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¿Estamos más conectados, pero cada vez más solos?
Por: Érika Vaca Rodríguez / Relacionista Pública - Máster en Inbound Marketing
Publicado en 30/08/2026 11:23
COLUMNA DE OPINIÓN: PENSÁNDOLO BIEN / ÉRIKA VACA RODRÍGUEZ

Vivimos una paradoja que hace apenas unos años parecía imposible: tenemos un teléfono que nos permite hablar con alguien que está al otro lado del mundo en segundos, pero muchas veces no tenemos tiempo para preguntarle cómo está la persona que está sentada a nuestro lado o frente a nosotros.

Estamos conectados prácticamente todo el día, recibimos mensajes, llamadas, publicaciones y notificaciones, pero conexión no siempre significa compañía. Es como tener una agenda llena de números y, al mismo tiempo, no saber a quién llamar cuando realmente necesitamos conversar.

Un ejemplo sencillo: Una familia se sienta a almorzar. Antes, ese momento podía ser el espacio para preguntar cómo estuvo el trabajo, cómo le fue al niño en la escuela o qué problema tenía el abuelo. Hoy, en muchos hogares, cuatro personas pueden estar alrededor de una misma mesa y cada una mirando una pantalla diferente.

Estamos físicamente juntos, pero emocionalmente separados. Y esto no significa que la tecnología sea enemiga; significa que debemos preguntarnos si nosotros estamos utilizando la tecnología o si, poco a poco, la tecnología está decidiendo cuánto tiempo prestamos atención a los demás.

Y aquí aparece otra comparación. Antes, una persona podía tocar la puerta de un vecino para pedir ayuda, conversar en la esquina o encontrarse con amigos en un parque. Hoy podemos tener cientos de seguidores y decenas de conversaciones abiertas, pero muchas veces desconocemos incluso cómo está nuestro vecino de al lado.

Podemos reaccionar con un corazón a una publicación de alguien que está pasando por un mal momento, pero no acercarnos a preguntarle: “¿Necesitas algo?”. La pantalla nos permite aparentar cercanía; la verdadera solidaridad, en cambio, requiere presencia.

Pero hay algo que tampoco podemos olvidar: el mundo digital tiene reglas y derechos. La Constitución ecuatoriana reconoce la libertad de expresión y el derecho a buscar, recibir, intercambiar y difundir información, pero también protege el honor, el buen nombre, la intimidad personal y familiar y los datos personales.

La Ley Orgánica de Protección de Datos Personales, publicada en el Registro Oficial en mayo de 2021, establece precisamente un marco para proteger esa información. Por eso, estar conectados no significa tener autorización para publicar la vida de los demás, compartir fotografías privadas, divulgar conversaciones o convertir un problema personal en espectáculo público.

Y llevémoslo todavía más cerca: pensemos en nuestros hijos, nuestros padres o nuestros adultos mayores. Un niño puede tener cientos de interacciones digitales y aun así necesitar que su madre o su padre se siente diez minutos a escucharlo sin mirar el teléfono. Un adulto mayor puede recibir mensajes todos los días y continuar sintiéndose solo porque lo que necesita no es una notificación, sino una visita.

Es la diferencia entre decir “estoy pendiente de ti” y realmente estar presente. Una pantalla puede transmitir palabras; una conversación cara a cara puede transmitir compañía, empatía y confianza.

Por eso, desde este espacio queremos dejar una pregunta, no una imposición: ¿cuánto tiempo estamos dedicando a estar conectados y cuánto estamos dedicando a estar presentes? Una sociedad no se construye únicamente con tecnología, internet y redes sociales; también se construye con vecinos que se conocen, familias que conversan, amigos que se escuchan y ciudadanos capaces de mirar al otro sin necesidad de una pantalla de por medio.

Quizás el verdadero reto de esta generación no sea conseguir más seguidores, sino recuperar algo mucho más sencillo: volver a estar realmente cerca de quienes tenemos cerca.

Érika Vaca Rodríguez

Relacionista Pública - Máster en Inbound Marketing

Columnista www.vibramanabi.com

30/8/2026

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