Derrumbe de la imagen presidencial. El agrado hacia el mandatario Daniel Noboa ha caído casi a la mitad desde enero a julio de 2026 (de 41% a 24%), mostrando un desgaste acelerado de su capital político. La preocupación por la economía dio un salto enorme, especialmente en Guayaquil, donde pasó del 14% al 29%. Ya no es solo la inseguridad; ahora el hambre y la falta de dinero se suman al malestar, creando una "acumulación" de problemas que el Estado no resuelve, según los resultados del estudio. El hecho de que el 86% de la población no espere ninguna mejora en los próximos seis meses es una señal de muerte civil de la esperanza. Cuando la gente deja de esperar algo bueno y se conforma con que "todo siga igual", la gobernabilidad se vuelve un campo seco donde cualquier chispa puede causar un incendio.

En este Ecuador de julio de 2026, parece que nos hemos quedado solos con nuestra propia sombra, caminando por una montaña donde el viento solo trae noticias de lo que se ha ido perdiendo. Para los lectores de Vibra Manabí, hay que decirles que la última encuesta revelada esta semana por el CIEES—820 entrevistas cara a cara en los hogares de Quito y Guayaquil—, nos dibuja un país que se nos está volviendo un murmullo de miedos y esperas estancadas. Con un margen de error del +/-4% y una confianza del 95%, los números duelen. Revelan un profundo pesimismo estructural, con un 78% de la población evaluando negativamente la situación del país. Los datos destacan que la inseguridad y la crisis económica son las mayores preocupaciones, provocando sentimientos predominantes de miedo e indignación. Asimismo, el reporte documenta una caída en la aprobación de la gestión del presidente Daniel Noboa, la cual descendió al 21%. El análisis advierte sobre una creciente resignación ciudadana, dado que la gran mayoría no anticipa mejoras significativas en el corto plazo.
La cosa está así: el optimismo se ha quedado seco, apenas un 22% de la gente cree que todavía hay luz al final del túnel, mientras que un 78% siente que la situación es muy mala o mala. Es como si estuviéramos en un suelo donde no crece nada, sin que nada cambie.
Si en enero 2026 la gente miraba con agrado al presidente Daniel Noboa —un 41% decía que le caía bien—, ahora ese número se ha desmoronado hasta el 24%. Su gestión, la forma en que mueve las piezas para gobernar, ha caído al 21%. Técnicamente, lo que la minería de datos llama "pesimismo estructural" se ha vuelto el dueño de la casa. La gente ya no espera que el país mejore; el 86% se sienta a ver cómo todo sigue igual o se pone peor.
Las voces del miedo y la indignación
En Guayaquil, el miedo ha crecido como la marea, saltando del 32% al 47% en un solo mes. Es un miedo que tiene nombre: inseguridad (58%) y una economía personal que ya no alcanza, pues la preocupación por el dinero subió del 14% al 29% en el Puerto. En Quito, en cambio, la seguridad alcanza el 38%, pero el "mal gobierno" (30%) y la economía (22%) tienen un peso mucho mayor. Si se suma el calificativo “mal gobierno” y “corrupción”, el componente institucional en la capital ecuatoriana llega al 36%, casi igualando a la inseguridad. La indignación alcanza el 40%, exigiendo cuentas a un Estado que parece dormido.
Las diferencias entre Quito y Guayaquil revelan dos climas de opinión pública distintos. Aunque el pesimismo es generalizado, los niveles de optimismo varían ligeramente. En julio, el optimismo bajó al 20% en Quito, mientras que en Guayaquil subió al 23%. A pesar de este leve aumento en el Puerto Principal, cerca de ocho de cada diez ciudadanos en ambas ciudades mantienen una visión negativa del presente.
La mirada hacia el futuro muestra una Guayaquil más resignada al estancamiento. Apenas el 7% proyecta una mejora, mientras que la gran mayoría (61%) cree que todo seguirá "igual". En Quito hay una expectativa de mejora ligeramente superior (17%), pero también un mayor temor al deterioro, con un 35% que cree que la situación estará "peor" (frente al 30% en Guayaquil).
La aprobación de la gestión del presidente Noboa cayó en ambas ciudades durante julio, situándose en sus niveles más bajos del año. En Quito la calificación positiva bajó del 29% al 23%, mientras que en Guayaquil la calificación positiva bajó del 22% al 19%.
Así, la agenda que los ciudadanos demandan al Gobierno Nacional es distinta según el territorio: protección y certidumbre en Guayaquil; gestión y resultados en Quito.
Pesimismo estructural
El concepto de pesimismo estructural en Ecuador, según los estudios de minería de datos de la firma CIEES, se define como el principal organizador de la opinión pública. No se trata de una sensación pasajera, sino de una configuración profunda de la mentalidad ciudadana que dicta cómo se percibe la realidad actual y las expectativas de futuro.
El rasgo más distintivo es que la gran mayoría de la población ha dejado de esperar cambios positivos. En julio de 2026, el 86% de los ciudadanos no espera ninguna mejora en los próximos seis meses.
El pesimismo estructural se manifiesta actualmente no solo como el miedo a que las cosas empeoren, sino como una aceptación del estancamiento. Aunque la expectativa de que el país esté "peor" bajó al 35%, la respuesta "igual" (manteniendo la situación negativa) creció significativamente, lo que refleja una mayor resignación ante la posibilidad de que nada cambie.
Este estado de ánimo no es una percepción abstracta. Está anclado en crisis de la vida cotidiana, principalmente la inseguridad (mencionada por el 52% como causa del estado del país) y los problemas económicos (30%).
A pesar del dominio del pesimismo, existe un crédito político residual o núcleo de confianza (27%) que se mantiene por encima de la aprobación de la gestión presidencial. Este es el único elemento que evita que el pesimismo estructural sea absoluto, funcionando como un punto de contención estratégica para el Gobierno.
Así, el pesimismo estructural es un estado de muerte civil de la esperanza, donde la ciudadanía se siente atrapada entre la inseguridad y la crisis económica, optando por la resignación ante un Estado que no percibe capaz de generar resultados visibles.
Bajo este esquema, el agrado hacia la figura presidencial cayó del 41% al 24% y la aprobación de su gestión bajó al 21% en el transcurso de 2026. Para el presidente Noboa, estos resultados pueden significar que se le está acabando el agua del pozo. Aunque todavía le queda un 27% de confianza —que es como un crédito que la gente le da por no abandonar—, ese número ya no le sirve para que le aprueben lo que hace. Si no convierte esa confianza en resultados de gestión que se puedan ver y tocar, su imagen puede seguir cayendo y estancarse en el olvido. Aún tiene posibilidad de mejorar.
