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«Si tú mueres primero, yo te prometo»: el suspiro eterno que revivió a un país
Por: Néxar Rodríguez Vélez.
Publicado en 28/06/2026 16:03
LE DOY MI PALABRA / NÉXAR RODRÍGUEZ
Imagen de la red.

Hay muertes que no reclaman tierra, sino silencio. Hay momentos en el fútbol —y en la vida— donde el frío de la resignación se instala en el pecho y el veredicto del mundo es unánime: «Están acabados», decían. Así nos miraban. Con los brazos caídos, las calculadoras rotas y el alma en un hilo, la Tri caminaba por el filo del abismo en este Mundial. Nadie daba un centavo por los nuestros; éramos una selección desahuciada, un cuerpo sin pulso ante la mirada severa de gigantes. Enfrente estaba Alemania, esa maquinaria perfecta, fría y despiadada que no entiende de milagros, dispuesta a firmar nuestra acta de defunción.

Las matemáticas y la fría lógica del fútbol internacional nos daban la espalda con crueldad. Los algoritmos de predicción apenas nos otorgaban una posibilidad ínfima, casi invisible, de lograr la hazaña; la logística y los antecedentes históricos convertían la idea de vencer a la tetracampeona del mundo en una quimera insensata. Todo estaba fríamente calculado para nuestro retorno. Pero el ecuatoriano guarda un secreto ancestral en las entrañas: nosotros sabemos habitar el dolor, conocemos la esquina de la nostalgia, pero jamás hemos aprendido a rendirnos ante los números.

Esa terquedad hermosa no nació en la cancha; se gestó en las gradas desde el primer minuto del torneo. Porque si el equipo jugaba al borde del abismo, nunca caminó solo. En cada uno de los tres partidos disputados, la marea tricolor desafió distancias, fronteras y lógicas económicas para teñir los estadios de un amarillo incandescente, tan vivo que eclipsaba cualquier color rival. Ecuador no fue visitante en tierras lejanas; obligó al mundo a escuchar nuestro idioma, nuestros cantos y nuestro aliento. En cada jornada, los graderíos vibraron con una energía tan compacta y ensordecedora que la Tri terminó jugando de local, cobijada por el calor de miles de almas que transformaron cemento ajeno en una extensión de nuestra propia patria.

Cuando el pitazo final decretó la victoria ante Alemania, el asombro del planeta se estrelló contra la fe de un pueblo que ya había conquistado las tribunas. No fue solo un partido ganado; no fue la simple aritmética de tres puntos en una tabla. Fue el zarpazo bendito que rasgó el sudario, la victoria absoluta que nos arrebató de las garras del olvido y nos devolvió el derecho a seguir respirando, a seguir vivos bajo el cielo del Mundial. Es la certeza de que el abismo nos miró fijamente y nosotros le respondimos con una sonrisa.

Y entonces, aconteció el milagro de la identidad.

Al unísono, las gargantas en el estadio y en cada rincón de nuestra geografía no estallaron en un grito cualquiera. El júbilo no se vistió de cántico extranjero ni de ruidos vacíos; se vistió de pasillo. A viva voz, con el pecho inflado y las lágrimas lavando el cansancio de los días grises, Ecuador entero se convirtió en un solo coro lírico para cantar las líneas sagradas de nuestro Ruiseñor de América, Julio Jaramillo: «Si tú mueres primero, yo te prometo…».

Mientras tanto, a miles de kilómetros, la algarabía contenida desbordó los hogares y se adueñó del espacio público, transformando el pavimento en un lienzo de pura felicidad. Las calles de todo el país se tiñeron instantáneamente de amarillo, azul y rojo.

Particularmente en las avenidas de Portoviejo, el festejo se convirtió en un carnaval de lealtad y reencuentro: una marea incesante de carros que hacían sonar sus bocinas en perfecta sincronía, motocicletas que abrían paso con el rugir del optimismo y ciclistas que pedaleaban agitando el tricolor patrio como un trofeo libertario. Las trompetas rasgaban el aire de la tarde portovejense mientras los niños, suspendidos en los hombros de sus padres y abrazados por la emoción de sus madres, miraban fijamente una bandera que hoy flotaba más ligera, más invencible. Toda la familia manabita y ecuatoriana estaba ahí, junta, celebrando el derecho a seguir soñando.

¿Por qué cantarle al amor y a la promesa eterna en la hora del triunfo deportivo? Porque ser ecuatoriano es eso: un eterno romance con las causas imposibles. Es la poesía de la lealtad que se jura en la adversidad. Cantarle a la Tri ese poema hecho música fue el juramento de un país que le decía a su bandera, a sus colores y a sus hermanos: «Aunque te den por muerto, yo jamás te voy a abandonar».

Aquel coro monumental que retumbó con fuerza no fue solo celebración; fue un acto de profunda comunión cultural. Fue recordar que nuestra sangre tiene el ritmo pausado y melancólico del pasillo, pero la fuerza volcánica de los que se levantan de los escombros. Es el eco de una tierra que sabe que el «Sí se puede» no es una frase hecha para el consuelo, sino un decreto de fe que se hereda. Porque para el ecuatoriano, cuando el panorama es más oscuro, es cuando el alma canta con más belleza.

Hoy el mundo habla del milagro futbolístico, de la caída del titán europeo. Nosotros, con el alma conmovida y el orgullo a flor de piel, sabemos que la verdadera victoria fue vernos al espejo y reconocernos más vivos que nunca. Seguiremos caminando en este Mundial, con los pupos bien puestos y la música en el corazón. Porque nos dieron por muertos, sí, pero olvidaron que este pueblo lleva en su sangre, en su psiquis, la promesa eterna de no morir jamás. ¡Que viva el Ecuador, hoy, mañana y siempre!

Néxar Rodríguez Vélez

Activista social - nexarrodriguezvelez@gmail.com

Columnista www.vibramanabi.com

28/6/2026

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