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Resistir antes de actuar
Por Néstor Romero Mendoza
Publicado en 08/07/2026 16:45
COLUMNA: LA ARENGA DEL DÍA / NÉSTOR ROMERO MENDOZA
Imagen de la red

Vivimos tiempos de un vértigo sin precedentes. Nos ha tocado habitar una época paradójica: la sociedad hiperconectada en la superficie, pero fragmentada en su médula. Es la dictadura de la inmediatez. Hoy, el acto de pensar se ha vuelto un artículo casi de lujo y la respuesta instantánea, un mandato obligatorio. Nos empujan a reaccionar antes de sentir, a teclear antes de reflexionar, a devorar la vida sin masticarla. Frente a esta neurosis colectiva deshumanizante, hay que poner en marcha el arte de resistir antes de actuar. No como una cobarde pasividad ni desde el inmovilismo de los resignados. ¡Al contrario! Es una resistencia titánica, nacida de una fuerza de voluntad que es, en su esencia más pura, un acto de soberanía existencial y de profunda salud mental.

Cada notificación en nuestros teléfonos celulares, cada like, cada estímulo diseñado por los algoritmos de Silicon Valley busca encender y liberar las hormonas de la felicidad de nuestros cerebros. Las estadísticas globales de la OMS son un grito de auxilio en el desierto: los trastornos de ansiedad y la depresión han aumentado más de un 25 % a nivel mundial en la última década, coincidiendo milimétricamente con la penetración de los teléfonos inteligentes y la cultura del scroll infinito. Hay que dejar de vivir secuestrados por un mecanismo de pensamiento rápido, instintivo y emocional, diseñado para la supervivencia en la prehistoria, pero peligrosamente explotado por la modernidad.

Al reaccionar de inmediato, anulamos el pensamiento deliberado, lógico y profundamente humano que reside en esos tres, cinco o diez segundos que le damos al cerebro para que la razón someta al impulso primitivo. El psicólogo Viktor Frankl, quien sobrevivió a la barbarie de los campos de concentración, lo dejó escrito con una lucidez que estremece: «Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad y el poder de elegir nuestra respuesta. En nuestra respuesta reside nuestro crecimiento y nuestra libertad».

Nuestros abuelos entendían esta verdad profunda sin necesidad de leer tratados de neurociencia. Ellos sabían que las cosas más valiosas y duraderas de la vida jamás se construyen con prisa. Pensemos por un instante, por ejemplo, en nuestros artesanos de Montecristi. Un auténtico sombrero de paja toquilla no se hace apretando un botón ni en una línea de ensamblaje veloz. El artesano selecciona la fibra, la cocina, la seca y la teje hebra por hebra, con una paciencia infinita que desafía el paso de las horas. Sabe que, si se apresura, si violenta el tiempo de la paja, el tejido se quiebra y la obra se arruina. El valor de ese sombrero reside justamente en su delicada y paciente resistencia.

¿Cómo se ve este monstruo de la inmediatez en nuestras mañanas y tardes? Un vecino publica un rumor o un comentario encendido en el chat de la ciudadela. El estómago se nos revuelve. El impulso primitivo nos dicta teclear un insulto con los pulgares temblando de rabia. Resistir es soltar el teléfono, caminar hacia la ventana, respirar el aire de nuestra tierra y responder dos horas después con datos fríos, respeto y temple.

Otro ejemplo: viene un conocido a proponerle un negocio «único» que expira en 24 horas, una inversión digital o una compra apresurada que promete hacernos ricos mañana. La prisa bloquea el juicio analítico. Resistir es decirle: «Si el negocio es tan bueno hoy, seguirá siendo bueno el lunes; déjame consultarlo con la almohada».

Esta no es una lección académica para archivar en el olvido. Esta es una arenga para la vida diaria desde Vibra Manabí, una llamada al espíritu de un Ecuador que sabe perfectamente lo que significa resistir ante la adversidad, que conoce el valor de la resiliencia y la dignidad. La verdadera grandeza humana no se mide por la velocidad con la que nos movemos, sino por la profundidad y el propósito de nuestros actos. Recuperemos el control de nuestras vidas y de nuestras ideas libres.

«No voy a responder todavía, porque mi pensamiento merece madurar; no voy a juzgar este hecho de inmediato, porque la verdad requiere tiempo».

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