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La balanza rota: Elegía entre la ignorancia y la imbecilidad
Por: Néxar Rodríguez Vélez.
Publicado en 10/05/2026 11:43
LE DOY MI PALABRA / NÉXAR RODRÍGUEZ
Ilustración: IA

Ecuador duele en la piel y en el pensamiento. No es solo el frío metal de una economía que cruje, ni el sismo constante de una política que desdibuja sus propios horizontes; lo que hoy nos desvela es una penumbra más íntima y aterradora: una crisis del espíritu y del intelecto. En este teatro de sombras donde la verdad parece un eco lejano, surge una pregunta que debe ser lanzada como una piedra al cristal de nuestra conciencia: ¿Es la ignorancia la que nos tiene de rodillas, o es esa imbecilidad soberbia la que ha decidido clausurar las puertas del porvenir?

Debemos, con pulso de cirujano y alma de poeta, aprender a distinguir estas dos orillas del error.

La ignorancia es una forma de desnudez. Es el hambre de luz de quien habita en el cuarto oscuro de la falta de datos. El ignorante no es un enemigo de la patria, sino un huérfano de la palabra y del libro. Su mente es un campo en barbecho, una tierra que, aunque hoy baldía, late con la promesa de la semilla. Hay una fragilidad casi sagrada en quien no sabe, porque en su vacío aún habita la posibilidad del asombro y la humildad de la duda. La ignorancia es una herida que cicatriza con el bálsamo de la educación; es un invierno que espera, con paciencia de piedra, la primavera del conocimiento.

Pero en la otra orilla, acecha la imbecilidad. No es un vacío, sino un tumor de certezas falsas. El imbécil no carece de báculo por falta de madera, sino porque ha decidido que su propia ceguera es el mejor camino. Es aquel que, aun teniendo el sol de la evidencia frente a sus ojos, prefiere adorar la sombra de su prejuicio. La imbecilidad es la parálisis del juicio, la atrofia del alma que impide poner la integridad de la nación en la balanza de la justicia. Es el hombre que quema el bosque para ver brillar su propia antorcha.

El "imbécil social" es el arquitecto de nuestro naufragio. Es quien, intoxicado de fanatismo, defiende la ruina si esta lleva los colores de su bandera personal. Es aquel que ha canjeado el pensamiento crítico por el aplauso fácil y la integridad de la Patria por el refugio de una consigna vacía. Mientras el ignorante tropieza porque no ve el camino, el imbécil dinamita el puente sabiendo exactamente que todos caeremos al abismo, solo por el perverso placer de no dar la razón al prójimo.

Hoy, nuestra crisis intelectual se manifiesta como un coro de gritos donde la razón se ha quedado muda. Hemos permitido que la pasión por la derrota del otro sea más grande que el amor por la victoria de todos. La balanza de nuestra sociedad está rota, no por falta de pesas, sino porque hemos dejado que el plomo del egoísmo hunda el platillo de la ética.

Como un susurro necesario ante este vendaval de torpeza, cabe recordar una sentencia que nace del corazón de esta misma reflexión:

"La ignorancia es el silencio de una mente que espera ser despertada; la imbecilidad es el ruido de un alma que se cree despierta mientras camina, con paso firme y soberbio, hacia su propio incendio."

Es urgente recuperar la compostura, esa elegancia del pensamiento que nos permite mirar por encima de la barricada. Ser ciudadano de este Ecuador herido exige el coraje de volver a la balanza, de limpiar el polvo del odio de sus platillos y de pesar nuestros actos con la balanza del honor. La ignorancia se cura con la luz de la escuela, pero la imbecilidad solo se rinde ante la majestad de la humildad y un amor por la Patria que sea, al fin, más grande que nuestras propias y pequeñas sombras.

¿Seremos el agua que apaga el fuego, o el viento que aviva la estupidez de nuestra propia caída?

Néxar Rodríguez Vélez

Activista social - nexarrodriguezvelez@gmail.com

Columnista www.vibramanabi.com

10/5/2026

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