Cuando era niño soñaba con ser pasabolas. Era mi forma más realista de estar cerca de una cancha de fútbol: sabía que talento para jugador no tenía. Ser pasabolas era ocupar la primera fila del espectáculo y, de paso, influir discretamente en el destino a favor de mi equipo: esconder una pelota aquí, demorar otra allá, pequeñas conspiraciones para retrasar el juego.
Hoy regresé al estadio y descubrí que el oficio está en vías de extinción. Una nueva norma ordena colocar los balones en soportes individuales. Ahora son los propios jugadores quienes deben recogerlos; los pasabolas ya no se encargan de esa tarea. Eficiencia pura. Se acabó el arte mínimo de la picardía, ese teatro silencioso donde los balones se ocultaban porque alguien del cuerpo técnico del equipo local así lo sugería.
Y hubo otra novedad en el partido: un penal de Delfín contra el Cuenca. La tribuna no rugía; levantaba celulares para grabar el cobro. Más que estadio, parecía concierto. Nuevo tiempo: menos pasabolas, más pantallas.

Freddy Solórzano
Escritor / Periodista / Editor Diario La Marea de Manta
23/2/2026