Hoy, revisando discursos de nuestros lideres Americanistas se me viene a la mente que en el término “America Latina” no encajamos, revisando que al decir Latinos no estamos representados en nuestra rebeldía, porque somos una mezcla de más que todo de Indígenas, pero también de afros, asiáticos, somos mestizos, somos cholos.
Con toda esta mescla procuro acuñar el concepto de Pluriamérica, inspirado en la profunda y humanista visión de José "Pepe" Mujica, es mucho más que un cambio de nombre: es un acto de justicia histórica y un espejo fiel de lo que realmente palpita en nuestro suelo. La etiqueta de "América Latina", aunque arraigada, se queda corta, estrecha y pálida ante el mosaico colosal de sangres, lenguas y memorias que configuran nuestro continente.
El lenguaje no solo nombra las cosas; el lenguaje las crea, las libera o las condena al olvido. Durante siglos nos acostumbramos a llamarnos "América Latina", una etiqueta estrecha que reduce el torrente de nuestra identidad a un solo afluente, el europeo. Pero nuestra tierra no se conjuga en singular; se canta en coro, se arraiga en la selva, se estremece en las venas de sus minas y se eleva en la cordillera. Bautizar hoy a nuestro continente como Pluriamérica no es un mero capricho semántico; es un acto de soberanía cultural, el eco de un largo viaje de pensadores y poetas que siempre supieron que esta gran patria es un crisol indomable.
Para entender este latido hay que escuchar la advertencia de Eduardo Galeano y aquellas venas abiertas que nos desnudaron la historia. Fuimos el suelo vaciado para alimentar altares ajenos, el mapa del saqueo de la plata, el oro, el caucho y la sangre. Pero las venas de Pluriamérica, lejos de secarse, hoy bombean una savia nueva: el dolor de los siglos transformado en una resistencia viva que fluye como el Amazonas, conectando cada rincón de nuestra geografía.
Esa misma savia es la que José "Pepe" Mujica tradujo en pedagogía viva desde su rincón en el Sur. El viejo sabio que aprendió a escuchar el silencio de la tierra nos recordó que la uniformidad es el sueño de los imperios, mientras que la diversidad es la realidad de los pueblos libres. Mujica recogió el testigo de los dolores antiguos para proyectar un humanismo transparente: nuestra mayor riqueza no es el litio, el petróleo o el oro; es nuestra asombrosa capacidad de ser múltiples sin dejar de ser hermanos.
A este torrente de memoria se suma la desmesura de Gabriel García Márquez, quien nos regaló la verdadera dimensión de nuestra alma. El Gabo le habló al mundo de nuestra "soledad" y de una realidad que desborda cualquier lógica occidental. Somos el espacio mágico donde conviven lluvias de años y estirpes tercamente decididas a la vida; somos la suma de todos los delirios y todas las bellezas del mundo, imposibles de encajar en moldes prestados.
Ya lo advertía José Martí al encender la antorcha de "Nuestra América", previniéndonos contra los trajes importados y exigiendo gobernar con el poncho y la pluma de los elementos propios. Su proclama sigue viva: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”.
Llamarnos Pluriamérica es, finalmente, hacerle justicia a la geografía sagrada que nos moldea. Es trenzar en una sola palabra la verticalidad indomable de los Andes, el sordo tambor de los pueblos originarios, el ritmo digno de las comunidades afrodescendientes que sembraron libertad en las costas, y la mirada nostálgica del inmigrante. Todos ellos son hilos de distintos colores que el destino tejió en el telar de esta tierra fértil.
En la visión de estos grandes referentes, la integración no es un tratado comercial frío; es reconocernos en los ojos del otro. Es entender que el dolor de un campesino que siembra bajo el frío andino es el mismo del obrero en el Río de la Plata, o del pescador que contempla el horizonte infinito en el Pacífico. Mil kilómetros de distancia o tres décadas de ausencia no rompen los lazos invisibles de quienes comparten una misma raíz. Dejamos atrás la categoría estrecha para abrazar la inmensidad. Pluriamérica es la utopía posible; una patria grande que ya no pide permiso para ser, porque ha descubierto que su mayor poder radica, precisamente, en su hermosa, indomable y eterna diversidad.

Néxar Rodríguez Vélez
Activista social - nexarrodriguezvelez@gmail.com
Columnista www.vibramanabi.com
15/6/2026