecer lleno de esperanza, pero, sobre todo, de dignidad.

 

Néxar Rodríguez Vélez

Activista social - nexarrodriguezvelez@gmail.com

Columnista www.vibramanabi.com

19/1/2026

 

Comentarios
¡Comentario enviado exitosamente!

Chat Online