“De la incapacidad para evitar meterse en camisas de once varas, del afán excesivo por lo nuevo y el desprecio por lo antiguo, de poner el conocimiento por delante de la sabiduría, la ciencia por delante del arte y el ingenio por delante del sentido común, de tratar a los pacientes como casos y de hacer que la curación de las enfermedades sea más dolorosa que soportarla, líbranos, Señor”, Sir Robert Hutchison (1871-1960), «The Physician’s Prayer». “Siempre he pensado que esta oración del médico, cambiando «pacientes» por «votantes», podría ser igualmente la oración del político. Porque los políticos también tienen en sus manos la vida de las personas”, así arranca David Owen su libro «En el poder y en la enfermedad».
… y tendrá todo, por encima de todos, con excesos, cueste a quién le cueste, se pierda lo que se tenga que perder. Salvajismo que se autopercibe con propósito. Luego, vendrá la duda definitiva, la derrota, el silencio, la ausencia y la soledad. Presencia encarnada.
Espacio, tiempo, personas. Las creaciones producto del pensar no solo nacen del cerebro, sino de una dependiente conexión entre mente, cuerpo y entorno. Surgen ideas libres que de tanto ser usadas se transforman, a veces, en costumbre oral, en expresiones comunes como “cosecharás lo que siembras, pero si te llueve”, siendo una alegoría hacia la responsabilidad individual sobre los hechos y decisiones que se toman, aunque, en realidad, no todo dependa de uno. Siempre.
Vamos por algo. Algunos estudios de opinión serios vienen reflejando un desgaste penetrante de la institucionalidad y de quienes hacen política partidista, en plural, en la percepción de confianza ciudadana. Aquello marca un horizonte. Pero dentro, adentro, en la gente, hay intensidades que son más que sombras de luces que resisten la extinción. Creencias sociales. Como cuando, al preguntar, emociones básicas como miedo, tristeza, ira y la ofensa al otro por pensar y creer distinto, se instalan en la cotidianidad, fertilizan indiferencias, frustraciones y desesperanzas. Éstas, al crecer ilimitadamente, desprenden pensamientos determinantes como la existencia persistente de la nada. Y entonces, lo único cierto es la incertidumbre. “Señor, estoy decepcionado, decepcionado, decepcionado, decepcionado”. La respuesta está echada.
Hubris. El debilitamiento de la institucionalidad o de un liderazgo, sea público o privado, tiene causales múltiples y singulares; generalizar es ir a contramano del tiempo, de la ciencia, la lógica y el razonamiento. Una de las más importantes y universales vino, desde el estudio científico, de David Owen y Jonathan Davidson, quienes contrastaron hipótesis y de sus conclusiones surgió el concepto de la enfermedad del poder: “Síndrome de Hubris”, la desmesura de la arrogancia o del orgullo de quien se encuentra en un puesto o posición grupal de alto rango, y que se manifiesta cuando él o ella asume que cada acción suya, aunque sea tradicional o hasta insignificante, tiene que ser vista por los demás como épica o histórica, pues su misión es alcanzar la gloria. Y para ello hay que levantar su imagen en niveles obsesivos hasta el auto endiosamiento, pues él o ella son todo, la empresa, la institución o el Estado. Y al poseer comportamientos impulsivos, imprudentes, gestiones incompetentes y una confianza desmedida en sí mismo, se desconecta de la realidad, se anula la empatía, se siente único, más grande y especial, y rechaza con estigma y humillación a la otredad, a la cual hay que exterminarla. Y aquí los medios justifican el fin, pues la historia y Dios -si se presume socialmente religioso-, absolverá sus acciones y solamente ante esas instancias más superiores ofrecerá justificaciones. A nadie más.
El Síndrome de Hubris, que también minimiza y desprecia las necesidades de los demás pues a quien lo padece solo le importa él o ella en sí mismo, está presente en el mundo humano desde siempre. Es un fallo innato de la conducta, del cual Owen profundizó en su libro «En el poder y en la enfermedad» (2008). Para él es un trastorno reversible en personas sanas, pero en los no sanos es más complicado, pues existe comorbilidad con la bipolaridad y el narcisismo, cruzando fases encadenadas casi invariables: excesiva autoconfianza, adulación, arrogancia, soberbia, perplejidad, desconfianza, paranoia y desgracia.
La cultura oriental observa a la enfermedad del poder como un desequilibrio que conlleva a la pérdida de la realidad y de la responsabilidad. El rompimiento del orden natural de las cosas. Para el confucianismo, por ejemplo, el problema radica en quién ejerce el poder y si lo hace con virtud y armonía, más que por la fuerza o el castigo. Y propone que la solución no es evitar poseerlo, sino cultivar sabiduría y rectitud para manejarlo correctamente, bajo premisas conceptuales como bondad, benevolencia, humanidad y compasión (Ren) y el respeto por las normas generales y rituales (Li) como conducta apropiada para mantener la fraternidad y equilibrio social. Otras corrientes promueven la autoconciencia, la humildad y la gestión de los deseos y emociones para no hacer daño, entendiendo que los humanos son criaturas en constantes rupturas, frágiles, que emocionalmente se rompen y se reparan, en una suerte de “sí te caes, te levantas”. Kintsugi. Y Wu Wei, también.
La vida es un ciclo que en medio tiene gente que nace, siente y muere. Y está hecha de puntos suspensivos que cuando se unen se convierten en destino. Finalmente, cada quien con sus historias, personajes y sus cosas.

Néstor Romero Mendoza
Asesor de comunicación política estratégica
Columnista www.vibramanabi.com
1/12/2025