Hay montañas que en el intento de cruzarlas te enseñan quién eres. Somos lo que hemos vivido, lo que hemos estudiado, lo que hemos leído, visto, aprendido y desaprendido. Así y todo, ¿cómo nace la espontaneidad? Viviendo. Y para hacerlo, en los nuevos tiempos de hiperestimulación que atravesamos, es preciso un reseteo cognitivo como una necesidad biológica y existencial.
El cerebro humano, evolutivamente diseñado para procesar estímulos lineales y periodos de pausa, está colapsando bajo el peso de la hiperconectividad moderna. Todos operamos bajo una lógica de atención fragmentada. El bombardeo constante de cosas, trabajo, notificaciones, y el scroll infinito generan picos de satisfacción artificiales que alteran nuestro sistema de recompensa. Esto se expresa en la constante necesidad de estar viendo o escuchando algo pues no hacerlo nos provoca la sensación de la soledad, angustia y vacío, tal cual lo siente un alcohólico sin alcohol, un drogradicto sin lo suyo.
A esta acción normaliza ya hace que el cerebro consuma aproximadamente el 20% de la energía corporal, según la mirada científica. Y siempre andamos cansados. No obstante, el procesamiento ininterrumpido de información casi o totalmente irrelevante eleva la carga de desgaste acumulativo que sufren el cuerpo y el cerebro debido al estrés crónico, repetido o prolongado, llevando al sistema nervioso a un estado de inflamación severa. Buscamos el vértigo, sentimos vértigo, somos el vértigo.
Estudios recientes de prestigiosas instituciones y universidades del mundo vinculan el uso intensivo de dispositivos con un incremento del 30% en trastornos de ansiedad y depresión en adultos jóvenes. El cerebro, incapaz de filtrar la señal del ruido, entra en un estado de "niebla mental" o brain fog. En la nueva sociedad, hemos confundido "estar informados" con "ser conscientes". Al estar perpetuamente volcados hacia el exterior (las pantallas), perdemos la capacidad de sostener el silencio, que es el espacio donde se construye la identidad propia y las ideas libres.
Es entonces que el reseteo cognitivo actúa como un proceso de “limpieza profunda”. Al reducir la entrada de estímulos como las pantallas y el trabajo incesante, permitimos que el cerebro realice su función de "poda" y organización, esencial para prevenir el agotamiento. Más allá de las neuronas, el reseteo toca la fibra de nuestra existencia como un acto de resistencia y amor propio. No basta con "dejar el celular"; se requiere una reestructuración de comportamientos: momentos de desconexión absoluta pues aquel que no puede desconectarse, pierde la capacidad de decidir quién es en realidad.
Así, el reseteo cognitivo impone una higiene mental rigurosa. Implica periodos de ayuno digital, exposición a entornos naturales, la conversación directa cara a cara y la práctica del pensamiento profundo que puede ser provocado por la lectura, el deporte, la recreación y el ocio. Más de las veces el aburrimiento es el umbral de la creatividad y el espacio donde tu "yo" real vuelve a hablar y existir. Sin esto, nos arriesgamos a convertirnos en otro simple procesador de datos, uno más, quizá eficiente pero vacío de propósito.
A todo esto, la conciencia de la vida es superior a la vida misma y la comprensión de la felicidad superior a la felicidad. Es lindo vivir. Hay que vivir más. 
Néstor Romero Mendoza
CEO de www.vibramanabi.com
Periodista / Escritor / Asesor de Comunicación Política Estratégica
18/2/2026