El autoritarismo alcanza su forma más peligrosa cuando ya no necesita ordenar el silencio, porque las personas han aprendido a vigilarse, corregirse y castigarse entre ellas. Frente a ello, los límites que colocamos al abuso en nuestra vida personal, son también los que debemos exigir a la sociedad y al poder político.
Una sociedad empieza a volverse autoritaria y se vuelve verdaderamente peligrosa cuando las personas terminan vigilándose y silenciándose entre ellas, sin que la autoridad tenga siquiera que ordenarlo. Para llegar a ese punto, probablemente antes ocurrió algo que todos pudieron observar. Alguien reclamó y fue señalado. Alguien denunció una irregularidad y perdió su espacio. Alguien expresó una opinión distinta y terminó convertido en objeto de burla, sospecha o exclusión. No fue necesario sancionar a todos. Bastó con que el castigo de algunos funcionara como advertencia para los demás.
A partir de entonces, cada persona comenzó a calcular qué podía decir, delante de quién y con qué consecuencias. El silencio dejó de imponerse únicamente desde fuera porque empezó a administrarse desde dentro. Ese es uno de los triunfos más profundos del poder autoritario: conseguir que el individuo se convierta en vigilante de sí mismo y que, además, participe en la vigilancia de los demás.
El autoritarismo no empieza siempre con una prohibición formal, una detención o una orden escrita. Muchas veces se instala de manera cotidiana, cuando se consolida la idea de que cuestionar tiene un precio, reclamar es peligroso y pertenecer depende de la capacidad de adaptarse. Ocurre en la familia, en la pareja, en el trabajo, en las instituciones y, por supuesto, en la política. Cambian los escenarios y la intensidad del poder, pero la fórmula se repite. Alguien define lo que debe considerarse normal; quien no se acomoda es presentado como problemático, desleal o conflictivo; los demás observan lo ocurrido y aprenden que la tranquilidad depende de no incomodar.
Los seres humanos necesitamos pertenecer. La familia, la pareja, el trabajo, las organizaciones y la comunidad nos proporcionan identidad, protección y reconocimiento. Precisamente por eso la amenaza de exclusión es tan eficaz. Los estudios sobre conformidad social, desde los experimentos de Solomon Asch hasta la teoría de la espiral del silencio, muestran que una persona puede dudar de lo que percibe o callar lo que piensa cuando siente que el grupo sostiene una posición distinta. Quien cree estar acompañado habla con seguridad; quien teme encontrarse en minoría calcula, se retrae y finalmente guarda silencio.
Entonces ocurre algo especialmente grave. Una opinión parece representar a todos, no porque todos la compartan, sino porque quienes piensan distinto han aprendido que expresarse puede ser demasiado costoso. El silencio producido por el miedo termina siendo interpretado como consentimiento.
Una familia puede parecer unida porque nadie contradice a quien controla las decisiones. Una pareja puede proyectar estabilidad porque una de las personas dejó de expresar lo que siente. Una empresa puede exhibir armonía porque sus trabajadores comprendieron que señalar errores cierra oportunidades. Un país puede aparentar conformidad porque la ciudadanía comienza a creer que protestar, cuestionar o exigir explicaciones equivale a colocarse innecesariamente en peligro. La ausencia de conflicto visible no siempre demuestra bienestar. A veces demuestra que alguien aprendió a sobrevivir callando.
El aprendizaje tampoco se limita a lo que vivimos directamente. Albert Bandura explicó que los seres humanos aprendemos observando las consecuencias que enfrentan otros. Si vemos que quien reclama es aislado, que quien denuncia es desprestigiado o que quien establece un límite termina amenazado, no necesitamos atravesar personalmente la misma experiencia para comprender el mensaje. El castigo de una persona se convierte en una lección colectiva.
Después, el propio entorno completa el trabajo. Aparecen quienes aconsejan no meterse, no exagerar, no desafiar a quien tiene poder. En ocasiones lo hacen desde el afecto o el deseo de proteger. Sin embargo, cuando esas advertencias se convierten en la respuesta permanente frente a toda injusticia, terminan sosteniendo aquello que dicen lamentar. “Así son las cosas”, “no vas a cambiar nada” o “piensa en las consecuencias” pueden ser expresiones de prudencia, pero también mecanismos de conservación del abuso.
Michel Foucault explicó esta interiorización del control a través de la figura del panóptico. Cuando una persona no sabe exactamente cuándo está siendo observada, empieza a comportarse siempre como si lo estuviera. La vigilancia más eficaz no es la que necesita revisar cada acción, sino la que logra instalarse en la conciencia. Algo semejante ocurre cuando alguien examina anticipadamente cada palabra, cada publicación o cada conversación por miedo a cómo podría ser interpretada.
Esta vigilancia interior también existe en la intimidad. Quien vive junto a una persona controladora aprende qué palabras provocan una discusión, qué amistades generan reclamos y qué emociones deben ocultarse para evitar represalias. Aun cuando el controlador no está presente, su poder continúa organizando la conducta. Lo mismo ocurre en ciertos espacios laborales, donde las personas aprenden qué errores deben callarse, qué superiores no pueden ser cuestionados y qué prácticas incorrectas han sido convertidas en parte de la cultura institucional.
Pierre Bourdieu llamó violencia simbólica a aquellas formas de dominación que consiguen presentarse como naturales, razonables o inevitables. El poder deja de parecer poder cuando se convierte en costumbre. Ya no se dice abiertamente que una persona debe obedecer porque alguien pretende someterla. Se afirma que debe hacerlo porque “así funciona una pareja”, “así se respeta a la familia”, “así se trabaja aquí” o “así es el país”. Lo habitual empieza a confundirse con lo correcto.
Pero una práctica no se vuelve justa por haber sido repetida durante años. Una familia puede haber normalizado el maltrato. Una empresa puede haber normalizado el encubrimiento. Una sociedad puede haber normalizado la desigualdad. Un Estado puede acostumbrarse a tratar la excepción como si fuera parte del régimen ordinario.
Toda comunidad necesita normas, autoridad y acuerdos mínimos de convivencia. El problema no está en la existencia de reglas, sino en quién las define, cómo se aplican y qué posibilidades reales existen de cuestionarlas. Antonio Gramsci explicó que el poder no se mantiene únicamente mediante la fuerza. También se sostiene cuando consigue convertir su visión particular en el sentido común de toda la sociedad. Lo que beneficia a ciertos grupos comienza a presentarse como natural, inevitable o conveniente para todos.
Así se vuelve normal que el poderoso tenga privilegios, que el trabajador permanezca callado, que una mujer ceda para conservar una relación, que una persona con discapacidad agradezca cualquier forma incompleta de inclusión o que la ciudadanía renuncie progresivamente a sus garantías en nombre del orden y la seguridad. Quien cuestiona ese esquema no se enfrenta solamente a una autoridad concreta, sino a una red de costumbres, temores y lealtades construida alrededor de ella.
Por eso el disidente suele ser presentado como una amenaza a la tranquilidad. Pero conviene preguntarse qué clase de tranquilidad se está defendiendo. ¿La paz que nace del respeto, la legalidad y la justicia, o la comodidad de quienes han conseguido que nadie los contradiga?
Desde el psicoanálisis también puede comprenderse por qué quien señala una irregularidad termina tantas veces convertido en el problema. Los grupos construyen una imagen favorable de sí mismos. Una familia quiere considerarse unida. Una empresa desea presentarse como ética. Una pareja busca mostrarse sólida. Un gobierno procura proyectar orden y legitimidad. Cuando alguien evidencia una contradicción, amenaza esa imagen ideal.
Entonces la atención se desplaza desde el hecho denunciado hacia la persona que lo señala. Ya no se pregunta si lo que dice es cierto. Se discute su carácter, su tono, su pasado o sus intenciones. Quien reclama es llamado conflictivo. Quien establece un límite es acusado de egoísmo. Quien denuncia un abuso es presentado como desleal. Quien exige derechos es señalado como desagradecido. La colectividad evita revisar sus prácticas y transforma un problema real en una supuesta falla personal de quien se atrevió a exponerlo.
Esta dinámica es visible en las relaciones personales donde alguien se considera el “alfa”, entendiendo equivocadamente que amar significa dominar. Cuando una persona necesita tener siempre la última palabra, puede interpretar la diferencia de criterio como una amenaza a su posición. No escucha “pienso distinto”. Escucha “ya no tienes control sobre mí”. Para recuperar la jerarquía, menoscaba, ridiculiza, invalida emociones o retira el afecto.
¿No ocurre algo parecido cuando una autoridad confunde legitimidad con obediencia absoluta? Cuando un liderazgo necesita ser celebrado permanentemente, quien pide explicaciones deja de ser considerado ciudadano y pasa a ser tratado como adversario. El problema no es la existencia de autoridad. El problema aparece cuando la autoridad pretende quedar fuera de todo límite, control o cuestionamiento.
Las personas nos adaptamos para sobrevivir. Hay quienes callan porque necesitan conservar su empleo, porque dependen económicamente de alguien, porque requieren asistencia o porque temen perder su red familiar. No todas cuentan con las mismas condiciones para enfrentar al poder, y exigir heroísmo a quien se encuentra en una situación de vulnerabilidad puede convertirse en otra forma de violencia.
Sin embargo, debemos preocuparnos cuando la adaptación al abuso se transforma en la principal condición para vivir en paz. Cuando una sociedad enseña que la tranquilidad depende de no incomodar a quienes tienen poder, el problema ya no es individual.
La teoría de la justificación del sistema ayuda a entender por qué las personas pueden llegar a defender estructuras que incluso las perjudican. Necesitamos creer que el mundo conserva cierto orden. Resulta menos angustiante pensar que quien fue perseguido seguramente hizo algo incorrecto que aceptar que cualquier persona podría ser sancionada por decir la verdad. De allí nace una de las expresiones más crueles frente al abuso: “Algo habrá hecho”.
En el ámbito político, esta lógica es todavía más delicada porque el Estado tiene capacidades que ninguna pareja, familia o empresa posee. Puede investigar, sancionar, limitar derechos, utilizar la fuerza pública y afectar la libertad o el patrimonio. Por eso toda actuación estatal debe estar sometida a controles más estrictos. La inseguridad, la violencia y las emergencias son problemas reales, pero su existencia no vuelve legítima cualquier medida adoptada para enfrentarlos.
Una sociedad democrática debe preguntarse constantemente si las decisiones del poder son necesarias, proporcionales, temporales y revisables. También debe preguntarse qué ocurriría si las mismas facultades fueran utilizadas mañana por otra autoridad, contra personas con las que hoy sí nos identificamos. Las garantías no existen únicamente para proteger a quienes resultan cómodos. Existen precisamente para amparar a las personas cuando son incómodas para el poder.
Por eso considero que los límites que colocamos frente a los abusadores en nuestra vida personal son también los límites que debemos aprender a colocar en la sociedad y frente a los gobiernos. Hablar de límites significa preguntarnos cuánto estamos dispuestos o dispuestas a tolerar frente a algo que sabemos que está mal, que vulnera la dignidad y que contradice principios sociales, morales, éticos o jurídicos.
Un límite personal puede consistir en rechazar el menosprecio, la manipulación o el control. Un límite laboral puede significar negarse a encubrir una irregularidad. Un límite social puede expresarse en no participar en la humillación de quien piensa diferente. Un límite democrático implica exigir legalidad, motivación, proporcionalidad y control a toda autoridad.
Poner límites no significa desconocer la autoridad legítima ni vivir en confrontación permanente. Obedecer una norma justa no equivale a renunciar a la conciencia. Respetar a una persona no obliga a soportar su abuso. Amar no significa aceptar el menosprecio. Pertenecer a una organización no exige ocultar sus errores. Ser parte de una sociedad no implica desaparecer dentro de la masa.
También quien se considera inconforme debe examinarse a sí mismo. Estar en minoría no convierte automáticamente a nadie en dueño de la verdad. La autonomía no consiste en oponerse a todo, sino en conservar la capacidad de pensar, evaluar, aceptar, rechazar y rectificar. Una conciencia crítica cuestiona al poder, pero también revisa sus propias certezas. La diferencia está en que una sociedad libre permite ese examen, mientras una sociedad autoritaria castiga el desacuerdo.
El autoritarismo puede avanzar mediante pequeñas renuncias cotidianas. Una burla que nadie detiene. Una amenaza que se normaliza. Una injusticia que todos observan. Una persona que es apartada mientras el resto guarda silencio. Una medida excepcional que se prolonga hasta dejar de parecer excepcional.
El poder más peligroso no es solamente aquel que vigila desde arriba. Es aquel que consigue que las personas se vigilen horizontalmente, se corrijan entre ellas y castiguen a quien se aparta del molde. En ese momento, la autoridad ya no necesita ordenar el silencio. La sociedad ha aprendido a producirlo sola.
Tal vez por eso la defensa de la democracia empieza mucho antes de una elección, una protesta o una discusión jurídica. Empieza cuando decidimos no participar en la humillación, no repetir una acusación sin fundamento y no abandonar a alguien únicamente porque se ha vuelto incómodo para los poderosos.
Decir “hasta aquí” frente al abuso en una relación también es un aprendizaje político. Defender la propia dignidad nos permite reconocer la dignidad ajena. Negarnos a colaborar con el silenciamiento de otra persona es también una forma de resistencia democrática.
Una sociedad libre no es aquella en la que todos piensan igual. Es aquella en la que nadie tiene que renunciar a su conciencia para conservar su lugar dentro de ella.

María Cristina Kronfle Gómez - @mckronfle
Abogada / Máster en Administración Pública / Activista
Columnista www.vibramanabi.com
5/7/2026