
Uno a veces camina por estas calles calientes de Manabí, mira los portales vacíos al atardecer y siente cómo la vida se suspende en un largo silencio. A muchos les da miedo sentir ese silencio y soledad. Le huye como si fuera un acreedor implacable, busca ruidos, sonidos o cualquier conversación prestada para no quedarse a solas con su propia sombra. Pero la verdad es limpia y fuerte como el sol manabita: la soledad forma parte de nuestra herencia inevitable. Venimos a este mundo solos, amamos solos y nos vamos a ir de la misma manera, muy probablemente; nadie puede respirar, sentir ni morir por nosotros, aunque estemos rodeados de gente. Esa es la soledad existencial que hay que habitar con el respeto que se merece, alejándonos de costumbres marchitan el alma. No podemos seguir arrastrando los pies por desiertos de ruidos y vacíos impuestos. Hay que mirar a la soledad de frente, a los ojos, sin parpadear. No le tengan miedo a estar solos; ténganle miedo a estar con cualquiera por no saber estar con ustedes mismos. El que aprende a estar solo, el que es capaz de sostener su propio abismo y levantarse apoyado en sus propias fuerzas, ese mete miedo al mundo porque ya no es manejable. Empezó a vivir bajo sus propias expectativas y no las ajenas. Así que limpia tu patio interno, adorna tu alma para esa cita contigo mismo, y entonces después, fuerte y entero sobre tus propias piernas, tiende la mano al que tienes al lado. ¡Que nuestra vibración sea la de almas e ideas libres que eligen encontrarse, no la de sombras asustadas que buscan dónde esconderse!
