
El aire de Libertad, allá por el partido de Merlo, Argentina, se puso espeso la tarde del 25 de agosto de 2026. Dicen los que pasaron junto a la parada de colectivos que el hombre negro ya no se movía sobre el colchón mugriento; tenía el cuerpo encogido, metido en una posición fetal como queriendo regresar al principio de todo. Tenía cincuenta y cinco años de edad y un vacío tan grande que ni la autopsia del forense pudo llenar, aunque el informe dijera que un edema pulmonar y un corazón gastado le apagaron la vida a Max Higgins. O a lo que quedaba de él.
A la Argentina Max Higgins llegó por el 2005, cargando un castellano masticado a medias y un puñado de historias de Kingston, Jamaica, donde nació. Contaba que su padre había sido jefe de policía y que los billetes le venían de familia, heredados por generaciones. Pero la verdad andaba por otro lado, más flaca. Sus primeros pasos en Buenos Aires los dio con Sandra Noemí Zapata, una mujer que lo conoció en las ruidosas discotecas y terminó compartiendo con él una pieza de pensión en la calle Piedras, en San Telmo, donde el baño y la cocina se dividían entre extraños y el frío calaba hondo. Justo allí se fraguó el espejismo de Higgins, mientras miraba las paredes descascaradas y juraba que el dinero iba a llegar. Y llegó, o pareció llegar, envuelto en un humo denso de engaños.
Los días buenos. Hubo un tiempo en que Higgins parecía dueño del viento. Se mudó de la pensión a los espejos altos de Puerto Madero. Se vestía con trajes italianos que olían a nuevo y se subía a limusinas y helicópteros como quien se sube a un caballo propio. En 2007 montó en Mar del Plata un circo grande llamado World Football Idol. Llevó a Diego Maradona, a Sergio Goycochea y a Gabriel Batistuta para que juzgaran el talento de los muchachos que soñaban con salir de la pobreza. Hubo luces, copas de champagne y la banda Duran Duran tocando para un estadio vacío, porque la gente nomás no fue.
Su mayor pedazo de cielo falso lo plantó en San Pedro. Compró unas ciento veinte hectáreas de tierra seca y bajó de tres helicópteros junto a unos hombres con turbantes que decía eran jeques de los Emiratos Árabes. Prometió mil millones de dólares. Clavó un cartel que rezaba: “Walt Disney Mundo S.A. Inc.”. El hombre se paseaba con capa y corona por las canchas, y por un instante, los desesperados le creyeron que traería la felicidad en forma de parque de diversiones. En las fondas y almacenes del pueblo se hablaba del parque como si ya estuviera construido. Los vecinos contaban que Higgins tiraba billetes de dólares al aire, como quien siembra trigo en campo abierto. El hombre del campo, que sabe lo que cuesta arrancarle una moneda a la sequía, vio en aquel jamaiquino la salvación de sus hijos.
Pero las mentiras de Max eran como las casas de adobe sin cimientos: se deshacen con la primera llovizna. La misma Walt Disney Company le mandó los abogados encima por pretender robarles el nombre. Entonces se supo que los dólares no existían, que la Lamborghini Diablo amarilla en la que andaba era prestada y que el Gobierno de Estados Unidos e Inglaterra ya lo buscaban por andar firmando cheques sin fondos.
La sombra se le vino adentro de la casa. En 2008, su esposa Sandra, con una hija recién nacida en los brazos, lo denunció por violencia. "Max es un farsante", dijo ella a los diarios argentinos. El hombre se volvió violento cuando el agua le llegó al cuello y los negocios se le pudrieron. Se quedó solo. El mundo que antes lo aplaudía de rodillas le dio la espalda cuando los bolsillos mostraron el fondo.
A partir de 2013, a Max Higgins se lo tragó la calle. Se volvió un fantasma que caminaba descalzo por la Reserva Ecológica o por el Patio Bullrich o por cualquier calle donde lo cogiera la noche. Llevaba siempre un maletín viejo, lleno de papeles borrosos que llamaba "proyectos". Si alguien le hablaba, decía en un español tropezado que el Estado argentino le tenía retenidos setenta millones de dólares. Su cabeza ya no coordinaba los recuerdos; la cordura se le había ido por los agujeros de los zapatos.
Pasó por las camas frías del hospital psiquiátrico Borda. En 2023, la Justicia intentó guardarlo en una internación para que no se muriera de desamparo, pero el rastro de Max era como el agua entre los dedos: se perdió de vista hasta que apareció congelado sobre el colchón de Merlo.
Al final, cuando la noticia de su muerte apareció por los periódicos, Sandra volvió a presentarse ante las autoridades. Dijo que llamaría a una cochería para darle tierra. Ya no quedaban lujos, ni jeques, ni Maradona. Solo quedaba un cuerpo frío que necesitaba que alguien lo enterrara para dejar de dar lástima en las veredas de este mundo.
DATOS CLAVE DEL EXPEDIENTE
· Nombre real: Emile Maxim St. Patrick Higgins (55 años)
· Origen: Kingston, Jamaica. Hijo de un expolicía.
· Fecha de fallecimiento: 25 de agosto de 2026.
· Lugar del deceso: Vía pública, Libertad, Merlo (Buenos Aires).
· Causa médica: Edema pulmonar y cardiopatía crónica.
