El mercado ha transformado el afecto en una experiencia diferencial, desplazando la infancia de los espacios públicos y consolidando a las mascotas como los nuevos integrantes del hogar, fenómeno que para 2026 proyecta una tasa de fertilidad global de 2.39 mientras el gasto de la industria de mascotas supera los 165.000 millones de dólares. En Ecuador, la crisis demográfica silenciosa se agudiza de forma acelerada: el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) reporta una tasa de fecundidad que se desplomó a solo 1,79 hijos por mujer —muy por debajo del umbral de reemplazo generacional— mientras en el territorio conviven ya 7,6 millones de perros y gatos, superando en urbes como Quito el número de niños y adolescentes.

Ya casi no hay risas de criaturas que atajen el viento. Uno camina por las calles y, además de la sinfonía de motores, lo único que sale al encuentro es el rastro de un perro o el maullido de un gato que mira desde las ventanas altas, donde antes se asomaban cabezas humanas. O encuentras a sus desechos desparramados en las veredas, a los que tienes que estar atento para esquivar. Dicen los datos del mundo de este año 2026, que la tasa de fecundidad de la Tierra entera va de bajada, arrastrándose por los 2,39 hijos por mujer. Pero si uno vuelve los ojos a este rincón llamado Ecuador, la cosa baja más: nos quedamos en 1,79, secos por dentro, cayendo antes de tiempo en un pozo donde no hay relevo para los viejos.
En provincias grandes como Pichincha la vida apenas da para 1,3 hijos por mujer. Es la tasa de fecundidad más baja de todo el país, según las proyecciones territoriales del INEC, equiparándose a comportamientos demográficos europeos o de países como Cuba. A nivel nacional, el promedio es de 1,79 hijos por mujer. En cambio, el recuento de los animales en el territorio ecuatoriano llega a 7,6 millones de hocicos y garras viviendo en los hogares de todo el Ecuador, haciendo más ruido que las cunas vacías. 7,6 millones de perros y gatos. De esa cifra global, 1.082.641 de mascotas habitan específicamente en Quito, superando ya oficialmente a los 700.591 niños y adolescentes de la capital.

Los espacios públicos se van volviendo en zonas "libres de niños", experiencias diferenciales que el comercio cobra caro. Por ejemplo, Los animales ganan parques y restaurantes, mientras a la infancia se la mira con desgano, como si estorbase el paso o hiciera demasiado ruido para la paz de los consumidores. El mercado vio el hueco y lo llenó con costales de croquetas. Modificar las leyes para quitarle el IVA al alimento de los animales —dejándolo en cero— parece un alivio para los bolsillos, pero deja ver la debilidad de un Estado que no tiene ojos para abaratar la leche ni la canasta familiar básica. La industria de alimentos para mascotas ya cubre el 92% del consumo nacional e incluso saca comida hacia afuera, creciendo un 110,6% en sus exportaciones. La debilidad está en el alma de los pueblos: trocar un hijo por un cachorro es resignarse a una vejez desamparada, sin brazos que sostengan la caída.
La violencia criminal, el alto costo de la vida y el cambio cultural en las prioridades de la juventud son las principales causas de la caída de la natalidad en Ecuador. En la provincia costera de Manabí, el desplome es dramático: la tasa de fecundidad se redujo a la mitad en las últimas dos décadas, pasando de 3,4 hijos por mujer en el año 2000 a solo 1,7 al cierre de 2025. Las autoridades del Ministerio de Salud Pública (MSP) reportan una caída del 17% en los nacimientos de la provincia tan solo entre 2023 y fines de 2025, un reflejo de cunas vacías que se extiende por toda la geografía nacional.
En Manabí, el 57% de los hogares alberga al menos una mascota (perro o gato), según los registros de tenencia del INEC. Esta cifra supera ampliamente la presencia de la primera infancia en el hogar: apenas el 23% de las viviendas manabitas cuenta con la presencia de un niño o niña menor de cinco años, consolidando el reemplazo generacional por animales de compañía.
El dinero se ha metido en medio del cariño. Criar una criatura se volvió una carga pesada, un lujo de pocos debido a los empleos precarios y la vivienda que cuesta un ojo de la cara. Así es como el mercado nos fue convenciendo de que un animal es mejor porque no exige el mañana, solo el presente. Pero nos estamos quedando solos, con plazas llenas de correas y andenes donde ya nadie juega a las escondidas. La paradoja nos está cobrando el precio: un país que se va haciendo viejo antes de haber florecido. Donde antes se escuchaba niños jugando, hoy está el ladrido del perro que cuida el vacío. Nos estamos quedando sin herederos para la tierra.

