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Cómo perder las elecciones (I)
Por Néstor Romero Mendoza
Publicado en 06/04/2026 16:38 • Actualizado 06/04/2026 17:32
PENSAR
Ilustración gráfica de 123RF

Nada nuevo bajo el sol: para ganar una elección se requiere un conjunto de talentos y habilidades; para perderla de forma estrepitosa se necesita una laboriosa desconexión con la realidad, la percepción y la técnica de los nuevos tiempos y cosas que nos habitan.

Sucede que el mayor error, letal tal vez, el primero de todos, es esa terca manía de confiar en el olfato y la voluntad de hacer vieja política, por encima de la planificación estratégica basada en la evidencia y la ciencia de los datos. Porque en esta nueva sociedad los segmentos electorales se han individualizado y fragmentado tanto que ya no hay una masa a conquistar, sino miles, millones, de libertades y personalidades que quieren ser o parecer o no ser y no parecer. Quien no visualiza aquello y aterriza en la microsegmentación como una posibilidad de entender el sentimiento del votante en tiempo real, anda por el mundo disparando a ciegas en un cuarto oscuro, olvidado, olvidando. De experiencias aprendidas, el ochenta por ciento de una victoria ocurre en el silencio del procesamiento de información, mucho antes de que el candidato camine las calles o suba tarimas o se exponga a hacer y publicar videos -más de las veces ridículos- en sus redes sociales.

Luego está el vacío de la comunicación de eco, esa costumbre de gritar hacia afuera sin escuchar lo que vuelve, porque muchos pierden precisamente por eso, por confundir la difusión y la publicidad con la comunicación, ignorando que el elector de hoy ya no es ese receptor pasivo de antaño, sentado frente al televisor, sino un libre pensador que cree, siente, hace y deshace. Una campaña que se limita a la publicidad tradicional o a esos carteles que el sol quema, y no domina la narrativa en las plataformas digitales donde el algoritmo, ese nuevo Dios invisible y todopoderoso que castiga la falta de autenticidad, está condenado a la derrota, irremediablemente, pues la estadística nos habla, con su voz fría, que la validación de un tercero tiene hoy más peso que cualquier spot cargado de promesas.

El nuevo Dios. En este ecosistema del siglo XXI, la red y la Inteligencia Artificial (IA) ya no solo están analizando al votante indeciso, lo está "rediseñando" con una precisión quirúrgica que hace que las campañas de hace un año atrás, por decir lo menos, parezcan obsoletas. En su libro Las políticas de las emociones, Toni Aira lo expone de manera extraordinaria y amplia a través de hechos concretos ocurridos en diversas sociedades.

Es que a 2026, la internet es un motor de persuasión coordinada. Mediante modelos de machine learning, las campañas ahora detectan no solo qué piensa el indeciso, sino cómo se siente, generando miles de mensajes individualizados que se ajustan al dialecto, preocupaciones propias e, incluso, al tono emocional del usuario, logrando mayores niveles de interacción frente a la publicidad tradicional.

Han aparecido sistemas donde una IA redacta el mensaje, otra genera la imagen o video y una tercera monitorea en tiempo real qué versión "moviliza" más a los espectadores, automatizando el proceso de forma invisible y económica. A diferencia de los estudios de opinión tradicionales que son "fotografías del día" en que se toman las muestras, la IA realiza un seguimiento constante a la huella digital, lo que nos permite a los estrategas identificar a los indecisos móviles. Hay evidencia clara de que los algoritmos de IA tienden a favorecer a quienes ya están en el poder, ya que hay más datos históricos sobre ellos. Además, los mismos votantes están usando IA como "educadores" para filtrar la saturación informativa, lo que significa que el candidato que no logre alimentar esos modelos con su narrativa simplemente dejará de existir para el elector.

Realidad y percepción. No entender los hábitos, los significados y los significantes de esta nueva sociedad de la red que prefiere la inmediatez de una identidad a la rigidez de una ideología, puede significar un fracaso por demás exitoso en la política electoral. También la falta de un relato que se vincule con los sueños, pesadillas y desvelos de la gente, genera una desconexión técnica imposible de cerrar y, entonces, la derrota es la certeza escrita con la tinta de los datos. Quienes desprecian el rigor, la comunicación profesional, la analítica, la persuasión hiperpersonalizada y la ciencia de los datos que permitan entender y comprender esta nueva forma de vivir y convivir, están aceptando la derrota antes de empezar. Su verdad está erosionada.

Néstor Romero Mendoza

CEO de www.vibramanabi.com

Periodista / Asesor de Comunicación Política Estratégica

6/4/2026

 

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