
Hay historias que son impresionantes. “Los creyentes” (2026), dirigida por Hugo Silva y protagonizada por José Coronado, es una de esas, pero imperfecta. Se trata, más bien, de un ejercicio cinematográfico de supuestos. Supuesto drama, intriga, misterio y suspenso psicológico doméstico que funciona mejor como un austero retrato sobre un duelo familiar que como el thriller comercial que Netflix promociona.
Los creyentes va de esto. Ruth regresó a su pueblo a su hogar cargando sus propios pasos, arrastrando una culpa que pesaba más que los treinta años que llevaba encima. Su madre se había ido al otro mundo de un modo extraño, sin pedir permiso, dejando solo un rastro de llamadas perdidas en el teléfono que Ruth nunca quiso contestar. Porque a veces uno no quiere hablar simplemente. En esa casa vieja, los vivos y los muertos respiran el mismo aire rancio. Allí la esperaba Martín, su padre, un hombre que parecía construido a fuego lento. Desde que le llegó la jubilación, a Martín se le secó el alma; se volvió un viejo huraño que camina murmurando sospechas contra el cielo y la tierra, atrapado en teorías oscuras conspirativas que nadie más ve. La de él es contra una industria farmacéutica que ha llegado a instalarse en el pueblo. La convivencia entre Ruth y Martín de a poco se vuelve un pozo espeso, con discusiones a las que le sobran minutos. Entre los ruidos nocturnos y los arrebatos violentos del padre, Ruth empieza a masticar una duda helada: que su madre no murió por accidente, sino que fue el propio Martín quien le empujó la vida hacia el vacío. En esa casa no hay certezas, solo sombras que delatan que se está viviendo bajo el mismo techo con un asesino o con un loco desahuciado por la pena. Tras una violenta confrontación donde Ruth cree que finalmente destruirá el velo del asesino, se revela una parte de la verdad: Martín es inocente de homicidio físico, pero culpable de abandono emocional. La madre murió por un accidente doméstico derivado de la negligencia mutua y el desgaste de una vida marital desértica. La resolución final desmitifica el thriller de asesinos tradicionales para revelar una tragedia puramente familiar y que la conspiración nunca estuvo afuera; el enemigo era la incapacidad de comunicarse y el peso del remordimiento.
Lo mayor, o quizá mejor, de Los creyentes es la acostumbrada y sólida interpretación de José Coronado, entregando una actuación cruda, alejándose del thriller de acción para encarnar a un personaje poco lúcido, errático y, a veces, devastadoramente trágico. Sin embargo, algunas de las teorías específicas en las que cree su personaje desvían la atención del drama íntimo y rozan el absurdo, rompiendo la verosimilitud. Lo otro destacado es el diseño sonoro de la película, que prescinde casi que por completo de música incidental tradicional. En su lugar, se amplificaron ruidos estructurales de la casa vieja (crujidos, tuberías, el viento) grabados directamente con micrófonos de alta sensibilidad epitelial para simular los sonidos de mentes enfermas.
Si pueden no mirar Los creyentes, está bien. No se pierden de mucho. Tanto que si se atreven a darle play percibirán que hay ciertos cortes de edición y transiciones que parecen diseñados apresuradamente para cumplir con los estándares de dinamismo exigidos por el algoritmo de Netflix, lo que choca frontalmente con el ritmo pausado y contemplativo que la historia pedía a gritos.
