
Acuérdate de cómo era la vida antes de que nos llenáramos los ojos de luces de los dispositivos digitales. El sol salía por el cerro, calentaba la tierra y uno miraba de frente al otro para saber quién era. Hoy, en cambio, parece que andamos buscando un calorcito que no llega en el reflejo frío de las pantallas. Creemos que nos conocemos de cabo a rabo, que sabemos bien qué dolores nos duelen y qué cosas nos van a hacer felices. Pero la verdad, la pura verdad, es que nos conocemos mucho menos de lo que pensamos. Nos mentimos casi a diario para ocultar la polvareda de nuestra propia soledad.
Vivimos en un tiempo donde el tiempo anda con más prisa y no deja sembrar nada que eche raíces. Las redes sociales nos metieron en la cabeza la costumbre de que el prójimo es un catálogo infinito, un desierto de caras donde uno va pasando el dedo infinitamente. Saltamos de una historia a otra sin profundizar en nada, porque el mercado virtual nos susurra que siempre hay más peces en el océano. Encontrarse con un "otro" de carne y hueso siempre va a ser complejo, un desafío que requiere aguantar la respiración y templar el alma. De hecho, los estudios científicos advierten que la flexibilidad encabeza las tres habilidades principales para adaptarnos a este nuevo mundo hiperconectado. Sin flexibilidad, la vida se vuelve un camino empedrado donde nos quebramos al primer tropiezo. Y la intolerancia a la incertidumbre nos enferma; la ansiedad está tan alta que encabeza los rankings de padecimientos en sociedades enteras, porque queremos controlar el mañana cuando la única certeza que tenemos es que somos mortales.
Aquellos discursos del amor propio y de enfocarse en uno mismo fue bueno para aprender a poner límites y salir de relaciones violentas. Pero en la práctica, lo hemos estirado hasta el extremo del egoísmo. Hoy la gente se encierra en su caparazón bajo el pretexto de "estoy enfocada en mí" y no se abre a ningún vínculo. Se confunde fácilmente independencia con aislamiento, pensando equivocadamente que vincularse es desenfocarse de uno mismo. El psicoanálisis nos enseña que muchas veces nos autosaboteamos: anhelamos conscientemente una pareja -por citar un elemento de análisis-, pero inconscientemente elegimos personas que no están disponibles porque nosotros mismos no lo estamos. El ejemplo positivo es quien decide dudar de sus propios pensamientos y certezas. Esa duda genera preguntas, la pregunta nos lleva a investigar, y esa investigación nos da un mapa de nosotros mismos para jugar el juego de la vida con mayor cintura, libertad y amplitud. Pues en la vida el dolor es inevitable; es un puente que hay que cruzar para seguir caminando. Quienes intentan saltárselo o esconderlo bajo la alfombra de la felicidad obligatoria ("hapicracia") terminan enfermándose de ansiedad o rigidez. Hay que transitar el dolor ocupando nuestro propio tiempo y espacio, catárticamente y con el apoyo de amigos y vínculos afectivos. Al cruzar ese puente paso a paso, aprendemos cómo se cruzan los dolores futuros.
Bajo este sol de Ecuador hay senderos que todavía tienen agua, formas de relacionarnos que nos devuelven la dignidad y la templanza. No nos quedemos como murmullos en el viento, viviendo vidas de mentira con máscaras sonrientes en el vacío digital. No le tengamos miedo a la incomodidad de mirar de cerca lo que nos duele. Acuérdate de que eres mortal. Que esta vida es una sola y se nos va entre los dedos. Friedrich Nietzsche hablaba del eterno retorno: pregúntate ahora mismo si la vida que estás viviendo, el trabajo que tienes y los vínculos que sostienes son los mismos que querrías repetir una y otra vez por toda la eternidad. Si la idea de repetir tu vida te desespera, es momento de sacudirte, dudar, decidir y empezar a cambiar de rumbo si es el caso. Lo verdaderamente importante no se ve con los ojos de la pantalla, sino con los del corazón. ¡A construir vínculos que nos den paz y vibrar alto!
