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El rastro silencioso de Pegasus, el software espía que estafa en Ecuador y tiene grado militar por lo que puede acceder fácilmente a tu teléfono
Por IDEAS LIBRES COMUNICACIONES
Publicado en 28/08/2026 13:41
SECCIÓN: INSTITUCIONALES & EMPRESARIALES
Ilustración de la red

Pegasus es un software de ciberespionaje de grado militar creado en 2010 por la empresa israelí NSO Group, un arma invisible concebida originalmente por antiguos miembros de la Unidad 8200 de inteligencia militar israelí. Los muertos no hablan, pero los vivos guardan un silencio sepulcral, como si la voz se les hubiera secado en la garganta.

En Ecuador, un viento negro corre por los cables invisibles de la memoria digital, trayendo el murmullo de un fantasma electrónico que todo lo mira y todo lo roba. Le llaman Pegasus. Dicen que es un pájaro de acero virtual, nacido allá lejos, en las arenas de Tel Aviv, concebido por mentes que aprendieron a destripar secretos en las sombras de la guerra. Llegó a nuestras tierras andinas y costeras vestido con promesas de perseguir al crimen y a los señores del horror. Pero la verdad, esa verdad que pesa como costal de piedras, es que se convirtió en una trampa sigilosa, un fraude a la confianza humana que se mete en los aparatos que la gente carga en el bolsillo, dejándolos vacíos, desnudos, tiritando de miedo.

Su nacimiento. Allá por el año 2010, tres hombres de negocios e inteligencia Niv Carmi, Shalev Hulio y Omri Lavie fundaron NSO Group. Ellos entrelazaron sus nombres iniciales (Niv, Shalev, Omri) para bautizar el consorcio que más tarde desataría la tormenta digital en el mundo. No hacían juguetes. Construyeron un ciberarmamento capaz de quebrar cualquier cerradura digital sin pedir permiso. El negocio de la vigilancia es redondo cuando la sangre y el secreto cotizan alto.

En 2020 la empresa llegó a facturar 243 millones de dólares, moviendo sus hilos con apenas 750 empleados. En otras tierras vecinas, como Colombia, se habla de transacciones oscuras bajo la mesa, maletas llenas con 11 millones de dólares en efectivo que viajaron sin dejar rastro, en un entramado que las autoridades hoy investigan como lavado de dinero. Es una danza de millones que compran el alma de la privacidad, dejando las arcas estatales temblando y los derechos civiles hechos polvo.

El arribo. A Ecuador la peste del espionaje le entró sin hacer ruido, como la humedad en las paredes. El escándalo reventó con fuerza cuando la Asamblea Nacional del Ecuador, con una mayoría de 111 votos, decidió iniciar un proceso de fiscalización urgente a través de la Comisión de Seguridad Integral. Se olía en los pasillos que el software andaba suelto en manos de operadores estatales, usándose no para cazar criminales, sino para husmear en las vidas de periodistas independientes, activistas de la tierra y políticos incómodos a la sombra del poder.

Para colmo de males, el fantasma cobró cuerpo de alerta fría. Dos ciudadanos en suelo ecuatoriano recibieron notificaciones directas de la empresa Apple. El aviso decía que sus dispositivos móviles estaban siendo atacados por un espionaje patrocinado por el Estado. La sospecha se volvió certeza; el pájaro de grado militar ya estaba anidando en las redes del país.

Este engendro informático no es un virus cualquiera de esos que mandan los estafadores de poca monta para robarse unos cuantos centavos de una cuenta bancaria. Su peligro radica en su perfección destructiva, aunque arrastra consigo la miseria de su propia ilegalidad.

El ataque de "Cero Clics": Es su mayor logro técnico. No hace falta que la víctima abra un enlace maldito ni descargue una foto sospechosa. El programa se mete por las grietas invisibles de aplicaciones comunes como WhatsApp o iMessage. Entra en silencio.

Control absoluto del dispositivo: Una vez adentro de la memoria del teléfono, Pegasus se adueña de todo. Convierte el celular en un espía de bolsillo: activa el micrófono para oír los suspiros, enciende la cámara para mirar las caras en la intimidad, copia los mensajes cifrados, extrae fotos y contraseñas. El aparato ya no es tuyo; ahora le pertenece al captor.

Invisibilidad y borrado de rastros: No altera el funcionamiento diario del equipo de manera burda; trabaja sin dejar señales evidentes a simple vista, de modo que el dueño del dispositivo camina ignorante de que lleva los ojos del enemigo encima.

El rastro forense digital: Aunque se esconde bien, deja huellas en los registros más profundos del sistema operativo. Investigadores y consorcios globales como Citizen Lab y Amnistía Internacional aprendieron a hallar esos rastros criminales.

La dependencia de actualizaciones: Vive de los errores ajenos, de las llamadas "vulnerabilidades de día cero". Cuando las grandes tecnológicas como Apple o Google parchan sus sistemas operativos, Pegasus pierde temporalmente sus garras hasta encontrar otra debilidad.

Una estafa a la intimidad humana. Aquí en Ecuador se le llama estafa porque se vendió bajo el ropaje de la seguridad nacional, un escudo caro pagado con el dinero de los ciudadanos para protegerlos del miedo. Pero el engaño es que terminó siendo un puñal apuntado al corazón de la libertad individual. Nadie sabe con certeza quién está del otro lado de la pantalla apuntando el cañón de este algoritmo de grado militar. Solo queda la sospecha de saber que, en este suelo, la privacidad se ha vuelto un artículo de lujo que se evapora tan rápido como el agua entre las manos agrietadas por el olvido.

NSO Group ha terminado cercada por el oprobio internacional. El consorcio de periodistas denominado Proyecto Pegasus desnudó una lista de 50,000 números telefónicos bajo vigilancia en todo el mundo, provocando juicios, la quiebra de fondos financieros asociados y la inclusión de la firma en listas negras internacionales.

Las empresas tecnológicas que fabricantes, como Apple, entendieron que su prestigio se les iba entre los dedos si permitían este saqueo. Por eso implementaron sistemas de monitoreo interno en sus servidores centrales.

Detección de patrones anómalos. Cuando los ingenieros de Cupertino descubren que un servidor ajeno usó una vulnerabilidad de "día cero" para tocar un teléfono, marcan la ruta de ese ataque. De inmediato, el sistema envía un correo electrónico y una notificación roja en la pantalla de la víctima: "Apple cree que usted está siendo blanco de atacantes patrocinados por el Estado". Es el aviso de que el enemigo ya abrió la puerta trasera. Contra Pegasus no sirven los antivirus comunes, esos que limpian los virus de los estafadores de pueblo. Para defenderse de un arma de grado militar, la rutina diaria debe volverse un ritual de desconfianza:

El reinicio diario: Aunque parezca un juego de niños, apagar y encender el teléfono todos los días es una bendición. Pegasus muchas veces vive solo en la memoria volátil (RAM) del aparato; si el teléfono se apaga, el software se muere y el atacante tiene que hacer el gasto de volver a infectarlo, exponiéndose a ser descubierto.

El Modo de Aislamiento (Lockdown Mode): En los teléfonos de la manzana, este modo es como atrancar las puertas con trancas de madera gruesa. Desactiva casi por completo los archivos adjuntos en los mensajes, bloquea tecnologías web complejas y prohíbe las llamadas de números desconocidos. El teléfono se vuelve un bloque de piedra incomunicado, pero seguro.

La muerte de los enlaces: Jamás abrir mensajes que huelan a urgencia, ni promesas de herencias, ni avisos de paqueterías que nadie ha pedido. Aunque el ataque de cero clics no los necesita, el viejo truco del engaño sigue siendo la vía más barata para que Pegasus entre sin combatir.

Al final, la ciberdefensa es como la vida en los pueblos olvidados: una vigilia constante, un mirar de reojo el aparato sabiendo que la única seguridad real es el silencio absoluto.

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