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Vibra & Memoria Histórica | Amar al lobo para no morir: así nació el Síndrome de Estocolmo
Por Néstor Romero Mendoza
Publicado en 21/08/2026 14:33 • Actualizado 21/08/2026 14:34
SECCIÓN: MEMORIA HISTÓRICA
Imagen de la red

Señoras y señores, la fiesta está comenzando”. Y ahí el aire de Estocolmo se pudrió de pronto aquel 23 de agosto de 1973. El día traía un frío seco, de ese que se mete en los huesos y hereda el olvido. En el Kreditbanken de la plaza Norrmalmstorg, el tiempo se detuvo. Jan-Erik Olsson dijo esa frase tras entrar encapuchado, con una metralleta bajo el brazo y disparando al techo. Los muros de piedra parecieron tragar el estruendo. Allí dentro se quedaron cuatro almas: Birgitta Lundblad, Elisabeth Oldgren, Kristin Enmark y Sven Safstrom. Durante 131 horas, seis días con sus noches, esta sucursal bancaria fue un purgatorio y a la vez un punto de encuentro de soledades que decidieron hacerse compañía.

Los de afuera, la policía, rodeó el edificio, cerraron la cuadra entera y alistaron sus armas. Para los de adentro, los rehenes, los gendarmes parecían más extraños que el hombre que adentro amenazaba con matarlos. Olsson exigía dinero, tres millones de coronas suecas, y que le trajeran a Clark Olofsson, un criminal de renombre que cumplía condena. Se lo trajeron. Las autoridades pensaron que metían otro lobo al corral, pero el encierro hace que los hombres busquen la luz donde solo hay candela.

Los días pasaban como piedras pesadas. En el sótano del banco, junto a las cajas fuertes, el miedo cambió de forma. La debilidad de la historia que luego contaron los periódicos está en creer que el afecto nace de la cordura; en el encierro, nació de la pura necesidad de no morir, quizás. Olsson, el verdugo, les dio mantas cuando el frío arreciaba. Les dio pastillas para calmar el llanto. A Kristin Enmark le acomodó un saco bajo la nuca para que el cemento no le partiera los sueños.

Los secuestrados empezaron a ver en sus captores el único árbol que daba sombra. Afuera, la policía perforaba el techo, metía cámaras por las grietas, amenazaba con gas lacrimógeno. Los de adentro sentían que el gas los mataría a ellos primero. La paradoja se consumó en una llamada telefónica. Kristin Enmark habló con el primer ministro sueco Olof Palme. Su voz no pedía rescate; pedía clemencia para los secuestradores. "Confío plenamente en ellos", dijo la mujer, y sus palabras sonaron como los rezos de los pueblos abandonados, donde se le pide milagros, día a día, a los mismos santos y vírgenes empolvados.

El 28 de agosto, la policía inundó el sótano con gas. La rendición fue un desfile de almas asustadas. Los rehenes salieron primero, pero se negaron a dejar que los policías tocaran a Olsson y a Olofsson. Se despidieron de ellos con abrazos y promesas de visitas a la cárcel. La prensa sueca guardó silencio un rato, aturdida por ese afecto que olía a pólvora, sudor y cariño.

Esta historia se aleja de mitos y se sostiene en la realidad:

• 131 horas de aislamiento total en una bóveda de concreto.

• 4 rehenes sometidos al arbitrio de 2 captores.

• 3 millones de coronas exigidas y un auto de escape que nunca arrancó.

• 0 heridos de gravedad entre los secuestrados durante los seis días, un milagro de la templanza o de la manipulación.

• Meses de juicio donde los rehenes se negaron a testificar contra Olsson y Olofsson, pagando incluso de sus bolsillos la defensa legal de los hombres que los apuntaron con fusiles.

El psiquiatra Nils Bejerot, que asesoró a la policía desde la acera de enfrente sin hablar jamás con los de adentro, acuñó el término: "Síndrome de Norrmalmstorg", que el mundo tradujo después como Síndrome de Estocolmo. Esa es la mayor debilidad del concepto: nació desde la distancia, desde el orgullo herido de unas autoridades que no entendían por qué las víctimas preferían convivir con lobos en lugar de dejarse echar una mano por la ley.

Las grietas del mito

El análisis riguroso de los registros informativos revela que el Síndrome de Estocolmo es una estrategia de supervivencia biológica, no una enfermedad mental. El punto fuerte de esta historia es el horror desnudo: cuando la muerte es inminente y depende de la voluntad de un solo hombre, complacer a ese hombre es el único camino para seguir respirando, no por amor, más bien como un trueque de obediencia por vida.

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La debilidad del relato oficial radica en la posteridad. El síndrome se usó muchas veces para descalificar la protesta de las víctimas, para decir que las mujeres secuestradas perdían el juicio por debilidad mental. Kristin Enmark repitió hasta el fin de sus días que su actitud fue de una lógica aplastante: la policía estaba dispuesta a sacrificar sus vidas con tal de atrapar a los criminales; los criminales, en cambio, necesitaban que ellos vivieran para salir de ahí.

El término acuñado por el psiquiatra y criminólogo Nils Bejerot no fue recibido con aplausos unánimes en la comunidad médica de los años setenta. Fue lo contrario. Mientras la policía y los periódicos adoptaban la frase con rapidez para explicar lo inexplicable, los psiquiatras de la época vieron en el diagnóstico de Bejerot un juicio apresurado y, en el peor de los casos, un mecanismo de defensa del propio Estado.

El hombre y su mito

Para entender la mente que desató el drama en la plaza Norrmalmstorg, hay que hurgar en los expedientes de un hombre que ya venía roto desde antes. Jan-Erik Olsson no era un ideólogo ni un criminal de cuello blanco. Fue un fugitivo rústico cuya psique estaba moldeada por el encierro y el resentimiento contra el sistema penitenciario sueco. Los registros de la época y los análisis forenses posteriores revelan las grietas y los rasgos fundamentales de su perfil psicológico. Olsson no buscaba solo el dinero. Su objetivo era también el aplauso del público y la humillación de las autoridades. Al entrar al banco con una metralleta escondida bajo una chaqueta de lana, cantando en inglés y actuando con una teatralidad exagerada, intentaba encarnar el mito del forajido cinematográfico. Su mente funcionaba bajo una lógica de omnipotencia. Creía que dictando las reglas del juego dentro de la bóveda podría doblegar al primer ministro y manejar el destino de la policía. El encierro era su escenario, y los rehenes, su público cautivo.

Olsson era un hombre de mecha corta. Los informes policiales describen cambios drásticos de humor en cuestión de minutos. Podía pasar de la calma absoluta —cantando canciones de Bobby Darin para tranquilizar a las víctimas— a crisis de furia destructiva donde amenazaba con dinamitar la bóveda si no se cumplían sus demandas de inmediato. No planeó un desenlace a largo plazo. Su plan de escape era rudimentario (un coche veloz y vía libre). Cuando se dio cuenta de que la policía no lo dejaría salir, su mente se fragmentó entre el deseo de sobrevivir y la pulsión autodestructiva. No sentía un remordimiento real por el terror que infundía, pero poseía una habilidad afilada para detectar las necesidades emocionales de sus víctimas. Usó la amabilidad como un arma de control. Al darles abrigo, comida y protección contra las amenazas externas (la policía), se posicionó inconscientemente como el "proveedor" y "protector" en un entorno de escasez absoluta. Convenció a los rehenes de que él era una víctima más de las circunstancias y del Estado. Esta distorsión de la realidad fue tan eficaz que logró que las víctimas internalizaran su narrativa, viendo el peligro en los rifles de la policía y la salvación en las manos de su captor.

Un punto débil de Olsson era su profunda admiración —casi sumisión— hacia Clark Olofsson, un criminal profesional mucho más carismático y calculador. Olsson exigió la liberación de Olofsson porque necesitaba un cerebro estratégico que validara sus acciones. En la bóveda, Olofsson asumió el rol de mediador calmado, mientras Olsson quedó relegado al papel del captor inestable, intensificando el juego del "policía bueno y policía malo" pero dentro del mismo bando criminal. Al final, cuando el gas lacrimógeno inundó el sótano, Olsson se desmoronó de golpe. El criminal arrogante dio paso a un hombre aterrado que usó a los rehenes como escudos humanos para evitar que la policía lo acribillara al salir. Su mente no buscaba la muerte heroica, sino la autopreservación a cualquier costo.

Olsson fue procesado y condenado a 10 años de prisión por los delitos de robo a mano armada, toma de rehenes y lesiones graves contra los agentes policiales. Su compañero en la bóveda, Clark Olofsson, logró que un tribunal de apelación anulara su condena argumentando que solo había actuado como mediador para proteger a los rehenes. Durante sus años tras las rejas, ocurrió uno de los hechos que más alimentó el mito del síndrome: los propios rehenes del banco fueron a visitarlo a la cárcel en varias ocasiones, manteniendo una relación cordial y de profunda gratitud por haberles perdonado la vida. Mientras cumplía condena, Olsson recibió miles de cartas de admiradoras. Con una de ellas, una mujer que le escribía regularmente a prisión, terminó contrayendo matrimonio dentro del penal.

Tras cumplir gran parte de su condena, Olsson fue puesto en libertad a principios de la década de 1980. Decidido a escapar del estigma de su crimen y de la constante atención de los medios suecos, se mudó con su familia a Tailandia durante unos 15 años. Allí vivió como un ciudadano común, operando un pequeño negocio de venta de automóviles e intentando llevar una vida ordinaria. Sin embargo, en sus últimos años productivos, Olsson regresó a su natal Suecia. Se instaló en la región de Helsingborg, donde se dedicó a escribir sus memorias (publicó un libro autobiográfico titulado Stockholmsyndromet) y vive un retiro completamente pacífico pues desde su liberación, nunca volvió a ser condenado por ningún otro delito.

Hoy, la plaza Norrmalmstorg sigue ahí, con su gente apurada y su cemento duro. Pero los registros de 1973 nos recuerdan que donde no llega la luz, los seres humanos son capaces de amar las cadenas con tal de que el verdugo no las apriete tanto.

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