
En la historia de la literatura hispanoamericana, pocas fechas cargan con un misticismo sombrío, tan preñado de conjeturas mezquinas como la noche del 12 de febrero de 1976 en Ciudad de México. Jaime Bayly, audaz como es, intuitivo como es, aborda en Los genios la crónica de un puñetazo brutal dado por Mario Vargas Llosa, aquel que desplomó a Gabriel García Márquez, y que significó la demolición íntima de una hermandad que parecía blindada por la gloria.
El mérito total de esta novela radica en su negativa a ser un simple panfleto de alcoba y de chismento. Bayly comprendió que, para explorar la genialidad, hay que descender a las cloacas de la condición humana. Y nos conduce por los pasillos de Barcelona, los cafés de París y las playas de Marbella, reconstruyendo la simetría de dos vidas destinadas a consumirse mutuamente tanto por celos profesionales como personales.
La trama de Los genios es un como reloj que va hacia atrás y hacia adelante en el tiempo, tejiendo la red que atrapará a los protagonistas. Documenta, dando matices a los hechos reales, la entrañable amistad que unió al volcánico escritor peruano, aséptico, disciplinado e impulsado por un fuego de orden militar, y al exuberante creador colombiano, carismático, intuitivo y cobijado por un aura de infalibilidad mágica. Compartían agentes literarios, borracheras cómplices, confidencias políticas y el fervor de un continente que despertaba a la modernidad literaria. Sin embargo, el eje dramático vira hacia el año 1974 en Barcelona. El peruano decide viajar a Lima, dejando a su esposa, Patricia, al cuidado indirecto y a la cercanía de la corte de García Márquez y su mujer, Mercedes Barcha. Es en este período de soledad, melancolía y lealtades difusas donde la novela sitúa el punto de inflexión: un confuso incidente —un viaje en auto, una insinuación malinterpretada o un secreto compartido entre Patricia y Gabriel— que la susceptibilidad del escritor peruano transformará en una afrenta irrevocable a su honor. Cuando el peruano regresa y escucha la versión de los hechos de boca de su esposa, el mito de la fraternidad se triza. Y culmina en aquel teatro mexicano donde el puñetazo no es más que la rúbrica sangrienta de una ruptura espiritual definitiva.
Los genios plantea una interrogante desoladora sobre el libre albedrío y el determinismo. ¿Puede el intelecto más preclaro, capaz de concebir universos literarios perdurables, escapar a las bajezas del instinto? La respuesta de Bayly es militantemente existencialista: no hay redención por la cultura. Los protagonistas están encadenados a su fango original, desmontando la falacia de que el arte humaniza o eleva moralmente a quienes lo ejercen. Al contrario, la genialidad aparece aquí como una patología del ego que hipertrofia el orgullo y casi que anula la empatía. Quizá la literatura es un monstruo que se nutre de la destrucción de vidas reales, las de sus autores, para que nazcan las grandes obras y ficciones.
En Los genios, Jaime Bayly tiene un mérito superior al plasmar pulcramente la técnica del tiempo total. No opta por la linealidad cronológica; comprende que la tragedia del 12 de febrero de 1976 no es un hecho fortuito, sino la decantación inevitable de un caudal de tensiones acumuladas durante años. Para lograr este efecto, el autor recurre a vasos comunicantes; es decir, asocia dentro de una misma unidad narrativa episodios que ocurrieron en tiempos y espacios distintos. La temporalidad de la obra orbita, retrocede y se sumerge en el pasado para explicar ese instante de violencia final, mediante sutiles transiciones de tono, recuerdos y rencores que coexisten.
Tal vez, es condición sine qua non que los humanos se devoren entre sí en el altar de la vanidad.
