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Los tres dedos que también nos señalan
Por: Érika Vaca Rodríguez.
Publicado en 17/06/2026 17:25
PENSÁNDOLO BIEN / ÉRIKA VACA

 

26,823,844 ilustraciones de stock de Señalar dedo | DepositPhotos

Vivimos en una época donde señalar parece haberse convertido en una costumbre diaria. Es fácil encontrar errores en los demás, cuestionar decisiones ajenas, juzgar comportamientos o construir conclusiones desde la distancia. Sin embargo, pocas veces recordamos aquella reflexión tan sencilla como profunda: cuando apuntamos con un dedo hacia alguien, otros tres dedos apuntan hacia nosotros. En la vida cotidiana ocurre constantemente. Criticamos al vecino por no colaborar con la comunidad, pero olvidamos las veces que nosotros tampoco participamos. Exigimos respeto, pero en ocasiones respondemos con indiferencia. Pedimos comprensión, mientras nos cuesta comprender.

 

También vivimos tiempos donde el orgullo suele ocupar el lugar que debería tener la reflexión. Muchas personas prefieren sostener una posición equivocada antes que reconocer un error. Otras construyen verdades absolutas basadas únicamente en presunciones, rumores o interpretaciones personales. Es como aquel conductor que insiste en avanzar por una vía equivocada porque está convencido de que conoce el camino, aunque todas las señales indiquen lo contrario. El problema no es equivocarse; el problema es negarse a corregir el rumbo cuando la realidad demuestra que estamos tomando una dirección equivocada.

 

Escuchar críticas tampoco es una tarea sencilla. Nos encantan los aplausos, los reconocimientos y las palabras que confirman lo que queremos escuchar. Pero cuando llega una observación que nos incomoda, una opinión diferente o una advertencia sincera, muchas veces levantamos muros. En lugar de analizar si existe algo que mejorar, preferimos apartar a quien nos cuestiona. Sin embargo, la verdadera madurez no se mide por la cantidad de elogios que recibimos, sino por nuestra capacidad de escuchar aquello que no nos gusta y transformarlo en crecimiento.

 

Por otro lado, también están quienes guardan silencio cuando deberían hablar. Personas que observan injusticias, abusos o situaciones que afectan derechos, pero deciden callar por comodidad, temor o conveniencia de decir que todo está bien. La historia demuestra que muchas veces las sociedades no retroceden únicamente por las acciones equivocadas de unos pocos, sino por el silencio de quienes pudieron alzar la voz y no lo hicieron. Ser justo no significa estar siempre de acuerdo; significa tener el valor de defender lo correcto incluso cuando resulta incómodo hacerlo.

 

Como comunicadores, muchas veces hablamos de política, economía, seguridad, empleo, combustibles, impuestos o el costo de la canasta básica. Son temas importantes porque afectan directamente la vida de millones de personas. Pero también existe una responsabilidad que va más allá de informar los hechos. Está el compromiso de llegar a la médula de la sociedad, de invitar a reflexionar sobre aquellas conductas que deterioran nuestra convivencia diaria y que, silenciosamente, terminan causando tanto daño como cualquier crisis económica. La falta de empatía, el irrespeto, el orgullo desmedido, la indiferencia y la incapacidad de escuchar son problemas que ninguna ley puede resolver por sí sola.

 

Ojalá la vida nos enseñe a todos, sin excepción, a ser más solidarios, más respetuosos y, sobre todo, más justos. Justos con quienes nos rodean, pero también con nosotros mismos. Una sociedad mejora cuando aprende a corregirse antes de condenar, cuando escucha antes de responder y cuando reflexiona antes de señalar. Tal vez el verdadero cambio que tanto exigimos hacia afuera empieza precisamente en ese pequeño espacio donde cada uno enfrenta su propia conciencia y decide convertirse en una mejor persona para los demás y para sí mismo.

 

Érika Vaca Rodríguez

 

Relacionista Pública - Máster en Inbound Marketing

 

Columnista www.vibramanabi.com

 

17/6/2026

 

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