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Hay que aprender a tener vida propia
Por Néstor Romero Mendoza
Publicado en 27/10/2026 22:18
COLUMNA: LA ARENGA DEL DÍA / NÉSTOR ROMERO MENDOZA
Ilustración 123RF

Por los caminos de Manabí y Ecuador, donde el viento arrastra la polvareda del tiempo y el sol quema hasta los recuerdos, uno ve pasar a hombres y mujeres que caminan agachados, como si le debieran explicaciones al aire. Van cargando una culpa vieja, una culpa ajena, pidiendo permiso a cada paso para ser quienes verdaderamente son.

Hay un tiempo en la vida en que dar explicaciones y buscar el abrigo de la manada resulta entendible. Cuando se es niño o adolescente, en las primeras aulas y en los patios escolares, la mirada ajena pesa como una tonelada de piedra. A esa edad, el pavor a que los demás se rían del cuerpo, de la ropa, de la compañía de los padres o de los gustos propios no es más que el intento desesperado por encontrar un sitio en el mundo y no ser señalado por la diferencia.

Sin embargo, resulta loco que, habiendo dejado atrás la infancia y la juventud, se siga actuando como si el mundo fuera un patio de recreo de escuela secundaria. ¿A qué le teme el adulto de cuatro o cinco décadas? Sorprende ver a gentes hechas y derechas ocultando la música que les alegra el alma por temor al reproche de sus amigos o hijos, o sintiendo vergüenza de emprender un viaje a solas, de sentarse en una mesa de restaurante sin compañía o de iniciar una actividad nueva por el temblor que les provoca el murmullo de los demás.

Continuar temiendo el juicio ajeno es quedarse a vivir para siempre en la inquietud de la adolescencia, rindiendo cuentas a jueces invisibles que ni siquiera recuerdan nuestro nombre.

La búsqueda de la aprobación ajena actúa exactamente como una droga insaciable: por más que se consuma, nunca alcanza. Detrás de ese deseo de complacer se esconde el temor a no encajar o a ser calificado desfavorablemente. Preocuparse por lo que un desconocido o un crítico ocasional piense es entregar el dominio de la propia existencia a quien nada ha construido en nuestra vida.

A cierta altura del camino, la vida no exige sacrificios de complacencia; al contrario, otorga el lujo legítimo de la autenticidad, que consiste en decisiones tan sencillas como profundas: el lujo de decir "no", de rehusarse a compromisos, moldes y expectativas que sofocan el espíritu; el lujo del gusto propio, vestirse como al cuerpo le venga en gana, y escuchar la música que hace vibrar el corazón sin pedir disculpas a nadie; el lujo del reinicio o cambiar de opinión, desandarse, desbrozar nuevas trochas, iniciar proyectos inéditos y empezar de nuevo las veces que sea necesario.

Es hora de sacudirse el polvo del "qué dirán" y dejar de actuar como postulantes ante un tribunal imaginario. La libertad es una decisión que se toma con la cabeza en alto y los pies bien plantados en la tierra. No pidas autorización para vivir tu propia vida. Haber atravesado los problemas reales de la existencia otorga la templanza necesaria para comprender que el juicio ajeno es un viento hueco.

Néstor Romero Mendoza

CEO www.vibramanabi.com

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