
María José (Consuelo Duval) y Alfredo (Adrián Uribe) son un matrimonio que lleva veinte años arrastrando las cadenas de un desamor rancio. Ya no se miran. Se escupen reproches cotidianos con el automatismo de quienes olvidaron el sabor de la ternura. Sus hijos, apiadándose de esa agonía o quizás buscando un respiro de su amargura, les regalan un viaje a un hotel de Puerto Peñasco, Sonora, el mismo sitio exacto donde celebraron su luna de miel décadas atrás.
Al llegar, la realidad se tuerce. Tras un encuentro con fuerzas esotéricas encarnadas en una chamana del lugar, la pareja queda atrapada en un bucle temporal: cada mañana despiertan exactamente en el mismo segundo, obligados a revivir el tormentoso día de su aniversario. La playa, el sol implacable y los mismos rostros se transforman en una condena circular. Solo rompiendo el caparazón del egoísmo y recordando el motivo fundamental por el cual decidieron unir sus vidas podrán salir del laberinto del tiempo. Y todo acaba únicamente cuando sobreviene la rendición del ego. Al aceptar el paso del tiempo, el deterioro físico y las heridas mutuas, los protagonistas transmutan la repetición destructiva en un nuevo pacto consciente. El final nos dice que el amor maduro no es la ausencia de conflicto, sino la decisión voluntaria de abandonar el personaje del "ofendido" para mirar, en serio, al espectador que comparte, quizá, aquella misma condena.
De esto va “Infelices para siempre” (2023), dirigida por Noé Santillán-López, del estancamiento defensivo del matrimonio, esa zona de confort destructiva donde repetir el conflicto es más seguro que arriesgarse a la vulnerabilidad del cambio o a la verdad de la ruptura. Esta película significó el primer papel protagónico conjunto en cine para Adrián Uribe y Consuelo Duval, quienes construyeron su inmensa popularidad televisiva años atrás en sketches de comedia con personajes recordables.
Infelices para siempre comenzó a filmarse originalmente a mediados de 2019 en parajes de Sonora, pero su proceso de postproducción y distribución se vio fuertemente postergado, tardando casi cuatro años en ver la luz en las salas de cine antes de su llegada al catálogo de Netflix. Tras convertirse en uno de los estrenos de taquilla más exitosos del cine mexicano en su año de lanzamiento, la plataforma ViX anunció la producción de una serie derivada, expandiendo el universo de enredos mágicos del hotel, pero filmándose con locaciones en el País Vasco, España.
Es que la complicidad previa y madura entre Duval y Uribe les permite sostener secuencias cómicas fluidas basadas en la improvisación y el ritmo mutuo, alejándose de los clichés juveniles mexicanos. Durante la mitad de la cinta, las dinámicas de los personajes explorando el bucle temporal logran momentos genuinamente entretenidos en un contexto que aprovecha de forma notable la belleza natural y los contrastes de Puerto Peñasco.
Sin embargo, el argumento central de Infelices para siempre no es original en su premisa estructural, ya que utiliza de forma directa el recurso narrativo del bucle temporal (time loop), popularizado y consagrado en la historia del cine por la comedia estadounidense Groundhog Day (Hechizo del tiempo, 1993), protagonizada por Bill Murray. Otras cintas como Palm Springs (2020) o Before I Fall (2017) han explorado el mismo mecanismo aplicado al romance o al crecimiento personal.
La dirección de Noé Santillán-López abusa de una iluminación plana y encuadres estériles, sintiéndose más como un sketch televisivo alargado que como cine. Además, el conflicto central de veinte años de negligencia y abuso verbal se disuelve de forma mágica y artificial para dar paso al final feliz exigido por la fórmula, desaprovechando el misticismo de la cultura mexicana.
