
El cine moderno suele coparse de contenidos estériles o ruidosos, o ambos. Por eso la obra de Janus Metz sobre Theodore Kaczynski, "Unabomber" (2026), entretiene al despojarse de la crónica de una persecución policial ordinaria y pasar por encima el debate político peligroso, para adentrarse en el descenso de un hombre que se fue quedando solo en mitad de la nada, hablando con los fantasmas de su propia mente.
La película lleva al espectador por dos senderos que terminan por bifurcarse en el mismo abismo. Por un lado, el joven Ted Kaczynski (interpretado en sus años formativos con lucidez por Jacob Tremblay), el prodigio de Harvard que terminó convertido en el sujeto de crueles experimentos psicológicos de control mental dirigido por el profesor y psicólogo de Harward, Henry Murray (un titánico y descarnado Russell Crowe). Esa herida temprana lo empuja a la reclusión absoluta en una cabaña claustrofóbica en Lincoln, Montana. Desde ese rincón de olvido, el hombre maduro fabrica el terror epistolar, enviando artefactos explosivos como cartas a un mundo del que reniega. En paralelo, la película teje la cacería humana dirigida por el FBI, un juego del gato y el ratón donde la burocracia y la tecnología intentan descifrar los motivos de un fantasma que no deja huellas, rodeado por las actuaciones de Shailene Woodley y Alexander Ludwig como agentes inmersos en un rompecabezas de frustración. El desenlace es de una severidad implacable pues la captura de Ted es más una asimilación de su tragedia que una victoria del orden sobre el caos. Kaczynski creía estar salvando a la humanidad de la tecnología y sus avances; sin embargo, terminó devorado por el engranaje del mismo sistema que intentó destruir, quedando reducido a un simple número de expediente.
En Unabomber el empalme interpretativo entre Jacob Tremblay y Russell Crowe logra estructurar una dolorosa continuidad psicológica del personaje. Y eso es bastante pues la trama evita la espectacularidad bochornosa. El uso minimalista de la banda sonora, acentúa la demencia del protagonista. No obstante, los saltos temporales entre los experimentos de Harvard y la vida en la cabaña rompen intermitentemente la inmersión del espectador. Otra posible grieta de debilidad se abre por contraste, pues mientras la personalidad de Ted es profunda, los agentes del FBI (a pesar del esfuerzo de Shailene Woodley) caen por momentos en los clichés del thriller procedimental. Al centrar el foco de manera obsesiva en la mente de Kaczynski, la película minimiza el dolor real y el impacto social de los atentados por la falta de perspectiva de las víctimas. Finalmente, el guion suaviza la complejidad de los debates filosóficos del manifiesto original y los simplifica como meros síntomas de un colapso mental.
Vean Unabomber pero también lean el manifiesto original de Theodore Kaczynski (1995), donde argumenta que el sistema tecnológico-industrial despoja irremediablemente al ser humano de su autonomía, forzándolo a comportarse de maneras ajenas a su naturaleza; e incluso advierte que, si el sistema no se destruye de raíz mediante una revolución radical, la humanidad terminará completamente domesticada por la inteligencia artificial o la ingeniería genética.
