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“CONMIGO SERÁ DIFERENTE”
Por: María Cristina Kronfle Gómez - @mckronfle
Publicado en 01/02/2026 10:19
María Cristina Kronfle

 Este artículo no se escribe desde la provocación, se escribe desde el conocimiento académico, desde el análisis jurídico, psicológico y sociológico, y desde las fuentes del activismo serio por los derechos de las mujeres que, durante décadas han documentado patrones, trayectorias y riesgos. Hablar de violencia de género con esta claridad, busca interrumpir la costumbre de mirar tarde, cuando el daño ya es visible, la prevención real empieza mucho antes, cuando todavía no hay golpes, cuando el control se disfraza de cuidado, y la tolerancia incómoda, se confunde con amor.

 

Cuando una mujer termina siendo agredida por su pareja, que es un hombre con antecedentes de control, intimidación o violencia en relaciones anteriores, el debate público suele desviarse con rapidez hacia un terreno cómodo y moralizante. Se pregunta por qué ella no vio, por qué creyó, por qué se quedó, como si la violencia pudiese explicarse a partir de un error individual de criterio y no desde la existencia de patrones reiterados de dominación. Ese desplazamiento no es inocente, porque convierte un fenómeno estructural en un episodio privado, y libera de responsabilidad tanto al agresor, como al entorno social e institucional que toleró, justificó o minimizó su conducta. En esa aparente racionalidad se instala una forma de normalización, que vuelve excepcional lo que, en realidad, era previsible.

Dicha visión, resulta incompatible con el marco jurídico ecuatoriano y con los compromisos internacionales asumidos por el Estado. La Constitución reconoce el derecho a una vida libre de violencia, en el ámbito público y privado, así también obliga a prevenir, sancionar y erradicar toda forma de violencia contra las mujeres. Ese mandato se concreta en la Ley Orgánica Integral para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres, y en el Código Orgánico Integral Penal, que tipifica la violencia psicológica, el maltrato intrafamiliar y el femicidio bajo un enfoque de especialidad. Sin embargo, cuando el discurso social insiste en interrogar a la víctima, en lugar de analizar la trayectoria conductual del agresor, lo que realmente hace es vaciar de contenido esa arquitectura normativa y, desplazar el eje desde la prevención, hacia la culpa.

Las cifras disponibles confirman la magnitud del problema y desmontan cualquier intento de relativización o minimizar la realidad. Cuando el Estado no presenta el cuadro completo, la sociedad pierde herramientas para evaluar el riesgo y exigir respuestas efectivas. Una proporción mayoritaria de mujeres en Ecuador, ha vivido algún tipo de violencia a lo largo de su vida y, los informes elaborados por organizaciones de la sociedad civil advierten sobre el subregistro, invisibilización de ciertas formas de violencia, y el abandono sistemático de poblaciones especialmente vulnerables.

Desde el enfoque psicológico, la creencia de que “conmigo será diferente”, surge de una dinámica de captura emocional, que responde a regularidades ampliamente documentadas. El agresor no se presenta de inicio como violento, sino como incomprendido, herido o injustamente tratado por relaciones previas, construyendo un discurso que apela a la empatía y habilita una intimidad acelerada. En ese contexto, el control aparece como cuidado, y la descalificación se presenta como preocupación, este proceso no anula la inteligencia de la mujer, pero sí desgasta progresivamente su confianza en el propio criterio, hasta dificultar la identificación del riesgo latente.

En términos conductuales, esta dinámica se sostiene a través del refuerzo intermitente, un mecanismo que alterna momentos de afecto, con episodios de maltrato y genera una expectativa condicionada de reparación. La esperanza de que la versión afectuosa del agresor regresará si se hace lo suficiente es una ilusión romántica, como resultado de un aprendizaje emocional inducido. Por otro lado, la permanencia en la relación no se explica por amor, sino por la dificultad de romper un circuito, que combina dependencia, miedo y promesas implícitas de cambio, que nunca se concretan.

El psicoanálisis aporta una clave incómoda pero necesaria, para desmontar la idea de que la violencia responde a una carencia de afecto. La agresividad forma parte de la condición humana, que solo se vuelve destructiva cuando encuentra contextos que la legitiman, y la canalizan como forma de dominio. Cuando la otra persona no es reconocida como sujeto autónomo, el afecto o “amor” puede transformarse en un instrumento funcional de control y, “la relación aparente”, encubrir una estructura de poder. En ese escenario, el amor no opera como límite, sino como coartada, porque permite justificar la vigilancia, invasión y la posesión, como expresiones de intensidad emocional.

Desde la sociología de género, la violencia contra las mujeres se comprende como un sistema sostenido por mandatos culturales persistentes, a las mujeres se les enseña a comprender y tolerar, incluso a costa de sí mismas; mientras a los hombres, generalmente, se les permite confundir control con carácter y posesión con interés legítimo. Estas pedagogías sociales, no desaparecen por la mera existencia de leyes y, cuando no se las confronta de manera explícita, se infiltran también en las instituciones encargadas de prevenir y sancionar la violencia, reproduciendo la desigualdad que dicen combatir.

Este artículo no se escribe desde la provocación, se escribe desde el conocimiento académico, desde el análisis jurídico, psicológico y sociológico, y desde las fuentes del activismo serio por los derechos de las mujeres que, durante décadas han documentado patrones, trayectorias y riesgos. Hablar de violencia de género con esta claridad, busca interrumpir la costumbre de mirar tarde, cuando el daño ya es visible, la prevención real empieza mucho antes, cuando todavía no hay golpes, cuando el control se disfraza de cuidado, y la tolerancia incómoda, se confunde con amor.

Es posible que, a algunas personas les resulte incómodo o incluso inapropiado hablar de estos temas con esta claridad, pero aquello que se mantiene en silencio es precisamente lo que se normaliza. Formar criterio es aprender a leer esas zonas grises sin autoengaño, comprender que ningún afecto justifica la anulación progresiva de la autonomía, autoestima y desvalorización. Reflexionar estos procesos de la violencia antes de que escalen, es prevención, sacarlos del tabú y analizarlos con seriedad, no debilita los vínculos, los depura, porque solo aquello que puede ser identificado con precisión, puede ser detenido a tiempo.

 

María Cristina Kronfle Gómez - @mckronfle

Abogada y Activista

Columnista www.vibramanabi.com

1/2/2026

 

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