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Dejar el “bosque oscuro” y volver a humanizar la conversación
Por: Néstor Romero Mendoza
Por Néstor Romero Mendoza
Publicado en 10/07/2026 15:39
COLUMNA: LA ARENGA DEL DÍA / NÉSTOR ROMERO MENDOZA

Hace pocos años, el escritor de ciencia ficción Liu Cixin formuló una idea fascinante y aterradora: la Teoría del Bosque Oscuro. Imaginen el universo como un bosque inmenso y oscuro. Está lleno de cazadores silenciosos. Cada civilización es un cazador con un rifle. Camina con cuidado, respira despacio, intenta no hacer ruido. ¿Por qué? Porque si alguien revela su posición, otra civilización, por puro instinto de supervivencia y miedo a lo desconocido, la destruirá de inmediato. En el bosque oscuro, mostrarse es un error fatal. La única forma de sobrevivir es mantenerse invisible y callado.

¿Por qué rememorar esto ahora, en la era de la hiperconectividad, donde no pasamos sino metidos en el celular a través de WhatsApp, Facebook, X, TikTok o Instagram? Porque la red se ha convertido exactamente en ese bosque oscuro. La conversación digital abierta está muriendo.

Al inicio, internet era el gran festival del optimismo. Creíamos que las redes sociales democratizarían la palabra, que seríamos una gran aldea global unida y feliz. Hoy, entrar a una sección de comentarios en X o en cualquier portal de noticias es como meterse a un tiroteo sin chaleco antibalas. El sociólogo y tecnólogo Yancey Strickler fue quien rescató este concepto para el mundo digital: la gente común se está retirando de la web abierta porque el costo de opinar es demasiado alto.

Aterricemos más la idea. Estudios del Pew Research Center muestran que más del 60 % de los usuarios de redes sociales en Occidente admiten tener miedo de expresar sus opiniones políticas o sociales por temor a las represalias, el linchamiento digital o el cyberbullying. A su vez, un informe de la consultora Gartner detectó que el nivel de compromiso, conexión emocional e interacción activa sobre una marca o contenido (engagement) en los feeds públicos tradicionales ha caído drásticamente. Y el tráfico se ha mudado a canales más privados como WhatsApp, Telegram, Discord, grupos cerrados de Facebook y los mensajes directos de Instagram. Es la «web de las sombras».

La gente ya no publica lo que piensa en su muro para que lo vea todo el mundo. Ahora prefiere el búnker digital. Solo habla donde se siente segura, entre los suyos, lejos de los algoritmos diseñados para viralizar la rabia y el odio, entre otros sentimientos.

Pero esto no es un simple cambio de hábitos tecnológicos. Vivir en el bosque oscuro de internet genera otros problemas: ansiedad y polarización afectiva. Pues el ser humano necesita comunicarse, necesita el reconocimiento del otro. Y cuando el diseño de las plataformas premia al que insulta más fuerte, el cerebro entra en modo de supervivencia.

Al refugiarnos solo en nuestros pequeños búnkeres de WhatsApp y otras plataformas, dejamos de escuchar al que piensa diferente. Nos deshumanizamos. El «otro», el que está fuera de mi grupo, ya no es un amigo o vecino con una opinión distinta; es un enemigo, un monstruo del bosque al que hay que aniquilar antes de que nos aniquile.

Ejemplos reales nos sobran. Piensen en las campañas de cancelación que abundan. O miren cómo la desinformación radicaliza comunidades enteras en segundos, provocando linchamientos reales basados en rumores digitales falsos. La teoría del “Bosque Oscuro”, popularizada por Liu Cixin en su famosa trilogía El problema de los tres cuerpos, plantea una solución escalofriante a la Paradoja de Fermi: el universo está lleno de vida, pero las civilizaciones permanecen ocultas y en silencio por miedo a ser exterminadas.

La resignación no debe habitarnos. No podemos cruzarnos de brazos. No podemos escoger vivir asustados, escondidos en nuestro metro cuadrado digital, dejando que odiadores profesionales, trolls y extremistas se adueñen de todo. El verdadero cambio cultural de cualquier nación nace de la rebeldía contra lo establecido y lo impuesto. Manabí y Ecuador siempre han sido tierra de gente frontal, de puertas abiertas, de diálogo franco frente a frente, compartiendo un café, una empanada de Ayacucho o una tonga de Rocafuerte. No perdamos esa esencia humana por vivir en una pantalla.

¿Cómo hacerlo? Dejando de alimentar al monstruo: no compartan el insulto, no viralicen la burla, opinen con respeto, tiendan puentes, busquen comprender antes que atacar, rescaten el valor de la palabra. El futuro es de los que se atreven a encender una luz, a dialogar con tolerancia, a devolverle la cordialidad y la empatía a nuestra sociedad y vibrar alto. Volvamos a humanizar la conversación.

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