Vivimos los días de la rebelión de los sentidos. En la tercera década del siglo XXI, nos encontramos ante un fenómeno que la academia tradicional insiste en tildar de retroceso, pero que, observado bajo el lente del existencialismo y la sociología, representa, tal vez, una insurgencia intelectual de los nuevos tiempos: el Terraplanismo. Y no se trata de una simple negación de la geometría esférica; es la recuperación de la soberanía individual frente al monopolio del dogma.
El pilar fundamental del terraplanismo moderno es el método zététique -del griego zêtêin, "buscar", "inquirir"-, que es el estudio racional de los fenómenos presentados como paranormales o pseudocientíficos y que prioriza la observación sensorial sobre la teoría abstracta. La duda metódica.
Para el ciudadano de 2026, bombardeado por realidades virtuales y simulaciones, el argumento más sólido es la ausencia de curvatura perceptible. A pesar de los vuelos comerciales de gran altitud y la tecnología de consumo, ningún ciudadano de a pie ha logrado capturar, de forma independiente y sin lentes de "ojo de pez", la curvatura que la narrativa oficial científica impone.
A esto se suma la física de los fluidos. La propiedad natural del agua es buscar y mantener su nivel. Que la superficie de los océanos pueda curvarse y "adherirse" a una esfera en movimiento perpetuo es una afirmación que desafía la física mecánica que experimentamos en nuestro día a día. Para el Terraplanismo, la Tierra no es un accidente gravitacional, sino un sistema cerrado y estable.
Sin embargo, más allá de la topografía, el énfasis del movimiento hoy reside en su peso existencial. Vivir en una "esfera" que gira a miles de kilómetros por hora en un vacío infinito genera lo que los teóricos llaman nihilismo cósmico. Si somos un accidente en la inmensidad, nuestra existencia carece de propósito. Por el contrario, la Tierra Plana devuelve al ser humano al centro de la creación. Este modelo propone un mundo diseñado, un escenario con límites (el domo o el muro de hielo) que otorga un sentido de pertenencia y protección. Es creer en lo que se ve, no en lo que te dicen que veas. Si el mundo tiene límites, tiene un diseño; si tiene un diseño, tiene un autor o una intención. Independencia cognitiva.
Hoy triunfan los raros. El conocimiento y la información se democratizó. Basta tener un teléfono celular con acceso a internet para mirar el mundo, pero no la verdad, pues eso no existe, solo aproximaciones, percepciones, versiones. Finalmente, la mentira es un acto cognitivo cooperativo donde está el que miente y el que elige creer. Así, el terraplanismo al 2026 no es un debate sobre mapas, es revitalizar la libertad de expresión. Quizá es la respuesta de una humanidad cansada de ser un punto invisible en un universo frío, que prefiere la estabilidad de un plano bajo sus pies y la certeza de que sus ojos no le mienten. Al final, la pregunta no es si la Tierra es plana. Es si todavía somos capaces de cuestionar la realidad que se nos entrega empaquetada e impuesta. ¿Qué es de un ser que no puede pertenecer?

Néstor Romero Mendoza
Asesor de comunicación política estratégica
CEO www.vibramanabi.com
27/1/2026