Un elemento que distingue a la era de posverdad es que no se trata de mentiras. La clave está en que el dato pierde relevancia frente a lo llamativo. Los políticos tradicionales, aún en el paradigma de la ilustración pierden de vista esta característica central y se someten a un prejuicio lleno de solemnidad y falta de los sentidos del humor y de la oportunidad. La inteligencia humana empieza a regirse por lo lúdico, la capacidad de inventiva, la imaginación. La representación también debería aceptar ese código, esos códigos, propio de la era del Homo Ludens, que sigue al Homo Sapiens.
Parece que la mayoría de las instituciones formales —gobiernos, partidos, prensa y academia— no terminan de entender el código de internet. Intentan frenar los memes y las fake news con comunicados oficiales aburridos y cuadros con datos económicos que no interesan a la mayoría. Lo que les sucede a muchos políticos es que no saben “jugar” ni conectar con los sentimientos de la gente. Pierden la batalla porque están atrapados en la lógica de la Ilustración, “intoxicados” de realidad.
Para la gente común, la “verdad oficial” normalmente es pesada y sospechosa, mientras que la “posverdad del meme” es divertida y fácil de compartir. En América, millones de personas siguen las peripecias de Punch —un monito japonés abrazado a un peluche—, pero muy pocos conocen el nombre del primer ministro de ese país.

¿Por qué el meme le gana al dato?
La posverdad no constituye el triunfo de la mentira, sino que prueba que lo llamativo derrota al dato real. Una mentira empaquetada con humor tiene más fuerza de comunicación que cualquier plan de gobierno. El meme se instala fácilmente porque no necesita pruebas; simplemente logra que algunos se diviertan. Cuando se vuelve viral, deja de ser un chiste para convertirse en una “verdad” comunitaria, inmune a cualquier argumento racional en su contra.
Vivimos en la “democracia del impacto”: de los debates presidenciales no quedan en la memoria de los electores las propuestas, sino las anécdotas pintorescas.
De pensar a jugar: El cambio de chip
En la era de los libros, su propia estructura obligaba a reflexionar. No era posible “jugar” con un texto de Kant; había que sentarse a leerlo y comprenderlo. La internet ha convertido la realidad en un patio de recreo digital donde se prioriza la gratificación del juego sobre el esfuerzo de pensar.
Según diversos autores, los medios electrónicos se han convertido en extensiones de nuestro sistema nervioso. Estamos conectados a ellos todo el tiempo y “masajean” nuestro cerebro para que busquemos placer. Para muchos, pensar es un proceso lento y tedioso; hacer scroll, dar likes o participar en linchamientos mediáticos es rápido y gratificante. Internet está diseñado para ser un juguete infinito, no una herramienta para la meditación. Nos hemos vuelto reactivos: saltamos ante cualquier estímulo y tendemos a actuar poco por acciones pensadas.
El ascenso del Homo Ludens
El Homo Ludens no busca la verdad, sino divertirse. Analizar la crisis de las instituciones es aburrido, es más emocionante jugar a la polarización, participar en linchamientos digitales o reírse con los disparates de los fanáticos.
La democracia se ha convertido en una partida en la que lo importante no es componer la realidad, sino ganar la batalla del momento. En un mundo donde todos “juegan”, el pensamiento crítico es una anomalía. De hecho, siempre les fue mejor a quienes alentaron las supersticiones de su época que a los críticos, que con frecuencia terminaron en la hoguera.
Una realidad de ficción
Como la red está inundada de humor y ligereza, nuestra inteligencia se ha vuelto “juguetona”. Jugar es algo natural en los primates, mientras que la reflexión lógica solo es propia de algunas culturas. Además, influye la presión social: es más fácil compartir un meme que mantener una charla profunda.
Siempre la realidad fue una construcción social, pero ahora, intencionalmente, se arma como ficción. Tiene más impacto global la aparición de therians en Buenos Aires que la discusión de la reforma laboral. Para el Homo Ludens, los problemas serios son algo lejano, semejantes a un viejo videojuego que ya no interesa aprender.
Al pasar tanto tiempo jugando, perdemos interés en cambiar la realidad objetiva. Nos refugiamos en la posverdad porque es más liviana y exige menos compromiso con lo fáctico. El Homo Sapiens ha capitulado ante el Homo Ludens: pasamos más tiempo jugando con la realidad que pensando en cómo transformarla.
La mayoría de la gente pasa más tiempo navegando en la red que leyendo libros, en el mundo virtual la razón entorpece al juego. Preferimos el meme o la mentira que ridiculiza al rival porque nos proporcionan dopamina, mientras que pensar, con frecuencia, solo nos recuerda nuestra impotencia. Hemos convertido la política en una partida de videojuegos, olvidando que los problemas del mundo real no tienen un botón de “reiniciar”. Para la multitud, la política no es la búsqueda de la verdad, sino diversión, impacto e identificación emocional con el equipo ganador.
No se puede apagar un incendio provocado por un alud de memes usando un balde de lógica. Necesitamos estudiar seriamente la realidad para concebir soluciones, pero, al mismo tiempo, es imperativo aprender el nuevo lenguaje hipertextual con el que se comunica la mayoría. En democracia es importante ganar las elecciones, no solo las presidenciales sino otras, que son un termómetro de la popularidad del mandatario. Para lograrlo es necesario reflexionar con profundidad, para comprender la liviandad de nuestro tiempo.

Jaime Duran Barba
1/3/2026 - Perfil