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Sociedad en crisis: estética del exceso, el lenguaje digital sin tapujos y figuras exitosas emergentes
Publicado en 28/01/2026 15:48
ARTE & CULTURA
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 En el mundo de la narcocultura siempre llueve, las tormentas van por dentro, pese a que propone una "filosofía del presente": vivir al máximo hoy, sin importar el mañana, lo que anula la noción de futuro o proyecto de vida a largo plazo. En esa ruptura entre la ley, la moral y la cultura, saber da miedo.

 

No es un fenómeno artístico. Para nada. La narcocultura es un mecanismo de dominación mental y poder que reconfigura la identidad propia para convertirse en violencia. Solo violencia. Expertos en seguridad han puesto en contexto que Ecuador ha dejado de ser un "país de tránsito" para convertirse en un centro logístico global del narcotráfico, disparando los índices de criminalidad a niveles inéditos. Según datos de la Policía Nacional, el país cerró 2025 con 9.216 homicidios intencionales, aproximadamente, estableciendo una tasa alarmante de aproximadamente 51 muertes por cada 100,000 habitantes, y representa un incremento del 30.48% respecto a 2024, consolidando a 2025 como el año más violento en la historia del país. En esa misma línea, solo en el primer semestre de 2025, los homicidios de niños y adolescentes (10-19 años) aumentaron un 68%, evidenciando que adolescentes y jóvenes son combustible en este conflicto armado interno.

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Según la organización INREDH, los ecuatorianos viven bajo una percepción constante de inseguridad, lo que ha deteriorado gravemente la salud mental colectiva, normalizando el miedo y la desconfianza institucional. El trauma transgeneracional se está gestando en menores que van viendo a la violencia como una forma normal de interacción social. Nuevas normalidades. Y justicia por cuenta propia.

La narcocultura viene desplazando el mérito intelectual por el lujo inmediato. Según expertos mencionados en reportes informativos de Ecuavisa, el Estado no logra competir con los incentivos de las mafias, permitiendo que figuras delictivas ocupen lugares de reconocimiento social antes reservados al trabajo legal. Y así, la inseguridad termina asfixiando la economía del metro cuadrado y el crecimiento, mientras la narcocultura utiliza sus códigos específicos para legitimar su poder: el uso de autos de lujo, armas enjoyadas y marcas de diseñador son el símbolo de estatus que comunica superioridad sobre un Estado al que quieren debilitar más; en algunas redes sociales, el uso de señas, emoticones y gestos funciona como un signo para marcar territorio y pertenencia; el fenómeno de las "narcobabies" y la idealización del sicario como un héroe trágico reflejan la erosión de los valores tradicionales frente a la promesa de protección y capacidad adquisitiva rápida.

Entre esa estética del exceso, el lenguaje digital sin tapujos y figuras emergentes, la narcocultura en Ecuador dejó de ser un síntoma para convertirse en la estructura misma que sostiene la violencia. El país enfrenta el desafío no solo de desarmar bandas, sino de reconstruir un tejido social donde el "dinero fácil" deje de ser la única salida lógica a la precariedad. Tal vez, el cambio que urge que no se realiza volviendo los ojos al pasado pero sí repensando el futuro.

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