
El candidato es lo que hace con lo que las encuestas le hicieron.
En la comunicación estratégica política de nuestra época, nos topamos con una brutalidad que sabe a ceniza: no hay nada más peligroso que una brújula que siempre marca el norte donde tú quieres que esté. La mayoría de las campañas sucumben no solo por la falta de estrategia, recursos económicos y humanos profesionales, sino por una embriaguez de los datos, una intoxicación de lo imaginario. Hablamos de esas encuestas que nacen muertas por pecados originales en su diseño, metodología, toma de muestra y procesamiento. Y cuando un solo elemento falla en esta cadena de producción, entramos en un vacío profundo que conllevará a un análisis desconectado de la realidad. Tropiezo de cálculo, mínimamente, pero que al candidato lo arrastra a una derrota inevitable.
Es común escuchar a periodistas o supuestos “expertos” decir que las encuestas electorales fallan. A veces tienen razón, principalmente porque no son predicciones mágicas del futuro, sino fotografías instantáneas de un momento específico. Es utilitario añadir y precisar que a menudo estos instrumentos estadísticos fracasan producto de distorsiones técnicas y humanas. Por ejemplo, si usted como candidato entrega la realización de un estudio de opinión a su proactivo familiar o ser querido (sobrino, primo, pana, compadre, etc.) la encuesta nació muerta por ausencia de rigor científico, pues lo más probable es que las fichas o cuestionarios sean respondidos por el mismo encuestador a la sombra de un árbol, en cualquier esquina, y no por la gente.
Comodidad digital. Otro error común en la modernidad es la ruptura de la probabilidad de inclusión. Estudios clásicos como el de Lohr (2010) sobre muestreo resaltan que un estudio de opinión solo es válido si cada individuo de la población tiene una probabilidad conocida y distinta de cero de ser seleccionado. Hoy, la proliferación de “encuestas” vía redes sociales o paneles autoseleccionados ignora el sesgo de no respuesta y la brecha digital. Si tu metodología excluye sistemáticamente a los sectores rurales, urbano marginales, a la Generación Z o a los adultos que superan los 50 años de edad, que no interactúan con estos algoritmos, tus resultados nacen muertos, pues no estás midiendo el pulso de un electorado, mides el eco de una habitación casi vacía donde la realidad no tiene permiso para entrar.
Espiral del Silencio. Técnicamente, muchas encuestas fallan al no ponderar la Teoría de la Espiral del Silencio de Elisabeth Noelle-Neumann. Cuando un candidato es percibido como socialmente "incorrecto" o atacado por la tendencia dominante en una sociedad, los encuestados tienden a ocultar su preferencia por temor al juicio social. Un diseño robusto debe incluir técnicas de respuesta aleatorizada o preguntas indirectas para detectar este "voto oculto o voto vergonzante". Si una encuesta se limita a la pregunta directa —"¿Por quién votará usted?"— en un entorno de polarización extrema, el margen de error real no es el ±-3% que publicita la ficha técnica, sino una desviación sistémica que puede superar los 10 puntos. Y esa desorientación estadística lo llevará a la inexistencia frente a la urna. Cuando un candidato es marcado como el "paria" del proceso democrático, el elector encuestado se refugia en la sombra con su verdad.
La trampa de las palabras. La redacción de un cuestionario es el campo donde se decide la soberanía de la percepción. El efecto de encuadre o Framing Effect de Tversky y Kahneman nos revela que el lenguaje no describe el mundo, lo crea. Así, las encuestas diseñadas para acariciar el ego del cliente o candidato son una ficción. Preguntar: "Ante la angustia económica, ¿votaría por un cambio?" es de plano una estafa. La palabra "cambio" ya lleva en sí una promesa de redención que ensucia la neutralidad. La estadística, en su frialdad, no miente; pero el diseño de la pregunta puede forzar una verdad fantasmagórica, una esencia que no tiene existencia. Tversky y Kahneman demostraron que la forma en que se presenta una opción altera el resultado.
El espejismo de la acción. El fracaso más amargo reside en la invención del “votante probable” (Likely Voter). Proyectar resultados sobre el registro total de electores es un suicidio técnico. Las encuestadoras de bajo nivel suelen fallar en sus algoritmos de participación. Como demostraron los análisis del Pew Research Center en 2016 y 2020, si el modelo de ponderación no se ajusta correctamente al nivel promedio de la cultura democrática de la geografía micro-local, el resultado final será un espejismo. Una encuesta que no distingue entre el deseo y el acto de votar, que no separe los datos, que no filtre quién realmente irá a las urnas, es literatura de ficción, un ejercicio de onanismo intelectual.
Las encuestas que nacen muertas son el hijo deforme de la tacañería, de la metodología barata, la ausencia de profesionalismo, la carencia de ética y esa necesidad neurótica del político de que el espejo le devuelva su propia imagen coronada. Para un estratega serio, una encuesta que le otorga una victoria holgada sin un análisis riguroso de las tripas de los datos (las "cross-tabs") es una señal de alarma. En política, y en la vida, la información imaginaria produce estrategias irreales, y las estrategias irreales solo producen una cosa: derrotas sólidas, pesadas y absolutas.
Recordatorio final: Nadie que haya hecho más que vos te va a criticar, pues, ciertamente, ha hecho menos que vos y tratará de bajarte a su nivel. De esto hablaremos en artículos posteriores.

Néstor Romero Mendoza
CEO de www.vibramanabi.com
Periodista / Asesor de Comunicación Política Estratégica / Consultor Político Independiente
2/5/2026