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El activismo después del activista
Por: María Cristina Kronfle Gómez - Abogada / Máster en Administración Pública / Activista - @mckronfle
Publicado en 25/09/2026 08:43
COLUMNA DE OPINIÓN: ALGUIEN TIENE QUE DECIRLO / MARÍA CRISTINA KRONFLE GÓMEZ

He pensado muchas veces en lo que significa realmente ser activista por los derechos de las personas con discapacidad. Reclamar un derecho, denunciar una injusticia o exigir una respuesta institucional forma parte del ejercicio legítimo de la ciudadanía, pero el activismo supone algo más. Exige conocimiento, permanencia, liderazgo y la capacidad de comprender que detrás de cada demanda existe un sistema jurídico que reconoce derechos cuyo goce y ejercicio deben estar garantizados. En materia de discapacidad, esa base normativa existe en el Derecho internacional, en la Constitución, en la legislación orgánica y en todo el entramado jurídico que desarrolla los principios de igualdad, autonomía, participación e inclusión.

Por eso la vocería especializada tiene un valor particular. El activismo requiere estudiar aquello que se defiende, conocer el alcance de los derechos y comprender también sus límites, porque una causa adquiere profundidad cuando puede explicarse, sostenerse y defenderse desde el conocimiento. La experiencia personal de vivir con una discapacidad aporta una perspectiva imprescindible, pero esa experiencia alcanza una dimensión colectiva cuando consigue traducirse en argumentos, propuestas, normas, políticas y transformaciones capaces de beneficiar también a quienes nunca tendrán acceso directo a esa voz.

A ello se suma una dimensión que considero fundamental, la legitimidad ética. Quien convierte una causa en parte de su vida pública termina siendo observado también desde la coherencia con la que actúa. Defender derechos implica aceptar que determinadas decisiones personales pueden adquirir una dimensión simbólica, especialmente cuando se ejerce una vocería colectiva. Esa legitimidad jamás debería construirse mediante la renuncia a los derechos propios de una persona con discapacidad. Surge, más bien, de demostrar que la causa puede colocarse por encima de determinadas conveniencias individuales y que existe correspondencia entre aquello que se exige públicamente y la manera en que se actúa.

Quizá por eso he llegado a pensar el activismo casi como un método. Existen elementos que terminan siendo indispensables para sostenerlo, conocimiento, coherencia, persistencia, independencia de criterio, capacidad de interlocución y disposición para asumir los costos que muchas veces acompañan a una posición pública. La legitimidad difícilmente aparece de un día para otro. Se construye con el tiempo y permanece siempre expuesta a la evaluación de los demás.

Durante mucho tiempo pensé mi propia lucha de una manera cercana al arte. Imaginaba que, así como algunas obras adquieren otra dimensión cuando desaparece su autor, quizá algo semejante ocurriría con aquello que una persona deja construido desde el activismo. Hoy creo que la comparación puede formularse de otra manera. Una obra puede adquirir mayor valor después de la muerte de su creador. Una lucha demuestra su verdadero valor cuando puede sobrevivir a quien la inició.

Ese cambio de perspectiva transforma por completo la idea del legado. Una causa necesita inicialmente cuerpos, nombres y voces que la sostengan. Necesita personas que confronten instituciones, estudien normas, redacten propuestas, cuestionen estructuras, soporten incomodidades y ocupen espacios que durante mucho tiempo parecieron vedados. Sin embargo, la madurez de esa causa comienza precisamente cuando deja de depender exclusivamente de aquellas personas.

Quisiera pensar entonces que llegará un momento en que mi lucha ya no me necesite. Que aquello que pude decir, hacer o construir haya quedado suficientemente sembrado para que otros puedan tomarlo, cuestionarlo, reformularlo y llevarlo más lejos. Incluso podrán corregir aquello en lo que yo hubiese estado equivocada. Eso también sería parte de su continuidad. Una causa viva jamás puede quedar congelada en la palabra de una sola persona.

Lo verdaderamente importante será que permanezca la pregunta que dio origen a la lucha y que existan nuevas personas dispuestas a responderla desde su propio tiempo. Que conozcan sus derechos, que sepan ejercerlos, que comprendan que el reconocimiento jurídico debe traducirse en realidad y que tengan herramientas suficientes para exigirlo. Si además existen instituciones obligadas a actuar de manera diferente, normas que hayan incorporado aquello que antes permanecía invisible y generaciones nuevas capaces de continuar la discusión, entonces la lucha habrá adquirido vida propia.

Tal vez esa sea una de las formas más profundas de trascendencia del activismo.

María Cristina Kronfle Gómez - @mckronfle

Abogada / Máster en Administración Pública / Activista

Columnista www.vibramanabi.com

25/9/2026

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