
¿Está preparado Ecuador ante la inminencia de sufrir un terremoto? El suelo ecuatoriano tiene memoria de piedra y un crujir que no se apaga. Y no está preparado para soportar un terremoto de gran magnitud de forma integral, pues arrastra una vulnerabilidad estructural e institucional crónica que diluye cualquier avance tecnológico. Mientras la Red Nacional de Sismógrafos acumula datos precisos desde el Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional (IG-EPN), el cemento de las calles sigue levantándose casi que sin dios ni ley, desafiando a una subducción implacable entre la placa de Nazca y la Sudamericana. Los sismos no matan a la gente; la matan los techos que les caen encima por el peso del descuido.
En lo que va del año 2026, Ecuador ha registrado un total de 1.788 sismos, según informes del IG-EPN. Esta cifra representa una disminución cercana al 60% en comparación con el mismo periodo del año anterior (2025), donde se contabilizaron 4.518 eventos sísmicos. Los expertos de dicho instituto han aclarado que este bajón en la cantidad de temblores es parte del comportamiento natural y rutinario de las placas tectónicas; por lo tanto, no significa que la probabilidad de que ocurra un terremoto fuerte haya aumentado o disminuido en el país. El peligro sísmico sigue siendo exactamente el mismo.
Uno se sienta en los portales de Manabí o camina por las laderas de Quito y siente que el suelo está vivo, como un animal que respira despacio, esperando el momento de sacudirse el polvo. La sismología nos da números, letras frías como lápidas: que si la Norma Ecuatoriana de la Construcción (NEC-15) divide al país en seis zonas, que si el factor sísmico en el Austro o en la Costa alcanza aceleraciones de hasta 0.5g. En cristiano, esto quiere decir que, en esas zonas, un terremoto fuerte puede sacudir el suelo con la mitad de la fuerza de la gravedad del planeta. Imagina que el suelo es una alfombra y le das un tirón violento. Eso.
El gran sismo de Pedernales en 2016, con su zarpazo de magnitud 7.8, dejó más que 673 muertos y miles de edificaciones en el suelo. También dejó la certeza de que la ley es un papel que no sostiene paredes. Los expertos del Instituto Geofísico lo repiten año tras año, sismo tras sismo —como el reciente temblor en Imbabura de este 2026 o los ecos del fuerte sismo de 7.4 en la vecina Colombia y el anterior de Venezuela—: la energía se sigue acumulando en el pacífico y debajo de las ciudades coloniales. En Quito, un sismo cortical de apenas 6.2 grados, debido a su cercanía superficial y a la microzonificación de suelos inestables, podría provocar una tragedia peor que la de la costa manabita porque aquí los suelos amplifican el coraje de la tierra hasta cinco veces. La geología no olvida; son los gobiernos y los ciudadanos los que padecen de amnesia colectiva cada cinco u ocho años.
Contexto. El Colegio de Arquitectos del Ecuador calcula que aproximadamente el 70% de las edificaciones en Quito y Guayaquil son informales, levantadas sin asesoría técnica ni inspección municipal, lo que garantiza el colapso masivo ante sismos severos. Un alto porcentaje del inventario inmobiliario nacional fue construido antes de 2015 bajo códigos obsoletos (como la INEN-77), diseñados únicamente para cargas gravitatorias y totalmente vulnerables a fuerzas laterales dinámicas. Informes de la Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos demuestran que, tras la pandemia, la práctica periódica de simulacros familiares e institucionales cayó drásticamente, dejando a la población civil sin memoria procedimental ante emergencias agudas.
La ciencia. Los terremotos no se pueden predecir en una fecha u hora exacta. Sin embargo, los modelos de seguimiento geofísico y sismológico del Instituto Geofísico sí utilizan un concepto llamado "brechas sísmicas" (o seismic gaps), que son zonas donde las placas tectónicas llevan mucho tiempo "trabadas" acumulando energía sin liberarla en forma de sismos menores.
Basados en estos modelos científicos predictivos e históricos, si Manabí viviera un nuevo terremoto mayor, su epicentro podría estar en tres puntos críticos de origen mar adentro (zona de subducción entre la Placa de Nazca y la Sudamericana):
El gran terremoto de 2016 rompió una sección hacia el norte (Pedernales). No obstante, los mapas de acoplamiento de placas del muestran que el segmento oceánico frente a Manta, Jaramijó y Bahía de Caráquez sigue acumulando un alto estrés tectónico. Constantemente se registran sismos moderados superficiales en este sector, lo que evidencia que la zona está bajo una presión extrema.
Otro escenario posible de los modelos geodinámicos identifica una acumulación de energía significativa en el mar frente al sur de Manabí. Un sismo mayor con epicentro marino en esta zona impactaría directamente en Puerto López.
Aunque los terremotos más grandes nacen en el mar, Manabí está atravesada por fallas continentales. Un sismo con epicentro en tierra firme (cerca de Portoviejo, Chone o Calceta) sería mucho más superficial (menos de 15 km de profundidad), lo que multiplicaría su poder destructivo a nivel local, aunque su magnitud sea menor. Este sería un tercer escenario posible.
Si se activa un sismo de magnitud similar o superior a la de 2016 (7.8), los modelos de vulnerabilidad física prevén graves daños en cantones como Manta, Bahía de Caráquez, Chone y Portoviejo (zonas bajas cercanas al río), donde el suelo está compuesto mayoritariamente por arenas saturadas de agua y sedimentos blandos. Al sacudirse violentamente con aceleraciones altas (como el 0.5g), el suelo pierde su firmeza y se comporta como un líquido denso. Las edificaciones pesadas, aunque estén bien construidas, se hunden o se inclinan debido a que el piso bajo ellas pierde total capacidad de soporte.
A pesar de las lecciones del pasado, es común seguir encontrando que las reconstrucciones o nuevas viviendas urbanas altas han vuelto a caer en la autoconstrucción, sin guía profesional. Las viviendas con "piso suave" (locales comerciales abiertos en la planta baja y departamentos pesados en los pisos superiores) sufrirían un colapso de tipo "sándwich". Cosa que ya pasó en Portoviejo.
Si el epicentro se localiza mar adentro en la zona de subducción y supera la magnitud 7.5, existe un riesgo inminente de tsunami para toda la franja costera de Manabí (desde Pedernales hasta Puerto López). Debido a la cercanía de la fosa marina, las primeras olas destructivas podrían arribar a las playas manabitas en un tiempo estimado de entre 15 y 30 minutos, reduciendo los tiempos de evacuación hacia zonas altas.
Resumiendo: la Costa y el Austro ecuatoriano son zonas de peligro sísmico muy alto. Si un terremoto ocurre ahí, el piso no solo va a vibrar, sino que va a dar un frenazo o un jalón tan violento de lado a lado que cualquier pared o columna que esté vieja, mal construida o sin varas de hierro fuertes, se va a romper como si fuera una galleta.
