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Hay que aprender a soltar pues elegir también es un acto de supervivencia
Por Néstor Romero Mendoza
Publicado en 18/10/2026 23:23
COLUMNA: LA ARENGA DEL DÍA / NÉSTOR ROMERO MENDOZA

Hay hombres y mujeres que se quedan sentados a la orilla del camino, masticando la polvareda de lo que ya ocurrió, como si el tiempo fuera un pozo seco donde las cosas muertas pudieran volver a florecer. Nos hemos acostumbrado a cargar a nuestros fantasmas emocionales, a rumiar viejas ofensas y a postergar los actos fundamentales de la existencia. En esta sociedad del siglo XXI, acelerada y llena de espejismos, dejar de llorar el pasado no significa un olvido indolente, más bien puede asumirse como una supervivencia psicológica y existencial.

Durante meses —a veces durante años enteros— le damos vueltas a los mismos problemas en la cabeza, aguardando la aparición de una solución perfecta o una salida impecable donde nadie resulte lastimado. Pero la realidad es dura y franca: esa solución mística y ordenada en la que todos ganan raras veces existe. Vivir exige comprender que toda posición y toda renuncia tienen una factura que pagar: quedarse inmóvil en un sitio que ya no nutre cuesta caro; romper el silencio y decir lo pospuesto tiene su precio; e incluso tragarse el dolor y guardar un mutismo obstinado arrastra su propio cobro.

A los lectores de Vibra Manabí hay que decirles las cosas por su nombre: la duda, cuando se prolonga más de la cuenta, deja de ser prudencia para convertirse en un escondite cobarde. Hay quienes llevan años evaluando y lamentando relaciones, empleos o etapas que en verdad se acabaron hace tiempo, esperando señales del cielo o milagros ajenos que no van a llegar. Seguir aguardando a que el contexto o los demás cambien mágicamente deja de ser cautela para volverse miedo disfrazado de buenos modales.

El costo de la indecisión radica en que no elegir es en sí mismo una elección que exige pagar un precio elevado. Evitar una postura no detiene el tiempo ni elimina las consecuencias; simplemente traslada el pago hacia la parálisis y el desgaste prolongado. Es ahí cuando el problema que se vuelve eterno. Al esquivar la salida evidente a la vista, las personas pasan meses o años buscando "segundas o terceras puertas" mágicas cuando en realidad solo existe un camino claro. Esto alimenta la espera pasiva de señales o de cambios externos en la economía, el entorno o la actitud de los demás. Hacer listas interminables de pros y contras o consultar repetidamente a terceros deja de ser un análisis prudente para convertirse en un refugio emocional. De este modo, se pueden pasar años evaluando relaciones, proyectos o etapas que en los hechos ya concluyeron tiempo atrás. Postergar la acción aguardando una garantía total o una solución donde nadie resulte afectado deja de ser sensatez para volverse miedo. La certeza absoluta antes de actuar no existe; la seguridad y la confianza se construyen únicamente después de haber hecho la elección y haber comenzado a andar.

La neurosis contemporánea nos quiere hacer creer que debemos sentir una certeza absoluta antes de dar el primer paso. Pero la verdad del camino es otra: la seguridad no llega antes de la decisión, sino después de haber elegido el rumbo. Para que el futuro desembarque con fuerza en nuestra tierra, hay que soltar los amarres del ayer, ponerse en marcha y asumir el costo de decidir.

Néstor Romero Mendoza

CEO www.vibramanabi.com

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