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Dejar de llorar el pasado para que llegue el futuro
Por Néstor Romero Mendoza
Publicado en 24/08/2026 11:35
COLUMNA: LA ARENGA DEL DÍA / NÉSTOR ROMERO MENDOZA

Más de las veces llegas a sentir que el pasado es como la tierra reseca que no deja crecer nada, que solo das vueltas sobre los mismos dolores, platicando con los pálidos recuerdos de lo que fuiste o fueron, de lo que tuviste o tuvieron, o de lo que las pantallas te dijeron que debías extrañar. Por ahí, quizá, la mayor probable verdad es que mientras sigas llorando por tu ayer, el mañana no va a encontrar por dónde entrar a tu vida.

La nueva sociedad del siglo XXI no espera a los que se quedan petrificados como estatuas de sal, mirando el incendio que ya se apagó. Eso de quedarse rumiando el pasado no es solo una mala costumbre; en la psicología moderna le llaman sesgo cognitivo de proporciones existenciales. La neurociencia ha demostrado que el cerebro humano procesa la pérdida y la nostalgia a través de las mismas redes neuronales del dolor físico: la corteza cingulada anterior. Cuando te obsesionas con "el pasado mejor", activas un tobogán de retroalimentación donde el cortisol —la hormona del estrés— inunda tu sistema, atrofiando la capacidad de tu cerebro para adaptarse y aprender cosas nuevas.

El padre de la psicología positiva, Martin Seligman, lo dejó claro con sus estudios sobre la indefensión aprendida: si convences al pensamiento de que lo bueno ya pasó y que no tienes control sobre el mañana, tu espíritu se rinde. Se vuelve como esos pueblos fantasmas donde la gente se sienta en las puertas a ver pasar la nada. Pero ojo, todo tiene un contexto y este artículo no le habla a personas que enfrentan pérdidas profundas (como un luto o un trauma severo). Eso es diferente y cada quien debe llevarlo cómo mejor le sea posible, con tiempo y espacio.

La aceptación no es resignación. Aceptar el pasado significa dejar de pelear con él, dejar de pedirle cuentas a los ayeres para poder liberar la energía mental necesaria hacia la acción del presente. Investigaciones del Journal of Personality and Social Psychology muestran que las personas con una alta orientación hacia la "nostalgia restaurativa" (el deseo obsesivo de reconstruir el pasado tal como fue) presentan niveles 32% más altos de insatisfacción vital crónica en comparación con aquellas que practican la "nostalgia reflexiva" o la apertura al cambio.

Mira a tu alrededor, aquí mismo en Manabí. La economía y la vida moderna se mueven a la velocidad del rayo. La inteligencia artificial, la automatización y las nuevas dinámicas globales no van a pedir permiso ni van a esperar a que termines tu duelo por lo que ya pasó. Un ejemplo real de aquello fue Kodak, un titán empresarial que lo era todo, se ahogó en sus propias lágrimas de nostalgia. Tenían la tecnología digital en sus manos antes que nadie, pero prefirieron aferrarse al recuerdo del rollo tradicional, al olor del químico, a la gloria de sus años dorados. Lloraron tanto el pasado del celuloide que el futuro digital los atropelló sin lástima, dejándolos en la quiebra en 2012. En contraste, piensa en Netflix. Comenzó alquilando DVD por correo. Cuando el negocio iba de maravilla, decidieron matar su propio modelo exitoso para lanzarse al streaming. No se quedaron a llorar el fin del formato físico; entendieron que el futuro exige soltar el lastre rápido, aunque duela el desapego.

La vida no es un asunto de ir mirando el espejo retrovisor. El mañana está ahí, esperando como una llanura verde después de la tormenta, lista para que siembres de nuevo. Cada minuto que pasas reclamándole al tiempo por lo que se llevó, es un minuto que le robas a la siembra nueva. El siglo XXI es para los audaces, para los que cargan sus heridas como medallas de batalla y se dicen: "Esto fui, pero esto otro voy a ser". ¡Dale, a vibrar en presente, que el camino es largo y apenas va amaneciendo!

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