¿Usted dónde estaba la noche del 16 de abril de 2016? Esa pregunta no es solo memoria, es conciencia. Aquel día, Ecuador vivió uno de los momentos más duros de su historia reciente: más de 670 personas fallecieron, miles resultaron heridas y alrededor de 30 mil personas quedaron sin hogar. En Manabí y Esmeraldas, ciudades enteras quedaron marcadas. En Portoviejo, 88 manzanas conformaron la zona cero y al menos medio centenar de edificaciones colapsaron. Hoy, diez años después, la pregunta sigue vigente: ¿realmente nos hemos levantado?
Las cifras muestran una realidad que no se puede maquillar. En Manta, antes del terremoto existían 35 hoteles; hoy quedan apenas 17. En Bahía de Caráquez, de 1.200 plazas de alojamiento, solo sobreviven cerca de 400. Comerciantes hablan de una reactivación que no supera el 50%. Son números oficiales y testimonios reales que reflejan una economía que nunca volvió a ser la misma. La reconstrucción no solo debía ser física, debía ser social y económica… y ahí es donde el país aún tiene deudas.
Pero también es necesario decirlo con firmeza: en medio del dolor, brilló la solidaridad. Miles de ecuatorianos, voluntarios, rescatistas y ciudadanos comunes se unieron sin mirar diferencias. Hubo entrega, sacrificio y amor por el prójimo. Sin embargo, no todos actuaron con esa misma altura. Existieron malos funcionarios, proveedores sabidos, decisiones cuestionables y recursos que no siempre llegaron a donde debían. Incluso, se denunciaron actos indebidos de ciertos elementos de instituciones que debían proteger, lo que dejó una herida adicional en la confianza ciudadana.
Y aquí: ¿de qué sirvió que gobiernos posteriores señalaran el mal uso de fondos destinados a la reconstrucción, si también tenían la responsabilidad de corregir, continuar y mejorar esos procesos? Es cierto, hubo recursos que se cuestionaron y gestiones que generaron dudas, pero el país no puede quedarse solo en el señalamiento. Estamos acostumbrados a criticar lo anterior sin asumir plenamente el deber de dar soluciones concretas. La reconstrucción debía ser una política de Estado, no un discurso de turno.
A muchos también nos tocó vivirlo desde adentro. Reconstruir en medio del caos, con nuestras propias manos, grabando testimonios entre lágrimas y silencio. Dormir sobre la tierra, envueltos en sleeping bags, sintiendo cómo el suelo no dejaba de moverse, escuchando a la tierra rugir una y otra vez. Para muchos, fue el trabajo más titánico de nuestras vidas. No era solo informar o ayudar… era resistir, acompañar y no quebrarse ante el dolor de todo un país.
Hoy, a una década, vemos terrenos vacíos donde antes hubo vida, edificios que no volvieron a levantarse y sectores que perdieron su dinamismo. La reconstrucción tardía —como en el plan urbano de Portoviejo que demoró más de cinco años— obligó a comerciantes a migrar y cambió para siempre el mapa económico de estas ciudades. Sí, hay avances, nuevas normas de construcción más estrictas y obras en marcha, pero la pregunta sigue siendo incómoda: ¿se hizo todo lo que se debía hacer?
Recordar no es retroceder, es exigir. Detrás de cada cifra hay una familia, un negocio, una historia. El terremoto no solo movió la tierra, también puso a prueba al Estado, a sus instituciones y a todos nosotros como sociedad. Hoy más que nunca, la memoria debe convertirse en vigilancia, en participación y en responsabilidad. Ojalá, que cuando la tierra vuelva a temblar —y que debe hacerlo—, lo que no puede volver a fallar es el compromiso con la gente.

Érika Vaca Rodríguez
Relacionista Pública - Máster en Inbound Marketing
Columnista www.vibramanabi.com
16/4/2026