
Cada año, el 4 de marzo, la conmemoración del Día Mundial de la Obesidad enlaza la urgencia de provocar cambios en los hábitos de salud con un escenario preocupante: la obesidad ya afecta a más de 800 millones de personas adultas en el planeta y su avance impacta de modo particular a quienes superan los 50 años, etapa en la que los riesgos se multiplican y el abordaje requiere estrategias integrales.
De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, la prevalencia global de esta enfermedad crónica se ha triplicado desde 1975, remodelando tanto los desafíos clínicos como las políticas de prevención.
En América Latina y el Caribe, los indicadores muestran un incremento sostenido, impulsando la obesidad y el sobrepeso hacia cifras récord. Datos de la Organización Panamericana de la Salud señalan que casi el 60% de los adultos y el 33% de los niños y adolescentes presentan exceso de peso en la región. Esta situación refuerza la atención sobre el impacto multisistémico y sanitario de la obesidad, evidenciado en los altos índices registrados.

Dentro de este patrón demográfico, la población mayor de 50 años enfrenta factores particulares que agravan el cuadro: a las transformaciones hormonales y metabólicas propias de la edad se suma la acumulación de grasa visceral y el descenso progresivo de la masa muscular, lo que eleva aún más el riesgo de complicaciones metabólicas y cardiovasculares, según explicó la licenciada Carolina Caligiuri especialista en nutrición clínica (mat. 4797).

América Latina y el Caribe registran una de las tasas más altas de sobrepeso y obesidad
Factores sociales, económicos y culturales, sumados a la urbanización acelerada y el cambio en los patrones alimentarios, impulsan la tendencia alcista. La preocupación aumenta en los segmentos etarios avanzados, donde el peso del problema recae de forma diferenciada por cuestiones fisiológicas propias de la edad.
Estos datos permiten comprender el impacto regional en términos de salud pública y el desafío para los sistemas sanitarios, dada la presión que enfermedades asociadas a la obesidad ejercen sobre la capacidad de respuesta.

La obesidad acelera el deterioro funcional y el riesgo cardiometabólico
En personas mayores de 50 años, la obesidad adquiere características específicas por su interacción con el envejecimiento fisiológico. Caligiuri indica que en esta etapa se observa “aumento de grasa visceral, disminución de masa muscular y menor gasto energético basal”. La combinación de estos factores “no solo incrementa el riesgo cardiometabólico, sino que también acelera el deterioro funcional si no se interviene de manera integral”.
Desde el punto de vista metabólico, la obesidad fomenta la resistencia a la insulina, eleva la probabilidad de desarrollar diabetes tipo 2, aumenta la prevalencia de síndrome metabólico y promueve un estado inflamatorio crónico de bajo grado. En el ámbito cardiovascular, contribuye al aumento de la presión arterial, dislipidemias de tipo aterogénico y mayor riesgo de enfermedad coronaria e insuficiencia cardíaca.

Cambios hormonales y fisiológicos potencian el aumento de peso
Tanto en mujeres como en hombres, los cambios hormonales vinculados a la edad inciden en la ganancia de peso aun sin modificaciones en la ingesta calórica. En mujeres, la menopausia y el descenso de estrógenos facilitan la acumulación de grasa visceral, disminuyen el gasto energético y aumentan el riesgo cardiometabólico. En los hombres, la reducción de la testosterona genera mayor masa grasa y pérdida muscular.
En ambos sexos, se suma la disminución del metabolismo basal, la sarcopenia progresiva, mayor resistencia a la insulina y alteraciones hormonales como las que afectan a la leptina y grelina, modificando las señales de apetito y saciedad.
La obesidad articula el desarrollo de enfermedades crónicas no transmisibles tras los 50
En el grupo etario mayor, la obesidad actúa como factor fisiopatológico central en la aparición y progresión de enfermedades crónicas no transmisibles.
Caligiuri, especialista en nutrición clínica, expuso que la obesidad configura “un entorno metabólico proinflamatorio y proaterogénico”, lo que resulta en una evolución agravada de diabetes tipo 2, hipertensión arterial, dislipidemias con perfil aterogénico, mayor progresión de aterosclerosis, artrosis y deterioro funcional secundario a la sobrecarga y la inflamación establecida.

Indicadores clave a controlar en la prevención de complicaciones
El monitoreo constante de determinados parámetros clínicos posibilita la detección precoz de complicaciones cardiometabólicas en mayores de 50 años con exceso de peso.
Los controles más relevantes incluyen el peso corporal, el índice de masa corporal (IMC) y la circunferencia de cintura, además de la presión arterial, los niveles de glucemia en ayunas y/o hemoglobina glicosilada (HbA1c), un perfil lipídico completo (colesterol total, LDL, HDL y triglicéridos) y la función renal a través de la creatinina y el filtrado glomerular, según valores de referencia establecidos clínicamente.
La evaluación de la composición corporal es particularmente relevante para detectar obesidad sarcopénica y valorar el estado nutricional con mayor precisión que el peso total.
Los errores alimentarios más frecuentes en los adultos mayores de 50 años
En la consulta nutricional, los errores alimentarios más habituales se asocian a la calidad y la distribución de los alimentos más que a la cantidad consumida.
Para Caligiuri, predomina el consumo excesivo de harinas refinadas y ultraprocesados con bajo aporte de fibra, déficit de proteínas de alta calidad que incrementa la pérdida muscular, pobre consumo de frutas, verduras y legumbres, lo que limita la provisión de antioxidantes y micronutrientes, exceso de sodio relacionado con la hipertensión y la tendencia a omitir comidas principales o realizar cenas copiosas y desequilibradas.
Se suma la frecuente subestimación del tamaño de las porciones y el descuido en la adaptación de la ingesta energética al descenso del gasto metabólico propio de la edad.

Recomendaciones nutricionales para preservar salud y peso saludable
El enfoque nutricional debe priorizar no solo el control ponderal, sino la preservación de la masa muscular y la reducción del riesgo cardiometabólico. Los lineamientos de Caligiuri hacen foco en asegurar el aporte proteico diario, distribuido en varias comidas, priorizar verduras, frutas, legumbres y cereales integrales, utilizar grasas saludables (aceite de oliva, frutos secos, pescados) frente a grasas saturadas y trans, reducir azúcares simples, harinas refinadas y sodio, y adecuar las porciones a la nueva situación metabólica.
La alimentación mediterránea —respaldada por investigaciones científicas publicadas en revistas especializadas— presenta evidencia favorable: se asocia a menor riesgo cardiovascular, mejor control glucémico y un menor aumento de peso en personas mayores.
Actividad física, masa muscular y adecuada hidratación como pilares de prevención
Caligiuri subrayó que la actividad física cumple un papel central: incrementa el gasto energético, mejora la sensibilidad a la insulina, disminuye la grasa abdominal y reduce el riesgo cardiovascular. El entrenamiento de fuerza resulta fundamental para frenar la pérdida muscular y contrarrestar la sarcopenia.
El músculo es el principal consumidor de glucosa; al perder masa muscular se incrementa la resistencia a la insulina y se reduce el metabolismo basal, facilitando la acumulación de grasa. Mantener la masa muscular actúa como factor protector para sostener un peso saludable.
La hidratación también es esencial y suele subestimarse. En adultos mayores, la sensación de sed está disminuida, lo que puede hacer que se confunda hambre con sed, llevando a ingestas alimentarias innecesarias. Una ingesta adecuada de agua favorece la función metabólica, renal y digestiva, previene la fatiga y el descenso del rendimiento cognitivo, y contribuye a evitar un mayor consumo de alimentos ricos en azúcares.

Estrategias prácticas y sostenibles para modificar hábitos a largo plazo
El establecimiento de hábitos saludables sostenibles requiere de conductas adaptadas al contexto, no de dietas restrictivas. Caligiuri propone organizar las comidas, evitar ayunos prolongados seguidos de ingestas masivas, preferir alimentos frescos, planificar compras para limitar ultraprocesados, dormir siete u ocho horas (ya que la falta de sueño altera hormonas relacionadas con el apetito), reducir alcohol y azúcares añadidos, incluir proteínas en cada comida con una recomendación para adultos sanos de 1 a 1,2 gramos por kilo de peso al día, y para situaciones de sarcopenia, enfermedad crónica o riesgo de fragilidad, elevar a 1,2–1,5 gramos por kilo de peso.
Además, promueve la práctica regular de actividad física, enfatizando ejercicios de fuerza; el control de porciones sin eliminar grupos alimentarios; la realización de controles clínicos periódicos; y el planteo de objetivos realistas y progresivos que eviten cambios extremos y permitan la sostenibilidad a lo largo del tiempo.

Con información de Infobae por Juan Mascardi.
