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Entre el Dios de mi madre y el Dios de Spinoza
Los nombres del viento: la humilde búsqueda de lo divino
Publicado en 05/06/2026 20:33
LE DOY MI PALABRA / NÉXAR RODRÍGUEZ
Por: Néxar Rodríguez Vélez. Ilustración de IA.

El corazón humano es un buscador incansable. Desde que el primer hombre miró el fuego y la primera madre arrulló a su hijo bajo el peso de la noche, hemos intentado ponerle nombre a ese misterio que nos desborda. Recuerdo las notas al pie en la Biblia gastada de mi madre; allí aprendí que el cielo no tiene una sola voz, sino que es un coro de ecos que intentan descifrar lo invisible.

Hay días en que el alma se cansa del peso de la carne y busca al Dios que no es de este mundo: una luz pura, inalcanzable, un silencio perfecto que trasciende el dolor y el tiempo. Pero cuando el cuerpo tiembla y la injusticia arrecia en la calle, necesitamos volver la mirada al suelo y aferrarnos a Yahvé, el Dios de la tierra, esa deidad cercana que se ensucia las manos en el fango de nuestra historia, el escudo de los inocentes que pone el pecho por el desamparado.

El pensamiento camina, y en ese tránsito nos encontramos con otras estaciones del asombro. Hay quienes ven a Dios en la distancia perfecta del Deísmo: un relojero genial que encendió la chispa del universo, le dio cuerda al tiempo y se retiró a contemplar el mecanismo desde una soberbia y respetuosa lejanía. Otros, con el corazón roto ante el dolor inexplicable del mundo, muerden el polvo del Disteísmo, intuyendo una fuerza superior que es indiferente a nuestras lágrimas, o que encuentra una oscura belleza en nuestro sufrimiento.

También están los ojos de la razón pura, los que abrazan el Panteísmo de Spinoza. Ellos no buscan milagros en los templos porque saben que el milagro es el orden mismo: Dios latiendo en la fotosíntesis de una hoja, en la gravedad que nos ata al suelo, en la geometría invisible del cosmos. Dios no como creador, sino como la Creación misma. Y sin embargo, no podemos ignorar al "Dios de este siglo", esa fuerza terrenal, material y cegadora que nos arrastra al ruido, al egoísmo y a la prisa, recordándonos que lo sagrado también se disputa en el día a día.

Al final, cuando el sol se oculta y la razón se rinde ante el misterio, me asalta una certeza conmovida: ¿Quiénes somos nosotros para decir qué o quién es Dios?

Nos atrevemos a levantar fronteras con nuestras palabras, a debatir si existe o si es una quimera, si es de esta tierra o si es la tierra misma. Discutimos con la soberbia del náufrago que cree conocer el océano porque ha visto romper una ola en la playa. La realidad de lo divino —si es que habita en algún rincón del Todo— podría estar a una distancia infinita de nuestras pobres etiquetas humanas. Quizás Dios esté muy lejos de lo que pensamos, o quizás esté tan cerca que somos incapaces de verlo. Ante la inmensidad del abismo, la verdadera sabiduría no es poseer la respuesta, sino tener el valor de abrazar la pregunta y reconocernos, juntos, como humildes herederos del silencio.

Juventud: Los herederos del silencio - www.vibramanabi.com

Néxar Rodríguez Vélez

Activista social - nexarrodriguezvelez@gmail.com

Columnista www.vibramanabi.com

5/6/2026

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