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Inteligencia Artificial como herramienta de accesibilidad, el error de confundir apoyo con fraude
Por: María Cristina Kronfle Gómez - @mckronfle
Publicado en 24/01/2026 08:51
María Cristina Kronfle

 A propósito de una publicación realizada en una red social por un abogado litigante y juez civil, me permito proponer que reflexionemos juntos sobre el mensaje publicado:

 

Detectar un texto escrito con IA es muy sencillo: De repente medio mundo tiene ortografía perfecta; un empleo impecable de signos de puntuación y una redacción estructurada y conducida hacia una conclusión lógica (ya no se ve esa terrible costumbre de escribir como se habla). Y está bien, está muy bien para ciertas actividades (como un discurso, o un mensaje de correo corporativo), pero hacer una tarea escolar, una tesis de grado o algo similar en esa forma, definitivamente cruza la línea de la edición asistida hacia el fraude académico.”

La preocupación que atraviesa este mensaje es comprensible y, en cierta medida, legítima. El fraude académico existe, ha existido siempre y no nació con la inteligencia artificial. Sin embargo, el problema comienza cuando una percepción rápida se convierte en una regla general y, a partir de ahí, se construye un juicio que no distingue contextos, personas ni realidades. Cuando se afirma que detectar un texto generado con IA es “muy sencillo” porque aparece una ortografía correcta, una puntuación cuidada y una estructura lógica, se está trasladando el foco desde la autoría intelectual hacia la apariencia del texto, y ese desplazamiento no es menor, porque tiene consecuencias profundas en términos de justicia, inclusión y evaluación real del aprendizaje.

Asumir que escribir bien es una señal de sospecha implica, aunque no se diga explícitamente, que escribir mal era lo esperable, lo auténtico y lo humano. Esa premisa es débil desde el punto de vista académico y también peligrosa desde una mirada social. La buena escritura no es prueba de deshonestidad, como la mala escritura no es prueba de ignorancia, y confundir forma con contenido es uno de los atajos más pobres del criterio.

Hay personas que escriben con corrección por formación, oficio, hábito o acompañamiento editorial, algo que siempre ha existido en la academia sin ser calificado automáticamente como fraude. Pero hay también personas que, gracias a herramientas tecnológicas de asistencia, ayudas técnicas y ajustes razonables, logran por primera vez expresar con claridad lo que piensan, después de años de enfrentar barreras vinculadas a la movilidad reducida, la discapacidad visual, la sordera, las dificultades en el procesamiento del lenguaje o condiciones psicosociales e intelectuales que requieren apoyos específicos. En esos casos, la mejoría en la forma no es una señal de engaño, es una señal de accesibilidad.

El verdadero límite entre la edición asistida y el fraude académico no puede definirse por la pulcritud del texto, sino por la responsabilidad sobre el contenido. La autoría intelectual se prueba en la capacidad de sostener un argumento, de explicar por qué se eligió una fuente, de defender una hipótesis, de responder preguntas, de mostrar proceso, de evidenciar decisiones, borradores y razonamientos. Si una persona no comprende lo que entrega, ahí hay un problema, con o sin inteligencia artificial, porque también se puede engañar copiando de internet, pagando a un tercero o reutilizando trabajos ajenos, prácticas que preceden ampliamente a estas tecnologías. Y si una persona utiliza una herramienta para ordenar ideas, corregir errores, mejorar legibilidad o adaptar su texto a un estándar académico, pero conserva el control del pensamiento, del análisis y de las conclusiones, entonces lo que existe es asistencia, no suplantación.

Hay, además, una paradoja que merece atención. Se insiste en la necesidad de “humanizar” a la inteligencia artificial, de exigirle ética, de regularla y de ponerle límites, mientras el criterio humano se vuelve cada vez más automático, más generalizador y menos atento a las particularidades. En nombre de la integridad académica se termina sospechando de la claridad, penalizando la buena escritura y confundiendo accesibilidad con trampa, como si la respuesta ética fuera siempre desconfiar primero y comprender después.

Si la preocupación real es el fraude, el debate debería desplazarse hacia el diseño de los sistemas de evaluación. Evaluaciones que valoren el proceso y no solo el resultado. Defensas orales, entregas por fases, bitácoras de trabajo, preguntas situacionales, rúbricas que exijan trazabilidad y comprensión real, así como lineamientos claros sobre el uso permitido de herramientas y formación ética sobre cómo declararlas y citarlas. Perseguir la estética del texto no previene el fraude, solo genera desconfianza y castiga, muchas veces, a quienes más necesitan apoyos.

No se trata de negar los riesgos ni de subestimar el impacto de la tecnología. Se trata de evitar reflexiones apresuradas que convierten casos específicos en verdades universales de forma injusta. Defender la integridad académica exige más que sospechar de una coma bien puesta, exige criterio, diseño inteligente y una comprensión profunda de la diversidad humana, porque si algo debería preocuparnos no es que la tecnología ayude a escribir mejor, sino que el pensamiento crítico se debilite cuando dejamos de mirar los matices y optamos por conclusiones fáciles frente a realidades complejas.

 

María Cristina Kronfle Gómez - @mckronfle

Abogada y Activista

Columnista www.vibramanabi.com

24/1/2026

 

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