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Por quedar bien o tener la razón, se puede perder lo que importa
Por: Érika Vaca Rodríguez / Relacionista Pública - Máster en Inbound Marketing
Publicado en 08/10/2026 07:49
COLUMNA DE OPINIÓN: PENSÁNDOLO BIEN / ÉRIKA VACA RODRÍGUEZ

¿Cuánto cuesta decir “sí” cuando se sabe que algo está mal? ¿Y cuánto puede perder una persona cuando se empeña en tener siempre la razón? A veces cuesta una decisión injusta, una mala percepción de las cosas, un compañero abandonado o una relación que dejó de cuidarse.

Hoy vale la pena observar esas conductas con honestidad: por evitar una incomodidad, alguien puede aceptar lo que después le perjudica; por defender su orgullo, puede dejar de escuchar. Ser amable no exige renunciar al criterio. Conservar la esencia significa actuar conforme a los valores propios, aunque no lleguen los aplausos.

En Ecuador suelen escucharse frases como “mejor no digas nada”, “no te hagas problemas” o “hay que llevar la fiesta en paz”. A veces se confunde esa paz con decirle que sí a todo el mundo. Quien advierte un error merece ser escuchado antes de ser llamado conflictivo.

Cuando alguien piensa “yo debo salvar mi pellejo” y oculta información o traslada culpas, deja a otros cargando con sus decisiones. Puede haber cumplido su tarea y, aun así, haberle fallado al equipo por no advertir un problema que afectaría a todos. La responsabilidad también consiste en comprender cómo el trabajo propio se conecta con el de los demás.

También ocurre en política. Una ayuda puede aliviar una necesidad real, y quien la recibe merece respeto. Pero corresponde observar qué sucede después de esa entrega. Si continúa la falta de agua, empleo o atención médica, el alivio fue momentáneo y la necesidad permanece.

Ahí aparece el “pan para hoy, hambre para mañana”. Cuando la ciudadanía espera únicamente recibir y deja de participar, organizarse o exigir soluciones, pierde oportunidades de construir cambios duraderos. Recibir apoyo no debe comprometer la conciencia ni debe obligar a callar. El derecho a pedir resultados permanece intacto.

En las relaciones de pareja, el orgullo también puede destruir la buena comunicación y desgastar el amor que alguna vez se profesó. Cuando una persona busca ganar cada discusión, deja de escuchar y se concentra en defenderse. Incluso puede recurrir a la llamada “psicología barata”: repetir etiquetas, utilizar frases sobre emociones o decir “todo es culpa tuya” para presentar al otro como el único problema y a sí misma como quien siempre tiene la razón.

Utilizar ese lenguaje para descalificar cierra el diálogo. Las responsabilidades deben revisarse con hechos, sin imponer culpas compartidas cuando el daño fue cometido por uno solo.

También hace falta recordar las ocasiones en que se cometieron faltas y se recibió perdón. No es justo exigir perfección mientras se justifican los errores propios ni olvidar la comprensión que anteriormente brindó la pareja o el compañero de trabajo o el vecino del barrio.

Ese recuerdo debería favorecer la humildad, sin convertir el perdón en una deuda ni exigir que se soporten nuevos daños. Una segunda oportunidad necesita cambios que la sostengan. En pareja, en el trabajo o en comunidad, una promesa incumplida, una información ocultada o una palabra hiriente afectan a alguien más. Pensar en comunidad exige mirar más allá del pequeño espacio donde cada persona está parada.

La invitación de hoy es que cada persona revise sus decisiones antes de aceptar por compromiso o responder por orgullo de creer tener siempre la razón para tener de su lado a una mayoría dispersa. Que quien detecte un error lo comunique con respeto y contribuya a corregirlo; que quien haya fallado lo reconozca sin buscar a quién culpar. Que escuche a su pareja, apoye al compañero y conserve ante cualquier autoridad la libertad de preguntar, decir lo que se piensa con criterio y exigir cuentas.

Llevarse bien con todos no demuestra unidad si para conseguirlo se ocultan los problemas o es notorio que cada persona jala por su lado y no ve en unidad. Que el divide y vencerás jamás gane ninguna batalla en ninguno de los espacios cotidianos. La confianza no necesita etiqueta de autoridad, necesita sinceridad y mucha responsabilidad. Que la comodidad de uno no se convierta en la carga de otro, ni el deseo de tener razón termine destruyendo lo construido en comunidad.

Érika Vaca Rodríguez

Relacionista Pública - Máster en Inbound Marketing

Columnista www.vibramanabi.com

8/10/2026

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