Han pasado trece años desde que murió Ubaldo y cuatro desde que se fue Pedro. Pero ¿quién lo iba a creer? Aquí están, vivitos y coleando, listos para su último round.
No se asusten. No vienen a arruinar ninguna velada cultural ni el lanzamiento de algún remedo de poemario. Ya están muy viejos para esas travesuras. Además, ahora tienen nietos. Una cosa era cuando tenían hijos; ser abuelo ya es asunto más serio. Qué mal ejemplo sería, a estas alturas de su vida —o de su muerte, mejor dicho—, presentarse a hacer de las suyas siendo abuelos. Además, las fuerzas tampoco les alcanzan.
Muy distinto fue cuando podían pasarse dos días y dos noches bebiendo para luego aparecer en el acto más solemne solo para reírse de todo. Ellos, que se amaban y se odiaban con la misma intensidad, como solo pueden hacerlo los hermanos Gil Flores, eran un verdadero peligro cuando decidían alborotar el mundo.
Pero entremos en detalles.
Ubaldo murió a finales de 2013. No logró recuperarse de la cadena de infartos que terminó apagándolo. En sus últimos años había dejado atrás la bohemia para convertirse en el licenciado Gil, aunque hubo algo que jamás abandonó: aquella risa bella y estruendosa que llenaba cualquier habitación.
Ahora regresa del sepulcro y descubre que nada queda de aquello por lo que entregó parte de su vida. Del proyecto que defendió a uñas y dientes, con una terquedad admirable. Esa locura llamada Editorial Mar Abierto, donde los escritores manabitas —y también los que no lo eran— encontraban un lugar para publicar sus libros y, además, recibir un pago por su trabajo. En un país donde al escritor casi siempre le toca pagar por publicar, aquello parecía una herejía.
Qué loco estaba Ubaldo.
Qué buen loco.
Ubaldo viene tomado de la mano de su ñaño. Una escena insólitamente tierna. Pedro. Pedrito. El poeta. Ya verá usted cómo lo llaman.
Al llegar encuentra un par de murales en Manta que lo recuerdan. Han pasado apenas cuatro años desde su muerte y todavía no termina de entender cómo fue que acabó atropellado por el conductor ebrio de un camión. Qué ironía tan cruel para quien escribió: «Hermoso es amar y emborracharse».
La noticia corre como pólvora:
Volvieron los hermanos Gil.
Y aparecen los amigos de siempre: Lovato, Camacho, el Negro Valencia, Carlitos, William Happe, Franklin, Pocito, Gauna, Alexander, Manuel. Y un puñado más de cómplices de aquellos días interminables.
Hubo cervezas. Salsa. Risas. Chismes. También lágrimas. Porque, de verdad, de verdad, se los extrañaba un montón.
Pero toda visita tiene su final.
Vinieron únicamente para ver cómo andaban las cosas por aquí.
Lo que encontraron no les gustó nada. Ya no está la editorial; el país está patas arriba. ¿Los amigos? Unos enfermos, otros divorciados, un par enamorados, para su buena suerte.
A Pedro, que soñaba con ser una leyenda, ya no le importa aquello. A él, que lo conocen más afuera que en Manta, le da igual. Esa es la fortuna de estar muerto: que ya no te importe la vida.
Ubaldo y Pedro se despidieron uno por uno. Estrecharon manos. Abrazaron. Luego emprendieron el camino de regreso. Esta vez sería para siempre.
Pero Camacho, en un murmullo, dijo algo que dejó pensando a todos:
—Con los Gil nunca se sabe.

Freddy Solórzano
Escritor / Periodista / Editor Diario La Marea de Manta
26/7/2026