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La victimización como refugio y la infantilización de la conducta adulta
Por: María Cristina Kronfle Gómez - @mckronfle
Publicado en 26/01/2026 09:04
María Cristina Kronfle

 Aceptar la adultez no significa endurecerse frente a la vida, es algo más simple y, a la vez, más exigente, reconocer que siempre hay una parte que nos toca asumir, incluso cuando las circunstancias no son ideales. Dejar de mirarnos como víctimas permanentes y empezar a vernos como personas responsables de lo que hacemos, decimos y dejamos de hacer.

 

Hay una diferencia profunda entre atravesar una dificultad y construir toda una identidad alrededor del papel de víctima. La primera forma parte de la experiencia humana, la segunda es una trampa silenciosa que, lejos de protegernos, nos deja estancados; no hablo aquí del dolor real, ni de las injusticias que efectivamente existen, sino de algo distinto y más incómodo, la victimización como refugio emocional en la vida adulta.

Hay personas que, frente a cualquier conflicto, consecuencia o límite, reaccionan siempre igual. Si una relación termina, fueron víctimas; si pierden un trabajo, víctimas; si cometen un error o alguien les señala una omisión, nuevamente víctimas. No se trata de hechos aislados, sino de una forma estable de interpretar el mundo.

Este modo de presentarse frente a la vida tiene un efecto concreto, evita la responsabilidad adulta; asumir responsabilidad implica reconocerse como alguien que decide, se equivoca, a veces falla y que también omite; eso exige madurez emocional. La victimización, en cambio, permite algo mucho más cómodo, permanecer en un lugar donde nada depende realmente de esas personas.

Aquí aparece un punto clave que solemos pasar por alto, la victimización suele ir de la mano con la infantilización de la conducta. En un sentido problemático; el niño o niña no responde por las consecuencias, no toma decisiones, no carga con el peso de sus actos. Cuando un adulto se mira a sí mismo desde ese lugar, todo queda justificado. El error se explica por el contexto. La omisión se minimiza, el daño causado se diluye porque “no era la intención”.

Esto ocurre tanto en hombres como en mujeres, pues no es una cuestión de género, sino de estructura emocional. Hay mujeres adultas que se piensan como niñas indefensas y reclaman validación permanente desde ahí. Hay hombres adultos que se perciben como niños incomprendidos y trasladan la responsabilidad al entorno. En ambos casos, el resultado es el mismo: una renuncia silenciosa y peligrosa, a la adultez.

El entorno, muchas veces sin darse cuenta, refuerza este patrón, protegiendo, excusando, evitando confrontaciones y validando sin establecer límites sanos. Así, la persona aprende que no necesita revisar su conducta, ni hacerse cargo de nada. Basta con declararse herida para quedar exenta de responsabilidad. Con el tiempo, la victimización deja de ser una reacción emocional y se convierte en una forma de interactuar con el mundo.

Las consecuencias no tardan en aparecer, por lo que, en las relaciones, en el trabajo, en los vínculos afectivos, relacionarse con alguien que se comporta emocionalmente como un niño, exige que otros asuman un rol que no les corresponde: el de sostener, justificar o cargar con lo que esa persona no quiere asumir. La confianza se erosiona y el desgaste se acumula.

Aceptar la adultez no significa endurecerse frente a la vida, es algo más simple y, a la vez, más exigente, reconocer que siempre hay una parte que nos toca asumir, incluso cuando las circunstancias no son ideales. Dejar de mirarnos como víctimas permanentes y empezar a vernos como personas responsables de lo que hacemos, decimos y dejamos de hacer.

Crecer es dejar de esconderse detrás de la infantilización y asumir, con honestidad, el lugar adulto que ya ocupamos.

 

María Cristina Kronfle Gómez - @mckronfle

Abogada y Activista

Columnista www.vibramanabi.com

26/1/2026

 

 

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