
La premisa parece sencilla, pero las cosas sencillas en el cine siempre vienen cargadas de veneno. Pedro (Daniel Hendler), un hombre aplastado por sus propias insignificancias, recibe el llamado de Laura (Agustina Liendo), una exnovia que le pide un favor. La encomienda es cuidar por una noche a Alicia (Carmen Maura), una anciana devorada por la demencia senil. Cuando Pedro cruza el umbral de esa casona desportillada mientras afuera cae la lluvia, ni imagina que ha entrado a un laberinto infinito pues Alicia no es una anciana inofensiva. Su memoria es un páramo donde los recuerdos van y vienen como ánimas en pena. Y en sus desvaríos, confunde a Pedro con "César", una sombra de su pasado ligada a los tiempos oscuros de represión y dolor. Y lo que empieza como una labor de paciencia doméstica se transforma en un secuestro psicológico y físico. La casa se vuelve un ataúd de ladrillo: las puertas cerradas, los pasillos estrechos y una anciana que, entre la ternura y el rencor, representa una amenaza letal. Pedro pasa de ser cuidador a víctima real de un juicio delirante donde las deudas del pasado se pagan con la sangre del presente.
Vieja loca (2025), disponible en HBO para Ecuador y dirigida por Martín Mauregui, es una de esas películas que tiene lo justo y necesario para deslumbrar. La interpretación de Carmen Maura transita con maestría escalofriante entre la vulnerabilidad del desamparo senil y la crueldad más letal sin caer jamás en el efectismo ni la caricatura. Hendler interpreta con luces al hombre común aplastado por las circunstancias con una sutileza encomiable, sirviendo de ancla terrenal frente al desvarío de su contraparte. El diseño de atmósfera y fotografía del film logra que las paredes de la casona respiren, utilizando la penumbra y los tonos oscuros para construir un ambiente sofocante y gótico. El establecimiento del conflicto en los primeros minutos es lo mejor pues no se hace esperar y atrapa al espectador sin necesidad de giros tramposos ni explicaciones innecesarias. Lo mejor, quizá, es que la película saca el máximo provecho a su escala íntima, demostrando que dos actores y cuatro paredes bastan para sostener el suspense cuando la dirección es firme.
Sin embargo, el clímax del film apresura la resolución de ciertos hilos narrativos, perdiendo parte de la parsimonia y el peso psicológico que venía construyendo. Ciertos lazos familiares y llamadas externas quedan flotando como meros dispositivos mecánicos que no terminan de enriquecer el universo dramático. A mitad del metraje, la dinámica de fuga y captura entre los protagonistas tropieza por repetición antes de dar el salto al conflicto definitivo. La alegoría sobre la memoria histórica y las heridas del pasado de Alicia a veces resulta tan evidente que resta ambigüedad al conflicto central.
Mas allá de esto, Vieja loca cumple como un thriller sofocante, claustrofóbico y tenso que entretiene.
