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Vibra & Pensar | Los nuevos dinosaurios: atravesamos los días en que el hombre se vuelve una anomalía del sistema
Por Néstor Romero Mendoza
Publicado en 23/07/2026 14:32
SECCIÓN: LOGIA DEL BUEN PENSAR

Es posible que en 10 años los humanos sean los nuevos dinosaurios que se extinguirán. Lo que viene no trae ruidos ni gritos. Llega como una neblina densa, cobrando cuerpo, conciencia y vida en laboratorios y en despachos donde antes los hombres trabajaban para ganarse el pan y hoy van por todo a través de la automatización absoluta de la existencia.

Dicen los que saben que la automatización no es solo una herramienta. Lo que viene es una sustitución total. Cuando la inteligencia artificial administre cada engranaje de la producción, ocurrirá el vaciamiento de los oficios. Los telares se moverán solos, los surcos recibirán la semilla sin que una mano se ensucie de tierra, y los camiones cruzarán los caminos de noche, vacíos de hombres, pero llenos de carga. Las cosas perderán su precio porque ya no tendrán el sudor de nadie adentro. El trabajo dejará de ser la medida del día; el hombre quedará suspendido en un tiempo sin provecho. Sin embargo, no todo el suelo se agrietará de la misma forma. Unos pocos dueños de las patentes y los algoritmos mirarán desde arriba, moviendo los hilos. La riqueza se concentrará en las máquinas, no en los pueblos. Si nadie tiene oficio, nadie tiene moneda. ¿A quién le venderán las máquinas lo que cosechan y fabrican? El sistema amenaza con ahogarse en su propia abundancia. Las leyes intentarán poner diques al río desbordado —impuestos a los robots, subsidios para que la gente no muera de hambre—, pero las leyes casi siempre llegan tarde o con trampas o ambas cosas a la vez, cuando el polvo ya se ha levantado. Lo más grave no será el hambre del cuerpo, sino el de la voluntad. Al conquistar la creación, el arte, la medicina y el pensamiento, la máquina le quita al hombre la necesidad de investigar. Al eliminarse la falla humana, se elimina la chispa de la curiosidad y del hallazgo. Los hospitales decidirán quién vive según el cálculo de una fría estadística; los libros se escribirán solos para entretener a una especie que ya no tiene que imaginar nada. Comunidades enteras perderán el sentido de juntarse, pues ya no habrá un esfuerzo común que las sostenga. Las familias abandonarán las parcelas no solo por la sequía, sino porque su fuerza ya no es necesaria ni barata para sus dueños. Los pueblos se volverán caserones vacíos; la agricultura industrial borrará la cultura campesina y el arraigo a la tierra. Los hijos ya no heredarán el oficio de los padres, rompiendo una cadena de conocimiento milenario en solo una generación. El campo quedará reducido a una fábrica automatizada a cielo abierto, vigilada por drones, donde los humanos locales son vistos como intrusos o anomalías del sistema. Millones de personas se concentrarán en las periferias urbanas, subsidiadas apenas para no morir, atrapadas en un tiempo libre que se siente como una condena. Al desaparecer los lugares de trabajo, se extinguirá inmediatamente el espacio principal donde los extraños se vuelven compañeros; la urbe se divide más. Y para contener el descontento de las masas ociosas, los sistemas automatizados predecirán y sofocarán cualquier intento de revuelta antes de que nazca. Será un mundo donde las luces de los servidores no se apagarán, pero donde la mirada del hombre se irá perdiendo en la penumbra de la inutilidad.

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