
A veces te encuentras con gente recia, que cree que el grito es ley cuando la razón se apaga. Pero hay una fuerza más honda, un superpoder silencioso que llevas dentro, aunque en ocasiones se te olvide usar: la amabilidad.
Eso que parece un gesto ingenuo, un "buenos días" entregado al desconocido, no es cosa de débiles. Es la estrategia más antigua y feroz para vivir y dejar vivir. Dicen los que saben que hace miles de años, el perro y el lobo eran la misma sangre (comparten todavía el 99.9% de su genoma). El lobo, huraño, impredecible y agresivo, prefirió la distancia y hoy ronda los abismos de la extinción. En cambio, el perro eligió acercarse a los fuegos de los hombres para comer de sus sobras y multiplicarse en millones. Eligió la cercanía para sobrevivir. Es lo que en neurobiología llaman prosociabilidad: la capacidad de cooperar para no quedarse solo. Lo mismo pasó con los Sapiens. Cuando llegaron a Europa hace 46,000 años, se toparon con los Neandertales, hombres más fuertes y experimentados, mejor hechos para el frío de los glaciares. En una lucha cuerpo a cuerpo, los Sapiens habrían sido borrados de la tierra, pero los Neandertales tenían un mal: cooperaban bien entre los suyos, pero al encontrarse con otros grupos se agarraban a piedras y palos. Los Sapiens aprendieron a tender puentes, a colaborar con extraños por un fin común y a compartir. Por esa sola virtud de la amabilidad y la cooperación, hoy estas aquí, mientras los Neandertales se volvieron solo un murmullo bajo la nieve.
Cuando eliges el camino del ceño fruncido y la palabra dura, no estás siendo fuerte; estás cavando tu individualidad. La agresividad brota casi siempre de una autoestima pequeña, de un miedo constante a ser heridos. Vivir así, viendo amenazas en cada esquina, inunda el cuerpo de un veneno silencioso: el estrés del rencor. Y cuando tu cuerpo se estresa por peligros imaginarios, por esos pensamientos rumiantes de "¿y si me pasa esto?" o "¿qué le hago a aquel que me la debe?", el cerebro libera una proteína llamada fibrinógeno, según la ciencia. La evolución inventó el fibrinógeno para taponar las heridas físicas y evitar que nos desangremos. Pero el humano moderno, que se preocupa por cosas que no han sucedido ni sucederán, el fibrinógeno se libera sin herida alguna. ¿Y qué hace? Pues al no encontrar cortes en la piel, empieza a formar coágulos dentro de los vasos sanguíneos. Si uno de esos coágulos tapa una vena en el corazón, te sobreviene el infarto; si pasa en el cerebro, te apaga. Las personas amables, al evitarse ese estrés, fundamentalmente se salvan de morir antes de tiempo. La sonrisa es el mayor signo de inteligencia social que existe. Activa las neuronas espejo (descubiertas por Giacomo Rizzolatti), haciendo que la persona que tienes enfrente sienta empatía y alegría, quiera o no quiera.
Vibra con la fuerza de tu amabilidad, que es el único superpoder que te mantendrá vivo y unido pese a la fuerza de las circunstancias adversas. La hostilidad te mata por dentro y te aísla por fuera, condenándote a la extinción social.
