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Memoria viva: Mitos y leyendas que identifican a Ecuador y nos identifican como un final que se resiste a terminar
Por Néstor Romero Mendoza
Publicado en 13/03/2026 15:20
SOMOS ECUADOR
Pintura de Oswaldo Guayasamín.

 

Los mapas pueden mentir, pero la memoria de los abuelos no. En Ecuador, donde el sol cae con insistencia para no dejar sombra, el tiempo no camina. Vuela en alas del cóndor o transita con el sigilo de la serpiente.

Cuentan que Atahualpa no murió en el cadalso. El Inca, que conocía el lenguaje de las piedras, mandó a esconder el sol en las entrañas de los Llanganates. Rumiñahui, con los ojos encendidos por la traición extranjera, cargó el oro que no era riqueza, sino luz sólida, y lo devolvió a la tierra. El mito dice que el tesoro espera; la historia dice que el tesoro es la dignidad que no se deja saquear. El oro de los incas no es para las vitrinas de Europa, es el secreto que nos mantiene vivos, la promesa de que lo que fue robado volverá, algún día, a ser semilla.

La danza de las sombras. En las noches de Quito, cuando el frío se mete en los huesos, la Caja Ronca atraviesa las calles empedradas. No son solo espectros; es el miedo a lo que fuimos y a lo que no nos dejan ser. Son los antepasados que no descansan porque la justicia todavía no ha encontrado su silla. El mito nos advierte que quien mira al pasado sin respeto, queda atrapado en el desfile de las ánimas. La memoria es un espejo que, si no se limpia, se convierte en un laberinto.

El pacto con el abismo. Cantuña no engañó al diablo con una piedra faltante; engañó a la muerte con la astucia del que no tiene nada. El atrio de San Francisco no se construyó con sudor, sino con la picardía de los vencidos. El diablo es el patrón, el amo, el que cree que puede comprarlo todo. Pero el hombre de a pie, el que carga el mundo en sus espaldas, siempre guarda una piedra bajo el poncho para arruinarle el negocio al poder.

El final de estas historias es siempre un círculo. En Ecuador, los mitos no se cuentan para dormir, sino para despertar. El simbolismo es claro: somos hijos de un choque de mundos que todavía no ha terminado de cicatrizar. El significado profundo es la resistencia. Mientras haya alguien que cuente la historia de la Tunda en la selva o del Chuzalongo en el páramo, la identidad seguirá siendo un fuego que ninguna tormenta puede apagar. Los mitos y leyendas ecuatorianas son verdades disfrazadas de asombro y belleza. Somos lo que recordamos, y, sobre todo, somos lo que decidimos no olvidar. Somos un final que se resiste a terminar.

Néstor Romero Mendoza

CEO www.vibramanabi.com

Periodista / Asesor de Comunicación Política Estratégica

13/3/2026

 

 

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