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Cuando muere un activista
Por: María Cristina Kronfle Gómez - Abogada / Máster en Administración Pública / Activista - @mckronfle
Publicado en 03/09/2026 08:25
COLUMNA DE OPINIÓN: ALGUIEN TIENE QUE DECIRLO / MARÍA CRISTINA KRONFLE GÓMEZ

¿Qué sucede cuando muere un activista? La pregunta parece referirse a la ausencia de una persona, pero en realidad nos conduce hacia la supervivencia de las ideas, la memoria colectiva y la capacidad de una causa para continuar cuando desaparece físicamente quien dedicó buena parte de su existencia a sostenerla. El activismo suele nacer de una inconformidad con la realidad, de haber identificado una injusticia o de comprender que existe una distancia entre aquello que una sociedad reconoce como derecho y aquello que verdaderamente incorpora a la vida cotidiana. Cuando esa causa consigue trascender a quien la impulsa, comienza a formar parte de una conciencia colectiva.

El activismo aparece precisamente cuando alguien comprende que una realidad puede ser transformada. Su primera tarea suele consistir en volver visible aquello que durante años permaneció normalizado, encontrar palabras para experiencias dispersas y convertir una vivencia individual en una preocupación social. Las ciencias sociales han demostrado que las grandes transformaciones históricas dependen también de esos cambios en la manera de interpretar lo que una sociedad considera aceptable, justo o digno.

Por esa razón, el activismo constituye también una forma de construcción cultural, modifica lenguajes, cuestiona jerarquías, amplía la sensibilidad social e introduce nuevas maneras de comprender la justicia. Algunas luchas consiguen el reconocimiento jurídico de determinados derechos, y otras se concentran en lograr que aquello que ya existe en el Derecho consiga materializarse en la experiencia cotidiana.

Entre la norma y la realidad existe un espacio donde se disputa buena parte de la dignidad humana, y es allí donde el activismo adquiere una de sus funciones más importantes.

Pero quienes sostienen esas causas también atraviesan los límites propios de cualquier existencia. En algún momento envejecen, se cansan y mueren. Entonces comienza otra dimensión de su legado. La sociología ha explicado que las sociedades construyen memoria colectiva mediante relatos, símbolos, instituciones, costumbres y significados que se transmiten entre generaciones. De esa manera, una experiencia puede sobrevivir a quienes la protagonizaron y una lucha puede continuar mucho después de quienes pronunciaron sus primeras palabras.

Recordar a un activista adquiere verdadero sentido cuando esa memoria permite continuar aquello que movilizó su existencia. Los homenajes, las fotografías, los discursos y las conmemoraciones pueden preservar una historia, pero su mayor profundidad aparece cuando vuelven a colocar en circulación las preguntas que esa persona formuló a la sociedad.

Mantener presente aquello que durante su existencia consideró justo y permitir que su causa encuentre nuevas personas capaces de comprenderla desde las circunstancias de su propio tiempo. Los nuevos activismos pueden utilizar otros lenguajes, otras herramientas y otras prioridades. Incluso pueden ampliar o revisar aquello que recibieron de generaciones anteriores. Una causa viva posee precisamente esa capacidad de transformarse mientras conserva el núcleo ético que le dio origen. Ese núcleo es, quizá, el corazón y el alma de una lucha.

La convicción de que la dignidad humana exige determinadas condiciones de convivencia y que aquello que afecta profundamente la vida de otros seres humanos, merece formar parte de nuestras preocupaciones colectivas. Las organizaciones, los nombres, las consignas y los métodos pueden cambiar, mientras esa sensibilidad logra atravesar generaciones.

Cada generación recibe derechos, instituciones, palabras y formas de convivencia construidas por quienes estuvieron antes. Muchas realidades que hoy consideramos normales fueron alguna vez aspiraciones defendidas por personas que cuestionaron aquello que su época aceptaba sin mayor discusión. Allí aparece una de las paradojas más significativas del activismo, pues su mayor triunfo puede alcanzarse cuando aquello por lo que alguien tuvo que luchar termina incorporándose con absoluta naturalidad a la vida de una sociedad.

Incluso puede ocurrir que los nombres de quienes sostuvieron ciertas causas comiencen a desdibujarse mientras los efectos de su trabajo permanecen presentes en la vida de millones de personas. Esa también es una forma de trascendencia. Una persona puede contribuir a transformar una realidad cuyos beneficiarios futuros jamás conocerán su historia. El legado adquiere entonces una dimensión profundamente generosa, porque deja de depender del reconocimiento individual y empieza a medirse en aquello que consiguió modificar.

La memoria colectiva adquiere mayor fuerza cuando ayuda a comprender el presente y mantiene abierta la capacidad de una sociedad para interrogarse sobre aquello que todavía requiere transformación.

Cuando muere un activista, ocurre también una transferencia. Puede quedar una organización, una ley, una sentencia, una transformación cultural, una palabra nueva o simplemente el ejemplo de alguien que demostró que una realidad aparentemente inamovible podía ser cuestionada. A veces los resultados aparecen durante su vida y otras veces tardan décadas. En ambos casos, cada generación puede recoger aquello que recibió, reinterpretarlo y entregarlo nuevamente a quienes vendrán después.

Las causas alcanzan verdadera dimensión colectiva cuando consiguen multiplicarse en otras personas. Entonces dejan de depender de un rostro particular y comienzan a convertirse en conciencia social. Honrar la vida de un activista significa, en ese sentido, hacer eco de aquello que le pareció justo durante su existencia, preservar las preguntas que dejó abiertas y permitir que nuevas generaciones encuentren sus propias maneras de continuar esa búsqueda.

María Cristina Kronfle Gómez - @mckronfle

Abogada / Máster en Administración Pública / Activista

Columnista www.vibramanabi.com

3/9/2026

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