
Pongan atención, gentes de Vibra Manabí, porque la noche no es un espacio vacío ni un tiempo perdido entre las cobijas. Uno cree que al cerrar los ojos se acaba el mundo, pero allá adentro, en la cabeza, hay un concierto cronobiológico que no descansa pues dormir es lo único que nos separa de la muerte prematura y del error que no tiene remedio. Esto no es cuento de aparecidos. Nuestro cuerpo tiene un reloj, un sistema que manda, sobre todo: desde las defensas que nos cuidan de pestes hasta la manera en que decidimos. Dicen los que científicos que hay una relación apretada entre ese reloj y el sistema inmunológico; si uno se descompone, el otro lo sigue, como una sombra mal herida. Hay unas células, las de la glía, que andan ahí de mediadoras, tratando de que el sueño restaure lo que el día va rompiendo.
En la vida diaria, sabemos que el horario lo es todo. A la mañana uno decide mejor; la mente está fresca, pero es lenta, como un buey pesado que pisa firme. Ya para la tarde, la cosa cambia. Nos volvemos rápidos, sí, pero esa rapidez puede salirnos cara: tomamos decisiones a tontas y a locas, llenas de errores, a veces. Y no es que uno quiera fallar, es que el cuerpo se cansa. Fíjense en este dato: en los ajedrecistas, antes de cometer una falla fatal en el juego, la frecuencia cardíaca les baja, como si el corazón ya supiera que se va a equivocar antes de que la mano mueva la pieza. El cuerpo avisa, pero uno, por andar de prisa, no lo escucha.
Y qué decir de los niños y los jóvenes. En tierras como las nuestras, los obligamos a levantarse cuando todavía es de noche, con escuelas que empiezan a las siete y media o antes. Estudios científicos vienen destacando que los niños y adolescentes están durmiendo menos de seis horas, cuando el cuerpo les pide ocho a gritos. A eso el modernismo lo está llamando jetlag social. Es como si vivieran en otro huso horario, desfasados de su propia naturaleza, cargando una deuda de sueño que el cuerpo cobra con enfermedades y con un entendimiento que no florece.
No se dejen engañar por esos espejismos de la razón. El psicólogo Daniel Kahneman lo decía: tenemos un sistema emocional que es rápido y nos lanza respuestas automáticas, llenas de sesgos y trampas, como el "efecto ancla" que nos hace quedar atrapados en la primera cifra que oímos. Para decidir bien hace falta el sistema cerebral, ese que es analítico y que solo funciona si le hemos dado a la noche su lugar.
Así que, gentes de Manabí, ¡duerman! No por pereza, sino por respeto a su propia vida. Que no les gane la luz de las pantallas, que engaña al cerebro haciéndole creer que todavía es de día y le roba tiempo. Busquen el fresco, busquen la regularidad. El sueño que se pierde no vuelve; se queda marcado en las arterias y en los olvidos. Dormir bien es una buena medicina. Despierten a la importancia del descanso, porque un pueblo que duerme bien es un pueblo que decide su futuro con la claridad de la aurora y no con el aturdimiento de la sombra. ¡Vibren, pero vibren alto!
