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Antes de juzgar el dolor ajeno, recordemos que nadie está exento de necesitar una mano cuando la vida se vuelve demasiado pesada
Por: Érika Vaca Rodríguez
Publicado en 21/08/2026 09:06 • Actualizado 21/08/2026 09:55
COLUMNA DE OPINIÓN: PENSÁNDOLO BIEN / ÉRIKA VACA RODRÍGUEZ

Un momento de enorme tensión se vivió en el Puente de la Unidad Nacional, donde un ciudadano atravesó una situación de profunda angustia y fue auxiliado oportunamente por transeúntes, conductores y organismos de socorro.

Más allá del hecho y de las circunstancias que lo desencadenaron, este episodio debería llevarnos a una reflexión: ¿qué está pasando con nuestra salud emocional y cuánto hemos aprendido realmente a mirar el dolor de los demás? Una crisis emocional puede aparecer en cualquier persona, incluso en aquella que todos consideran fuerte, alegre o incapaz de quebrarse.

Y aquí, muchas veces ignoramos: la depresión, la ansiedad y la desesperanza no necesariamente nacen de una relación amorosa. Pueden acumularse por meses o años debido a la falta de empleo, las deudas, problemas familiares, enfermedades, pérdidas, amistades equivocadas, ambientes laborales tóxicos, personas manipuladoras, violencia emocional, soledad o una cadena de dificultades que, una tras otra, terminan agotando a quien las enfrenta.

No siempre conocemos la batalla que está librando la persona que tenemos delante, que incluso puede ser estar a lado de una persona con la que no se siente feliz, pero lamentablemente en el país hay muchas parejas que juegan a la familia feliz.

Por eso preocupa la facilidad con la que algunos usuarios se refugian en las redes sociales para escribir comentarios crueles, burlones o despectivos ante situaciones de sufrimiento. Una frase escrita en segundos puede convertirse en una carga enorme para alguien que ya está emocionalmente debilitado.

Antes de publicar, deberíamos preguntarnos: ¿diría esto mismo frente a una persona que está llorando? ¿Lo repetiría si estuviera frente a su madre, sus hijos o sus seres queridos? ¿Si yo estuviera en su lugar qué sentiría? Detrás de una pantalla también existe un ser humano.

La empatía no significa justificar cada decisión ni dejar de hablar de responsabilidades; significa comprender que una crisis puede nublar el juicio y que una persona vulnerable necesita primero ser contenida y orientada.

También debemos recuperar valores que parecen haberse debilitado: el respeto por la vida, la solidaridad, la compasión y, para quienes profesamos una fe, el temor de Dios entendido no como miedo, sino como respeto profundo por la vida y por la dignidad del prójimo.

Y dentro de ese aprendizaje debemos recuperar algo esencial: el amor dentro de la familia. Un abrazo de una madre, una conversación con un padre, la preocupación de un hermano, el consejo de un abuelo o simplemente sentarse a escuchar sin juzgar pueden convertirse en un refugio emocional en momentos difíciles.

También tenemos que hablar de los entornos que enferman emocionalmente. Una persona puede levantarse todos los días para trabajar y sonreír mientras soporta humillaciones; puede tener cientos de contactos en redes y sentirse completamente sola; puede estar endeudada y esconder su angustia detrás de una fotografía; puede convivir con alguien manipulador y terminar creyendo que no vale nada.

Por eso, cuando alguien cambia su comportamiento, se aísla, expresa desesperanza o pide ayuda de una manera diferente, no deberíamos responder con burlas: deberíamos prestar atención y no decir frases como “qué bipolar eres”, “es que siempre te pasa todo”.

La familia debería ser, precisamente, el primer lugar donde una persona pueda sentirse querida, escuchada y protegida, no un espacio donde tenga miedo de contar lo que está viviendo.

Lo ocurrido en el Puente de la Unidad Nacional también demuestra el valor de intervenir correctamente. En este caso, ciudadanos y organismos de socorro actuaron a tiempo y lograron poner al ciudadano a salvo para que recibiera asistencia especializada.

Esa debería ser nuestra enseñanza: ante una persona en una crisis emocional, no corresponde provocar, grabar, insultar ni convertir el sufrimiento en espectáculo. Aunque muchos cuestionaron que se grabó el momento y se “expuso a la persona”, realmente si ponemos atención a lo que le dicen para salvarlos, también puede salvar a cualquier otra persona que esté pasando la misma situación y se vea reflejado en ese joven.

Corresponde buscar ayuda, avisar a los organismos de emergencia, acompañar sin juzgar y procurar que llegue a profesionales capacitados. Una intervención responsable puede cambiar el desenlace de una crisis.

Como sociedad ecuatoriana tenemos una tarea pendiente: dejar de opinar tan rápido y comenzar a escuchar un poco más. Nadie está completamente exento de atravesar una depresión, una crisis de ansiedad o un momento de desesperanza. Hoy puede ser un desconocido; mañana podría ser un compañero de trabajo, un amigo, un hermano o alguien de nuestra propia familia. No sabemos qué batalla está librando quien está sentado a nuestro lado.

Por eso, volvamos a casa, miremos a nuestros padres, a nuestros hijos, a nuestros hermanos y preguntemos de manera sincera: ¿cómo estás? Y quedémonos a escuchar la respuesta. Que el amor familiar, los valores, la fe y la empatía vuelvan a ocupar el lugar que jamás debieron perder.

Que este episodio no termine solamente como una noticia más: que nos recuerde que detrás de cada pantalla, cada comentario y cada silencio existe una vida que merece respeto, cuidado y una oportunidad para volver a encontrar esperanza.

Érika Vaca Rodríguez

Relacionista Pública - Máster en Inbound Marketing

Columnista www.vibramanabi.com

21/8/2026

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