
El 28 de enero de 1912 marca el episodio más oscuro de nuestra vida republicana. El asesinato de Eloy Alfaro, el "Viejo Luchador", y sus lugartenientes en el Penal García Moreno, seguido por el arrastre de sus cuerpos por las mugrientas calles de Quito y su posterior incineración en el parque El Ejido. Fue un magnicidio gestado por una amalgama de intereses provenientes de la oligarquía terrateniente, sectores clericales radicales y facciones liberales disidentes lideradas por Leonidas Plaza.

Alfaro fue asesinado por sus éxitos. Su legado —la separación de la Iglesia y el Estado, el laicismo educativo, la integración regional mediante el ferrocarril y la incorporación de la mujer a la vida pública— representaba una amenaza irreversible para el orden colonial persistente. A través de golpes de Estado, Eloy Alfaro ocupó el gobierno en dos ocasiones: en los periodos 1895-1901 y 1906-1911. Gobernó con una ideología política de corte liberal, con decretos poco populares para las clases mayoritariamente conservadoras, y lideró un proceso de transformación política que incluyó la libertad de culto, la participación de la mujer en la función pública y el sufragio, la gratuidad de la educación y la eliminación de impuestos que pagaban los indígenas.

Durante los años que gobernó Alfaro, la prensa constituía el medio de difusión de ideologías. Los periodistas eran políticos partidistas, por lo que los diarios de circulación hacían duras críticas a Alfaro y su entorno. En los titulares de diarios como El Comercio, El Telégrafo e incluso de prensa de otras facciones liberales, se indicaba que Alfaro debería ser ejecutado. La intención de sus verdugos era borrar su memoria mediante el fuego. Elogio del fracaso. Y, sin embargo, la brutalidad del acto transformó a Alfaro en mártir e ideólogo en un símbolo de unidad nacional que trasciende banderas partidistas.

La Hoguera Bárbara marcó el fin de la etapa radical de la Revolución Liberal y el inicio de una era plutocrática dominada por la banca, donde las instituciones fueron dominadas mayoritariamente o por funcionarios buenos para nada y otros dispuestos a todo por sus propios privilegios. No obstante, el "espíritu de Alfaro" se convirtió en el estándar ético de la justicia social en Ecuador y hoy cualquier proyecto de transformación nacional se ve obligado a referenciar su figura.

Nunca terminamos de conocer del todo a las personas y las cosas. La Hoguera Bárbara fue un intento fallido de detener la evolución del tiempo y la memoria histórica. Aunque las llamas consumieron el cuerpo de Alfaro tras la acción de aquellos vulgares criminales, el incendio de sus ideas terminó de cocinar la estructura de un Estado laico, moderno, de avanzada. Para Ecuador, Alfaro es el recordatorio de que las reformas profundas suelen tener un costo de sangre, pero su permanencia es lo que define el carácter de un pueblo que se niega a retroceder. Existen sueños despiertos habitando soledades.
