
El alma es como un camino de tierra seca si uno no le mete voces de las buenas. A veces parece que dentro de nosotros no habita nadie, pero lo cierto es que hay un murmullo que no se calla, un diálogo interno que más de las veces manda.
La verdad que dan los números y la ciencia, esa que no miente, aunque a veces duela, manifiesta que andamos por la vida hablándonos más mal que a un enemigo. En recientes investigaciones científicas se ve que, cuando nos preguntamos qué pensamos de nosotros, apenas un 10% de la gente se dice cosas buenas. Es una lástima, porque esa voz chiquita es la unidad básica del amor propio, que no es otra cosa que el cimiento de nuestra salud mental. Hablar de esto no es soberbia ni egoísmo, como nos han querido asustar los que quieren vernos callados. Es la humildad de entender y comprender nuestras sombras para no andar juzgando las ajenas.
Por eso, hay que despertar. La salud mental no es solo no estar locos; es saber estar bien, es tener herramientas para aguantar las tormentas de la vida sin deshacernos por dentro.
Vamos por unos ejemplos, para que vean por dónde va el paso y por dónde se pierde el rumbo, como caer en la trampa de la comparación digital. Hoy, con los celulares en mano, nos la pasamos revisando vidas ficticias. El promedio en nuestra América Latina es de una hora y media por persona haciendo "scroll", comparando nuestra cotidianidad con la ajena y el exhibicionismo. Científicamente, esto entra en nuestro cerebro y genera un sentimiento de insuficiencia que alimenta un diálogo de "no alcanzo" o "no soy suficiente", basado en una vitrina que no es real sino montajes, simulaciones. Si dedicáramos ese tiempo a los afectos y construirnos, los psicólogos se quedarían sin la mitad del trabajo, tal vez.
Otro ejemplo interesante ha sido desarrollado por la psicóloga Pilar Sordo: elegir con "hambre" de afecto. Ir por el mundo buscando pareja o amigos con el alma vacía es como ir al mercado sin haber almorzado. Uno termina viviendo cualquier cosa que no alimenta y hasta indigestión y arcadas da. En la práctica, elegir con "hambre" de afecto crea vínculos desde la carencia y no desde la libertad.
Es muy común, también, decidir vulnerarnos con un lenguaje de látigo. Decirnos "soy un imbécil" ante un error es un lenguaje castigador que el cerebro recibe como un golpe. Este tipo de diálogo negativo nos detiene y nos hace sentir en déficit permanente frente a una sociedad que ya de por sí exige demasiado. Hay que ir por la autocompasión nutritiva. En vez de castigarnos, señalarnos: "Nos equivocamos, mañana lo intentamos mejor". La ciencia del cerebro destaca que esta forma estimulante y compasiva ayuda a desarrollar una mejor versión de uno mismo sin rompernos. Quizá, como decía Sartre, somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros. Pero la aceptación radical no es resignarse, es decirnos algo así como "esto es lo que hay, no me gusta, pero sobre esto construyo". ¡A caminar con la frente en alto y la voz interna bien lúcida! ¡A vibrar alto!
